jueves, 16 de agosto de 2012

279. “El que coma este pan vivirá para siempre”



Homilía 4/5 sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,51-58

Texto del santo Evangelio 

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo;
el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo.
Disputaban los judíos entre sí:
“Cómo puede este darnos a comer su carne?”
Entonces Jesús les dijo:
En verdad, en verdad os digo:
Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre,
no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado,
 y yo vivo por el Padre,
así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo;
no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron,
el que come este pan vivirá para siempre”.

Hermanos:
1. Por cuarta vez estamos hablando del pan de Dios, que es Jesús, Dios encarnado, Dios en la Cruz, Dios Eucaristía.
El resumen de nuestro mensaje está en la frase final del texto evangélico, cierra del discurso de Cafarnaúm. La frase completa es una frase inclusiva, recopiladora de lo que anteriormente ha ido apareciendo. Dice así la sentencia completa: Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron, el que come este pan vivirá para siempre.
Lo que Jesús nos dice vamos a tomarlo, hermanos, como un revelación definitiva, que ningún concilio la puede modificar. Pero tenemos que tener el valor de aplicárnosla a nosotros – yo  a mí – para saber cómo comportarme con la Eucaristía, carne de Cristo, sangre de Cristo.
Puede ocurrir que algunas frases de Jesús queden en la Iglesia como adormecidas, como hibernadas, y en la praxis de la Eucaristía así creemos que ha acontecido.

2. Hace dos años recordábamos en este mes de agosto los cien años de aquel célebre decreto de la Sagrada Congregación de los sacramentos, Quam singulari (lapsus: Provida Mater Ecclesia) del 10 de agosto de 1910, en tiempos de San Pío X, en el que se establecía, e incluso se urgía, la Primera Comunión de los niños al llegar al uso de razón, más o menos a los siete años, y se aconsejaba la comunión diaria, de adultos y de niños. En un punto determinaba el documento:
 “Los que tienen a su cargo niños deben cuidar con toda diligencia que, después de la primera Comunión, estos niños se acerquen frecuentemente, y, a ser posible, aun diariamente a la Sagrada Mesa, pues así lo desea Jesucristo y nuestra Madre la Iglesia, y que los practiquen con aquella devoción que permite su edad. Recuerden, además, aquellos a cuyo cuidado están los niños, la gravísima obligación que tienen de procurar que asistan a la enseñanza pública del Catecismo, o, al menos, suplan de algún modo esta enseñanza religiosa” (Quam Singulari,  Normas, n. 6).

3. En el texto evangélico, con un lenguaje rotundo, que no se presta a matizaciones y menos a alternativas, Jesús nos anuncia y predica unas verdades reveladas, que podemos ordenar en tres:
Primera, que su carne es la verdadera comida, y su sangre la verdadera bebida.
Segunda, que esa comida y bebida – la Eucaristía – nos dan la inmortalidad y la resurrección de nuestros cuerpos mortales.
Tercera, que yo soy elevado a la vida de Dios, y vivo en esa vida en comunión con el Hijo.
¿Se puede desear algo más sublime que todo esto? Ciertamente que no.
Acerquémonos, pues, por partes, con sumo respeto, para ver lo que nos quiere decir el Señor.

4. Jesús es la comida verdadera, lo que supone que hay otra comida, que nosotros la llamamos comida por acomodación del lenguaje, pero que en comparación de esta, no merece llamarse verdadera. El alimento es lo que necesita el ser viviente para seguir viviendo, para desarrollar la vida, para llegar a la plenitud de la vida. Los nutriólogos nos dicen cuál es la dieta correcta para alcanzar las calorías necesarias variando los alimentos. Pero es ley de la madre naturaleza que el ser viviente, vegetal o animal, nace, crece, se reproduce y muere, y continúa “in infinitum” este ciclo de la vida. Pero en esta cadena de la especie humana, yo muero. Los alimentos no me dan la inmortalidad.
En cambio, Jesús habla aquí de otro alimento; ese será el verdadero, porque ese nos da la inmortalidad. La inmortalidad es la sed insaciable del alma. Es el problema esencial de la filosofía. El filósofo Kant, en tiempos de la Diosa Razón, “era un hombre muy preocupado del problema (escribe Unamuno, filósofo vitalista). Quiero decir del único verdadero problema vital, del que más a las entrañas nos llega, del problema de nuestro desino individual y personal, de la inmortalidad del alma” (Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida; El hombre de carne y hueso).
Los filósofos saben y nos dicen cuál era la pasión obsesiva de Miguel de Unamuno, grande y sincero buscador: la inmortalidad (véase en su novela breve San Manuel el Bueno).
Hermanos, ¿qué será de mí cuándo me muera? Esta es la pregunta última del ser, de la que no podemos desentendernos frívolamente. La inmortalidad; por lo tanto, la fecundidad, la pervivencia eterna, la felicidad y la plenitud de todos los anhelos.

