Estas piedras relucientes
El Evangelio en
verso – Lc 21,5-11
La vida es un misterio – es obvio – que no
cae bajo el control de ninguna criatura; y cosa igual se ha de decir del
misterio de la muerte. En Jesús el “mysterium vitae” y el “mysterium mortis” se
muestran de tal forma unidos que uno y el otro son uno. La vida de Jesús no
tiene sentido sin la muerte, ni la muerte de Jesús tendría sentido sin la vida.
Ahora bien, los Evangelios nos
posibilitan detalles para aproximarnos más al misterio. El misterio de la
vida/muerte de Jesús está unido al templo. Jesús muere por el Templo para
levantar el Templo nuevo. Esa misma vida/muerte está vinculada a la destrucción
de Jerusalén, y finalmente esa vida/muerte está unida al triunfo de Dios en la
Parusía, que no es otra cosa sino el triunfo del Hijo del hombre, la
justificación de su vida.
La ruina de Jerusalén es su propia
ruina: pertenece a su muerte. Y la venida en gloria está fusionada con la vida
que espera, que arranca de la vida que viene. Hay categorías de espacio y de
tiempo; mas todo esto salta por el aire. Las palabras evangélicas nos pueden
dar, al menos en apariencia, visiones contradictorias del destino de Jesús.
¿El reino de Dios va a irrumpir inminentemente, ya? Parece que sí, parece que
no…
Es justo que así sea. La aparente
contradicción del ser no es más que el reflejo del “mysterium vitae”, “mysterium
mortis”. En Lc 21 (lectura de hoy y de los días sucesivos) se mezclan: destrucción de
Jerusalén y tiempo final de la Parusía.
Los discípulos preguntan “cuándo” y “qué
signos”. En la respuesta de Jesús se unifica todo. Estamos en el misterio
desbordante.
1. Estas piedras
relucientes
un día serán de
ruina,
y hoy, por
sagradas que sean,
me están
quitando la vida.
2. He de morir
por el Templo,
porque es mi
joya querida,
la sede de la
Torá,
la Schekiná que allí habita.
3. Un Templo de
santidad,
el Templo del
agua vida,
brotará de mi
costado
y yo seré la
acogida.
4. He llorado por
los muros
de mi Ciudad combatida,
por mi Ciudad de
David
que desde niño
es mía.
5. Con ella
sacrificado
soy ofrenda y
flor de harina;
mi Dios, asumo
el Pecado
que todo mal
origina.
6. Y el Hijo del
hombre humilde
que en mi
corazón respira,
se vuelve el
Hijo glorioso
que en las nubes
se avecina.
7. Mi hora es
todos los hombres,
sus gozos y sus
fatigas,
apocalipsis y
lucha
y divina poesía.
8. Redentor, Jesús
amado,
morador de dos
orillas,
con infinita
ternura
te digo “Gracias”
cumplidas.
Gadalajara,
Jalisco, martes de la sem. XXXIV
En la parábola de los viñadores homicidas que expone Jesucristo está el secreto de su propia muerte y la ruina de Jerusalén. Los viñadores, al no respetar al hijo del dueño de la viña, han sentenciado su ruina.
ResponderEliminarJesucristo revela a los jefes del pueblo de Israel el alcance de los actos que están tramando con él. Espera que reflexionen, pues el tiempo se agota por momentos.
Jesucristo vincula el destino de Israel al suyo propio. Si lo rechazan, Dios revisará su pacto con Israel, pues Dios está comprometido con Jesucristo, su Hijo, y Dios dice siempre la última palabra. Su Hijo es intocable. Quien ose poner su mano sobre él lo pagará muy caro.
Evidentemente Jesucristo no muere por el Templo, sino que es el Templo el que desaparece como una relación de causa/efecto por la muerte violenta de Jesucristo, que contrariamente es resucitado y glorificado. La ruina de Jerusalén y el pacto de alianza en su Templo se produce precisamente a causa de esa muerte de Jesucristo.
Jesucristo quiso acobijar a Jerusalén como una gallina guarda a sus pollitos bajo sus alas, pero Jerusalén no quiso. Eso fue la ruina de Jerusalén. La muerte violenta de Jesucristo supuso la condena de Jerusalén y de Israel. Jesucristo avisó con tiempo, pero fue inútil.
Saludos. Juan José.
El comentario anterior hace una puntualización
ResponderEliminaral autor del Blog,pero el suyo es bastante discutible.
Muchas gracias por su amable opinión.
ResponderEliminarJuan José.
Entiendo que en este blog se exponen reflexiones. Se supone que esas reflexiones, evidentemente, no son "ocurrencias" del autor. Si no se está de acuerdo se debe decir en qué. Tachar una reflexión de "discutible" no es decir nada. En una clase de escuela superior no se admitiría por el profesor que un alumno diga "discutible", sin más.
ResponderEliminarSaludos. Juan José.