Se puede orar de mil maneras, porque la oración es la conciencia activa de que yo estoy con Dios. Se puede orar yendo en el tren y contemplando el paisaje. Se puede orar caminando en la calle y viendo lo que pasa. Se puede orar con la guitarra, quien tenga la dicha de poder tocarla. Se puede orar cantando canciones. Se puede orar componiendo unos versos por la noche o al amanecer. Se puede orar en poesía, porque la oración – dicen las Constituciones de los Hermanos Menores Capuchinos – es la respiración del amor. Se puede orar en poesía…; pues he aquí una oración en poesía, una oración al eco de la homilía (del III Domingo de Pascua).
La alegría de mi vida
es anunciarte en tu Pascua,
y decir a los hermanos
que tú vives y nos amas.
Es vivir enamorado
de un amor que nunca acaba,
que es sorpresa cada día,
novedad cada mañana.
Cada mañana me instruye
el Viviente que me alza,
y es misión que me confía
la tarea cotidiana.
Nada me puede impedir
que la gracia sea gracia,
que viene de solo él
y a este hijo la regala.
En todo tiempo y lugar
yo puedo ser su palabra,
con mis labios o mis manos
o con solo la mirada.
Su presencia habita en mí
y se nota que traspasa,
que no hace falta argumentos
cuando la vida nos habla.
Ser la Pascua de Jesús
es la misión confiada,
ser su Pascua en comunión,
ser en él en cuerpo y alma.
Que el Espíritu me instruya
y me dé conciencia clara
de que murió el hombre viejo,
cuando él en cruz expiraba.
Y de que fue sepultado,
cuando a la tumba bajada,
y nacía en el bautismo,
mi alma en su luz bañada.
En aquel día feliz,
primero de la semana,
Cristo vivo a sus discípulos
manos y pies les mostraba.
Tocadme, palpadme y ved
que este ser no es un fantasma;
soy sacramento del Padre
para la Iglesia, mi amada.
Y el don de las Escrituras,
que solo él lo guardaba,
nos lo daba a los discípulos
cual don de su Pascua santa.
Y desde entonces podemos
leer la Página sacra;
nuestros ojos son sus ojos,
nuestra mente iluminada.
Y los Salmos de David
nos abrían sus entrañas;
vida y Pasión del Mesías,
como él mismo los oraba.
Llevad a todos los pueblos
el perdón de mi Alianza,
primero Jerusalén,
por siempre ciudad amada.
¡Oh mi Jesús, siempre vivo,
mi Dios, que vive en mi casa,
dame una fe siempre viva,
ardiente y pacificada!
Seas tú cielo en la tierra
con tu presencia adorada,
en la espera de aquel día
de mirarte cara a cara. Amén. Aleluya.
Madrid, sábado II semana de Pascua, 17 abril 2021
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