5. Hemos oído la respuesta de Jesús: El que coma de este pan vivo, tendrá la inmortalidad; yo lo resucitaré.  Como dirá en otro momento a Marta, antes de la resurrección de Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Y añade: “el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (vv. 25-26).
El ansia de inmortalidad queda resuelta, para el creyente, en la Eucaristía. Tenemos que pasar necesariamente pro al muerte corporal, pero a esa no le llamemos muerte si tenemos dentro la vida inmortal.

6. Esta doctrina eucarística, que nos debe impulsar a comulgar siempre que venimos a misa, de modo que nunca haya misa sin comunión – como el sacerdote no puede celebrar sin comulgar lo que ha consagrado – esta doctrina se encuadra en un radio infinito. Jesús nos habla de la comunión de vida que media entre el Padre, él y nosotros.
Nos dice, para que lo grabemos en el corazón, en la memoria, en la vida: Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí (v. 57).

6. La doctrina de fe que el Evangelio de Juan nos transmite es clarísima: Dios, el Padre, es el origen y manantial de toda vida; y esa vida toda que en él bulle la ha pasado al Hijo. Y por Jesús la vida de Dios pasa a nosotros.
Por eso, viviremos desde Dios y para Dios por siempre jamás. Es nuestra fe gloriosa, que queda plasmada en la Eucaristía.
Hermanos, no me queda sino decir: que la Eucaristía sea nuestro pan cotidiano, que siempre que venimos a celebrar, que la Eucaristía sea la última gracia al salir de este mundo rumbo a la eternidad. Amén.

Un himno para la oración de este día puede verse en mercaba.org / El año litúrgico / Tiempo ordinario, ciclo B, domingo XIX: Pan bajado del cielo

Guadalajara, jueves 16 agosto 2012.

martes, 14 de agosto de 2012

278. La Asunción de María, torre y bóveda de la fe


Homilía en la solemnidad de la
Asunción de la Virgen María (2012)
En aquellos días María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo, y, levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!  ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Bienaventurada la que ha creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!
María dijo:
-«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
-como lo habla prometido a nuestros padres -
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»
María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa (Lc 1,39-56)


Hermanos:

1. La Iglesia celebra cuatro fiestas mayores en torno a la Virgen Madre de Dios, que,  en el curso del año litúrgico son éstas: La Concepción Inmaculada de María en Adviento (8 de diciembre), Santa María  Madre de Dios, en la octava de Navidad (1 de enero), la Anunciación del Señor (25 de marzo) y la Asunción de María (15 de agosto).
La fiesta de la Asunción de María celebra el final de María hasta la vuelta del Señor, cuando Dios entregue el Reino a su Hijo y Dios sea todo en todos. La Asunción de María es la participación de la Virgen santa en el triunfo pascual de su Hijo; un día hemos de ser nosotros copartícipes de esa gloria. En María, la Virgen Inmaculada, ese tiempo que, pasada la barrera de la eternidad, ya no es tiempo cronológico y no se puede contar con la referencia a nuestros relojes y calendarios, es un tiempo cumplido. Hoy María ha sido glorificada con la luz irradiante de su Hijo.

2. Esta fiesta mayor de la Virgen, la más esplendorosa de todas, va introducida con la misa de la Vigilia, que es la misa del día 14 de la tarde. Y en esa misa vigiliar se lee aquella escena memorable de la historia de Israel cuando en tiempo de David y de los filisteos en que no existía todavía  el templo de Jerusalén, el arca fue trasladada a la Tienda que el rey había preparado, como se cuenta en el primer libro de las Crónicas, capítulo 15. Dice el texto sagrado: “Todo Israel acompañaba el Arca de la Alianza del Señor entre aclamaciones, al son del cuerno, trompetas y platillos, y tocando arpas y cítaras” (v. 28). El rey danzaba ante el arca, ebrio de alegría.

