Homilía 4/5 sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,51-58
Texto del santo Evangelio
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo;
el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del
mundo.
Disputaban los judíos entre sí:
“Cómo puede este darnos a comer su carne?”
Entonces Jesús les dijo:
En verdad, en verdad os digo:
Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no
bebéis su sangre,
no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el
último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado,
y yo vivo
por el Padre,
así, del mismo modo, el que me come vivirá por
mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo;
no como el de vuestros padres, que lo comieron y
murieron,
el que come este pan vivirá para siempre”.
Hermanos:
1. Por cuarta vez estamos hablando del pan de
Dios, que es Jesús, Dios encarnado, Dios en la Cruz, Dios Eucaristía.
El resumen de nuestro mensaje está en la frase
final del texto evangélico, cierra del discurso de Cafarnaúm. La frase completa
es una frase inclusiva, recopiladora de lo que anteriormente ha ido apareciendo.
Dice así la sentencia completa: Este es
el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron
y murieron, el que come este pan vivirá para siempre.
Lo que Jesús nos dice vamos a tomarlo, hermanos,
como un revelación definitiva, que ningún concilio la puede modificar. Pero
tenemos que tener el valor de aplicárnosla a nosotros – yo a mí – para saber cómo comportarme con la
Eucaristía, carne de Cristo, sangre de Cristo.
Puede ocurrir que algunas frases de Jesús queden
en la Iglesia como adormecidas, como hibernadas, y en la praxis de la
Eucaristía así creemos que ha acontecido.
2. Hace dos años recordábamos en este mes de
agosto los cien años de aquel célebre decreto de la Sagrada Congregación de los
sacramentos, Quam singulari (lapsus: Provida Mater Ecclesia)
del 10 de agosto de 1910, en tiempos de San Pío X, en el que se establecía, e incluso se urgía, la Primera Comunión
de los niños al llegar al uso de razón, más o menos a los siete años, y se
aconsejaba la comunión diaria, de adultos y de niños. En un punto determinaba
el documento:
“Los que
tienen a su cargo niños deben cuidar con toda diligencia que, después de la
primera Comunión, estos niños se acerquen frecuentemente, y, a ser posible, aun
diariamente a la Sagrada Mesa, pues así lo desea Jesucristo y nuestra Madre la
Iglesia, y que los practiquen con aquella devoción que permite su edad.
Recuerden, además, aquellos a cuyo cuidado están los niños, la gravísima
obligación que tienen de procurar que asistan a la enseñanza pública del
Catecismo, o, al menos, suplan de algún modo esta enseñanza religiosa” (Quam Singulari, Normas, n. 6).
3. En el texto evangélico, con un lenguaje
rotundo, que no se presta a matizaciones y menos a alternativas, Jesús nos
anuncia y predica unas verdades reveladas, que podemos ordenar en tres:
Primera, que su carne es la
verdadera comida, y su sangre la verdadera bebida.
Segunda, que esa comida y
bebida – la Eucaristía – nos dan la inmortalidad y la resurrección de nuestros
cuerpos mortales.
Tercera, que yo soy elevado a
la vida de Dios, y vivo en esa vida en comunión con el Hijo.
¿Se puede desear algo más sublime que todo esto?
Ciertamente que no.
Acerquémonos, pues, por partes, con sumo
respeto, para ver lo que nos quiere decir el Señor.
4. Jesús es la comida verdadera, lo que supone
que hay otra comida, que nosotros la llamamos comida por acomodación del
lenguaje, pero que en comparación de esta, no merece llamarse verdadera. El
alimento es lo que necesita el ser viviente para seguir viviendo, para desarrollar
la vida, para llegar a la plenitud de la vida. Los nutriólogos nos dicen cuál
es la dieta correcta para alcanzar las calorías necesarias variando los
alimentos. Pero es ley de la madre naturaleza que el ser viviente, vegetal o
animal, nace, crece, se reproduce y muere, y continúa “in infinitum” este ciclo
de la vida. Pero en esta cadena de la especie humana, yo muero. Los alimentos
no me dan la inmortalidad.
En cambio, Jesús habla aquí de otro alimento;
ese será el verdadero, porque ese nos da la inmortalidad. La inmortalidad es la
sed insaciable del alma. Es el problema esencial de la filosofía. El filósofo Kant,
en tiempos de la Diosa Razón, “era un hombre muy preocupado del problema (escribe
Unamuno, filósofo vitalista). Quiero decir del único verdadero problema vital,
del que más a las entrañas nos llega, del problema de nuestro desino individual
y personal, de la inmortalidad del alma” (Miguel
de Unamuno, Del sentimiento
trágico de la vida; El hombre de
carne y hueso).
Los filósofos saben y nos dicen cuál era la
pasión obsesiva de Miguel de Unamuno, grande y sincero buscador: la
inmortalidad (véase en su novela breve San
Manuel el Bueno).
Hermanos, ¿qué será de mí cuándo me muera? Esta
es la pregunta última del ser, de la que no podemos desentendernos
frívolamente. La inmortalidad; por lo tanto, la fecundidad, la pervivencia
eterna, la felicidad y la plenitud de todos los anhelos.
5. Hemos oído la respuesta de Jesús: El que coma
de este pan vivo, tendrá la inmortalidad; yo lo resucitaré. Como dirá en otro momento a Marta, antes de
la resurrección de Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Y
añade: “el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y el que está vivo y
cree en mí, no morirá para siempre” (vv. 25-26).
El ansia de inmortalidad queda resuelta, para el
creyente, en la Eucaristía. Tenemos que pasar necesariamente pro al muerte
corporal, pero a esa no le llamemos muerte si tenemos dentro la vida inmortal.
6. Esta doctrina eucarística, que nos debe
impulsar a comulgar siempre que venimos a misa, de modo que nunca haya misa sin
comunión – como el sacerdote no puede celebrar sin comulgar lo que ha
consagrado – esta doctrina se encuadra en un radio infinito. Jesús nos habla de
la comunión de vida que media entre el Padre, él y nosotros.
Nos dice, para que lo grabemos en el corazón, en
la memoria, en la vida: Como el Padre que
vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come
vivirá por mí (v. 57).
6. La doctrina de fe que el Evangelio de Juan
nos transmite es clarísima: Dios, el Padre, es el origen y manantial de toda
vida; y esa vida toda que en él bulle la ha pasado al Hijo. Y por Jesús la vida
de Dios pasa a nosotros.
Por eso, viviremos desde Dios y para Dios por siempre
jamás. Es nuestra fe gloriosa, que queda plasmada en la Eucaristía.
Hermanos, no me queda sino decir: que la Eucaristía
sea nuestro pan cotidiano, que siempre que venimos a celebrar, que la
Eucaristía sea la última gracia al salir de este mundo rumbo a la eternidad.
Amén.
Un himno para la oración de este día puede verse en mercaba.org / El año litúrgico / Tiempo ordinario, ciclo B, domingo XIX: Pan bajado del cielo
Un himno para la oración de este día puede verse en mercaba.org / El año litúrgico / Tiempo ordinario, ciclo B, domingo XIX: Pan bajado del cielo
Guadalajara,
jueves 16 agosto 2012.