3. Esta escena es la introducción al Evangelio de hoy, Evangelio de la Visitación de María a su prima Isabel. De los títulos y símbolos del Antiguo Testamento que se han tomado para aplicarlos a María, el más importante, el más profundo y significativo, es este: Foederis Arca. Así rezamos en las Letanías Lauretanas: Arca de la Alianza.
María es el Arca de la Alianza. ¿A quién podríamos darle con propiedad este título? A nadie, ni a nadie se le ha dado. María es el Arca de la Alianza, como portadora de Dios. En el Arca se contenía un vaso con el maná y las tablas de la Ley. La carta a los hebreos recuerda esta tradición, cuando describe lo que había en el Santo de los santos: “el Arca de la Alianza, revestida toda ella de oro, en la que se hallaba la urna de oro con maná, la vara florecida de Aarón y las tablas de la alianza” (Hb 9,4).
María es el Arca de la alianza, que lleva a Dios, todo el tesoro de Dios, que es Jesús. María lleva el maná y la Alianza de Dios, que para nosotros es el Evangelio. Esto nos quisiere significar san Lucas cuando dice que María se levantó y fue aprisa a la montaña. María sube, como subieron el arca. Y tantas veces se ha dicho que María es la Custodia de Dios. Es más que lo que solemos imaginar al decir el sagrario y la custodia, donde se halla Jesús eucarístico.
Hemos de traspasar nuestras barreras mentales y, al decir que María es la portadora de Dios, queremos significar que María no es la simple portadora de una presencia estática, sino portadora de todo el misterio de la Encarnación que Dios ha querido realizar con el consentimiento libre de una mujer.
María es la portadora del Hijo de Dios encarnado, la portadora del Evangelio de la nueva y eterna Alianza, la portadora de la Iglesia en la que nosotros estamos.
Juan Bautista, hijo de Isabel y Zacarías, el que va a ser el precursor del Señor, da saltos de alegría como danzó David ante el Arca de Dios, como saltaron montes y colinas cuando Israel salió de Egipto camino de la tierra prometida. El viaje de María a la montaña es la peregrinación de la Encarnación.

4. Pero voy celebramos el final de este peregrinación divina. Dice la lectura del Apocalipsis que se proclama como primera lectura (como en el tiempo pascual): “Se abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza” (Ap 11,19). Y entonces se nos muestra una mujer vestida de sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (12,1).
Hermanos, el final de la peregrinación del Arca de la Alianza es la entrada celeste de María junto al trono de Dios, al lado de su Hijo.

5. ¿Dónde ha descubierto la Iglesia que María ha sido asunta al cielo? Lo ha descubierto contemplativamente en la resurrección de Cristo. La que fue asociada al misterio del Hijo de Dios, para que en el Espíritu Santo se llevara a cabo el misterio de la Encarnación, fue asociada de una manera total e indivisa. Por eso María fue revestida de la santidad de su Hijo desde la concepción, y por eso, cumplido el curso de su vida terrestre, María participa de la gloria de Dios que nos aguarda.

6. San Lucas ha llamado a María, por labios de Isabel, “la Madre de mi Señor”, que es lo mismo que “la Madre de mi Dios”. Con el paso del tiempo, la Iglesia, en el Concilio de Éfeso (año 431) dará a María el título de “Theo-tokos”, que más exactamente que “Madre de Dios” significa “Engendradora de Dios”, sancta Dei Genitrix, como se traduce al latín la oración más antigua de la Virgen, el “Sub tuum praesidium” (Bajo tu amparo nos acogemos).  Desde que se proclamó el Concilio de Éfeso, la Iglesia se ha ido llenando de templos consagrados a la Madre de Dios: primero en Jerusalén, luego en Roma, y luego en toda la Cristiandad.
Un ejemplo, entre centenares, es la hermosa catedral de esta ciudad de Guadalajara en Jalisco. Sus dos hermosas torres con sus reflejos de amarillo y azul nos hablan de la Virgen. El Papa Pío XII, que en 1950 proclamó el dogma de la Asunción de María, elevó la catedral de Guadalajara a Basílica menor, con el título de la Asunción de María. Es, pues, catedral de la Asunción de la Virgen María.

6. No podemos coronar la gloria de María, sino glorificando a Dios, como ella lo hace en su Magníficat. El Magníficat es la liturgia terrestre y celestial con la cual la Iglesia, guiada por la Virgen, que nos antecede en esta peregrinación, canta la misericordia y las maravillas del Señor.

7. Última palabra, hermanos: La Virgen, así glorificada por el triunfo de su Hijo, es nuestra Madre. Ella intercede pro nosotros.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María. Amén.
 
Foederis Arca
(Procesional de comunión)

1. El Arca de la Alianza
es hoy peregrinación:
sacerdotes y levitas
marcan el paso de honor.

2. El pueblo hacía liturgia
de cantos de aclamación,
con las arpas y las cítaras,
con platillos y tambor.

3. El Arca guardaba dentro
del maná una porción
con las tablas de la ley
y la vara de Aarón.

4. David danzaba ligero,
ebrio de gozo y amor;
danzaba como un muchacho
en presencia del Señor.

5. El Arca es María pura
que a la montaña subió;
¿por qué saltan las colinas
al paso del Redentor?

6. Y en el vientre de su madre,
¿por qué salta el Precursor,
como saltaba David,
dulce salmista y cantor?

7. Dos querubines cubrían
la santa propiciación:
adoraban inclinados
a Dios Alianza y Perdón.

8. María llevaba dentro
el Verbo y la Encarnación,
que del Espíritu Santo
en su vientre concibió.

9. Hoy en el cielo se abre
el Arca de adoración,
y en María resplandece
la Pascua y Resurrección.

10. Peregrina de la fe,
¡bendita la que creyó!,
que el Rey y Esposo ataviado
a ella se le entregó.

11. Yo quiero ser cual David
ante el Arca danzador,
y cual los dos querubines
quiero ser adorador.

12. Ante el Arca, que es María,
la Madre de mi Señor;
y con ella cantaré
su cantar de bendición. Amén.

Guadalajara-Zapopan, 14 agosto 2012.

Puede ver cinco Himnos al misterio de la Asunción de la Virgen María en mercaba.org, en nuestro HIMNARIO DE LA VIRGEN MARÍA

sábado, 11 de agosto de 2012

277. Santa Clara: La belleza de Clara y las raíces del árbol en invierno


Para una homilía en la fiesta de santa Clara


Hermanas Clarisas Capuchinas,
Hermanas Novicias,
Hermanos Capuchinos de mi propia fraternidad:

1. Estamos celebrando un día para nosotros muy señalado: la solemnidad de santa Clara, que este año tiene un sello específico, por ser la conclusión de un Año Clariano. Este año comenzó el Domingo de Ramos del pasado 2011 y concluye hoy, fiesta de santa Clara de 2012.
En aquella ocasión inicial los ministros generales escribieron una carta a la familia franciscana, para que junto renováramos la gracia de nuestra vocación. Hermanos y hermanas profesamos un mismo carisma. El año 2007 habíamos recordado, incluso a lo largo de un trienio, la gracia de los orígenes de Francisco. Unos años después la familia franciscana celebramos los orígenes de Clara, que al amparo de Francisco emprende la misma vocación de Francisco.
Recordamos, pues, aquel domingo de Ramos de 12011 en que Clara, por la noche, en la ermita de santa María de la Porciúncula, a sus 18 años, hizo su consagración al Señor. Francisco, ante el altar de la Virgen, le cortó los cabellos, signo de que terminaba su vida en el mundo y pasaba definitiva y exclusivamente al servicio del Señor Jesús, a quien con todo el corazón de mujer enamorada podía llamar “esposo mío”. Clara permaneció fiel hasta la muerte, 42 años después, el 11 de agosto de 1253.
Nuestro amado Papa Benedicto XVI el domingo de Ramos de este año escribió una carta al Obispo de Asís para hacer memoria de este evento y manifestar su significación evangélica.

2. Hace 20 años en la fiesta de la Santísima Trinidad de 1992 el cardenal Joseph Ratzinger recibía en la basílica de santa Clara los votos perpetuos de una hermana clarisa. Pronunció una homilía que es una delicia volverla a leer, y que sintoniza plenamente con el espíritu de consagración de este día. He aquí algunos párrafos:
“A la Iglesia del tiempo de san Francisco no le faltaba poder ni dinero, no le faltaban escritos y buenas palabras, no le faltaban construcciones: le faltaba aquel radicalismo evangélico que da al mundo el libelo del repudio para vivir sólo para el esposo Jesús. Por eso, a pesar del dinero, de las piedras y de las palabras, la Iglesia «se desmoronaba toda».
En San Damián, donde había de ser la morada de santa Clara y sus hermanas, escuchó Francisco en su corazón la voz del crucificado: Francisco, ve y repara mi Iglesia, que se está desmoronando.
Y continuaba el cardenal:
“En San Damián, donde el sufrimiento del Señor con su Iglesia se hace palabra, santa Clara es un signo para todos nosotros.
El Señor sufre también hoy en su Iglesia y por su Iglesia: «¡Como ves -como vemos- se desmorona toda!», y nuestra respuesta, como la primera respuesta de san Francisco, es también, sobre todo, piedras, dinero, palabras.
La vida de santa Clara no es una «privatización» del cristianismo, no es un esconderse en un individualismo o en un quietismo religioso. La vida de santa Clara abre las fuentes de toda verdadera renovación. Vivir la Palabra hasta el fondo, sin reservas y sin glosas, es el acto por el que se abre la puerta del hombre a Dios, el acto donde la fe se convierte en caridad, donde la Palabra, el Señor se hace presente entre nosotros.
Hemos de ser sinceros: la vida evangélica no puede ser, en este momento, un «permanente fortissimo» del amor. De hecho, las preguntas que preceden a la profesión hablan de soledad y de silencio, de plegaria asidua, de penitencia generosa, de obras buenas y de humilde trabajo cotidiano” (Selecciones de Franciscanismo, vol. XXI, n. 62 (1992) pp. 270-274).

3. Nosotros, hermanas clarisas capuchinas y hermanos capuchinos, hemos celebrado un centenario que ha tenido más de interioridad que de festejos brillantes. No están hoy los tiempos para presumir de nuestras glorias.
Y sin embargo, la figura cristiana de santa Clara, es para nosotros algo tan bello, tan radiante, tan transparente, que es saludable el recordarla y deleitarse en esta contemplación. Yo de mi parte así he procurado hacerlo.
Ese “eterno femenino” que el varón lo lleva dentro como misteriosa compañía, uno que se ha nutrido a lo largo de la vida de las esencias franciscanas lo puede ver representado en Clara, que es madre espiritual y que es, al mismo tiempo, hermana.
Hablar de estas cosas impone cierto pudor, porque lo más bello de nosotros mismos no lo vamos a airear al viento. Me acabo de referir al propio intento de ver  a Clara como ese “eterno femenino” que llama al varón y que de alguna manera quisiera verlo representado en una consagrada fiel, confidente de las propias aspiraciones. Ustedes tienen en mano ese librito de poemas en torno a santa Clara, Pianticella, Plantilla, que les he ofrecido, nacido en mi corazón a lo largo de años, y puesto en Internet.
Algo de esto que voy diciendo se puede entreleer en sus versos, que han querido ser ágiles y suaves, como versos propios de amor. También al Internet fueron una serie de reflexiones bajo el título de “Esencias de santa Clara”, que hace años, estando en el noviciado de Tres Ojitos (Chihuahua), impartí a las Capuchinas de Ciudad Madera, Chi.

4. Al final del Año Clariano, cada uno de nosotros, hace su balance, y quizás trazar o reafirma una directriz de vida.
El ministro general de los hermanos menores, con ocasión del fin de este centenario, acaba de escribir una carta (15 de julio, fiesta de san Buenaventura), que dirige, en el área de su compétencia, “A todas las Hermanas Pobres de Santa Clara y a todos los Hermanos Menores” y que tiene por título: FIJOS LOS OJOS EN EL PUNTO DE PARTIDA (cf. 2CtaCl 11): Actualidad del carisma franciscano-clariano a 800 años de existencia. Por su contenido vale igualmente para nosotros, hermanos menores capuchinos, para ustedes, hermanas clarisas capuchinas. Nos dice, en efecto, cuál es la actualidad de un carisma, cuyo perfume se siente después 800 años. Nos indica el camino: Vivir el Evangelio - ¡Dios mío y mi -todo!”  - La vida fraterna en comunidad o santa unidad - Sin nada propio - Misión.

Se detiene ampliamente cuando habla del “cultivo de las raíces”.
Le quiero citar con amplitud, no en tono quejumbroso, sino viendo en él un valiente realismo y asociándome a su esperanza.

“Son muchos los que afirman que la vida religiosa y también la franciscano-clariana están viviendo la estación del invierno. El invierno, a primera vista, es tiempo de muerte: desaparece el verde de la vegetación, se caen las hojas, no hay flores, y la estación de los frutos ya ha pasado. El invierno  pone a prueba la esperanza, que se nutre de una espera paciente hasta que vuelva la primavera y los campos se vistan de flores, que pronto darán paso a los frutos. También en la vida religiosa y en la vida franciscano/clariana el invierno se caracteriza, entre otros síntomas, por la falta de vocaciones, con todo lo que ello comporta: inversión de la pirámide de edad, con muchos ancianos y pocos jóvenes, cierre de obras y de presencias, disminución de la relevancia social que muchas veces teníamos, aumento del desánimo, rutina....
En invierno una tentación podría ser podría ser la de cortar los árboles y las plantas. Tanto no se ve sino el tronco. Pero la muerte que parece caracterizar el invierno no es tal.  Bajo la aparente esterilidad se desarrolla un proceso de revitalización. Es la estación en la cual la trabajan asiduamente las raíces, almacenando toda la sabia y toda la linfa necesarias para trasmitir nueva vida en la primavera, de tal modo que en verano se puedan recoger los frutos. Con su trabajo silencioso y escondido las raíces hacen posible que la vida renazca, porque “si el grano de trigo caí do en tierra no muere, queda solo. Pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 24). El invierno es el tiempo de la radicalidad escondida, del cre- cimiento en profundidad, de paso, aunque sea largo y doloroso, hacia una nueva vida.
La experiencia del invierno es la que me lleva a pediros, mis queridas Hermanas y mis queridos Hermanos, que cultivemos las raíces. Tal vez nos hubiera gustado vivir en la estación de las flores y de los frutos abundantes, pero nos ha tocado vivir la estación profundamente fecunda del invierno. Acojámosla como tal, con sano realismo, pero también con esperanza cierta (cf. OrSD 2). La tentación de arrojar la toalla, de no cultivar la vida de fe, de falta de esperanza, de renunciar a la lucha, de caer en la mediocridad, o, tal vez incluso, de abandonar, puede que no sea ajena a algunos de nosotros. Pero ceder a todo ello sería simplemente renunciar a trasmitir vida, vivir el presente egoísticamente, que poco o nada tendría que ver con lo que hemos prometido el día de nuestra profesión. Cuando nos faltan tantas seguridades que hemos acariciado y cultivado amorosamente es el momento de volver a lo esencial, de vivir la espiritualidad del éxodo, de renovar nuestra firme voluntad de vivir sin nada propio.
Más allá de las apariencias, el invierno está llamado a ser un kairós, una gran oportunidad para crecer en profundidad, y para purificaros y volver a lo que realmente cuenta. A través del invierno que estamos viviendo, estoy convencido que el Señor nos llama, a vosotras y a nosotros, a la radicalidad. Una radicalidad que no consiste en gestos espectaculares, sino en un cuidado paciente y escondido de las raíces que, al fin de cuentas, se reducen a una fe radical en aquel para el cual nada hay imposible (cf. Lc 1, 37).
En estos momentos ya no se trata de luchar simplemente por la subsistencia o la supervivencia. Se trata de ejercitaros en una fe radical, fe recta (cf. OrSD 2) y en una esperanza contra toda esperanza. La primera, la fe radical, nos llevará a vivir en Dios y a vivir de Dios. Para ello es necesario caminar desde Cristo y devolver al Evangelio, en cuanto Forma de Vida, el protagonismo que le corresponde en nuestra existencia en cuanto regla y vida. La segunda, la esperanza, es la que da sentido profundo a la vida. Hoy corre el riesgo de diluirse en la gestión de una simple, y, en muchos casos, angustiosa cotidianidad. Sin caer en un ingenuo optimismo, no podemos renunciar a la esperanza que brota y se sostiene en una promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días” (Mt 28,20). La fe radical y la esperanza son los manantiales de los cuales podemos sacar agua fresca y abundante para trabajar las raíces y revitalizar nuestra vida, aparentemente árida, de tal modo que el invierno sea fecundo, como el grano enterrado en el surco”.

5. Hermanos y hermanas presentes. Es bello seguir a Jesús; es bello, entusiasmante, fortificante. Otros lo han hecho; lo han conseguido con la gracia de Dios.
¿Por qué nosotros no?
¿Y por qué no yo mismo?
Alcemos los ojos a María, presencia purísima y tierna en la vida de Francisco y de Clara.
¡Madre del amor hermoso y de la santa esperanza, consíguenos esta gracia de tu Hijo! Amén.

Guadalajara-Zapopan, 11 agosto 2012.

viernes, 10 de agosto de 2012

276. Jesús, Pan de la vida: creer y comer


Homilía 3/5 sobre el capítulo 6 de san Juan
Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,41-51
Texto evangélico

Los judíos murmuraban de él porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”, y decían. “¿No es este el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?
Jesús tomó la palabra y les dijo: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas. ‘Serán todos discípulos de Dios’ Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto al Padre: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

Hermanos:

1. Hay dos palabras que pueden resumir, de acuerdo a este Evangelio, el mensaje y misión de Jesús: creer y comer. La primera se refiere al hecho total de Jesús: vida celeste, encarnación, presencia entre los hombres. La segunda es derivación que se desprende y urge a quien ha aceptado, en la fe, lo que Jesús es y lo que trae a este mundo. En resumen, muy en resumen, es el contenido de este Evangelio que nos disponemos a penetrar. Es el tercer Evangelio de esa serie de cinco en que se distribuye para cinco domingos el capítulo 6 de la multiplicación de los panes, según san Juan.
Cualquier lector avisado comprende que el evangelista san Juan afronta el misterio de Jesús con un lenguaje contemplativo y especulativo muy singular. Con simplicidad de corazón recogemos las palabras de Jesús en el modo y medida que nos la entrega el Espíritu de Dios a cada uno de los oyentes de la palabra. El que se acerca con amor a la palabra de Dios, nunca vuelve de vacío.

2. Jesús habla de sí mismo como bajado del cielo. Con distinto lenguaje se afirma esto en san Juan: “Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16,28).
Parece como si Jesús fuera un visitante de esta tierra, pero no realmente un nacido en esta tierra. Si dijéramos que Jesús es alguien de fuera, estaríamos en la herejía porque no acabaríamos de darle a Jesús la categoría del “hombre”, que es, en verdad, su realidad entre nosotros. El Concilio afirma el sentir de la Iglesia con respecto a la realidad humana de Cristo con estas palabras precisas: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium et spes, 22).
La persona de Jesús, en el mejor de los casos, es para nosotros misterio, que infunde respeto. Solo la fe, que es como una membrana sutilísima, al rasgarse mediante la oblación libre de nuestra voluntad alcanza esa verdad clave que predicamos los cristianos, que Jesús es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Cómo se funde, sin confusión, este ser íntimo de Jesús, nos rebasa, y deja en el corazón un secreto temblor.
Pero no nos extrañe, porque cuando el hombre racionalmente piensa sobre sí mismo, se topa con el misterio. También el Concilio en el párrafo anterior al citado, al hablar del hombre, dice: “Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad” (Gaudium et spes, 21).
Son consideraciones que se hacen para abordar el ateísmo, oscura anti-religión que muchos han profesado.
No, el ser humano no está abocado al ateísmo, sino al misterio. Y en esta órbita del misterio nos acercamos humildemente a Jesús.

3. El conocimiento histórico de Jesús, el que puede tener un compaisano suyo de Nazaret, no es el conocimiento real de la persona. Por la superficie, hermanos, no nos conocemos. Es necesario ir al corazón, y esto incluso en la mera filosofía del conocimiento.
No me pueden conocer a mí por mis parientes, porque yo no soy ninguno de ellos. Yo soy único e irrepetible, y de nuevo, y por último, el Concilio, una frase que le gustaba mucho a Juan Pablo II, por las veces que la citó: “el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo” (Gaudium et spes, 24). No hay en el mundo un bien superior al hombre, y solo Dios puede ser el confín del hombre.

4. Creer en Jesús es aceptarlo como es. Pero el mismo Señor dice que nadie puede venir a él si el Padre no lo atrae. De nuevo el lenguaje del misterio. No puedo creer, si el Padre de Jesús no me atrae hacia su Hijo. Entonces ¿no seré yo el responsable de creer o no creer, porque al fin es cosa de Dios? No es ese exactamente el planteamiento. Nuestro acto de voluntad para creer no es un acto mecánico, sino personal y libre. Y el mismo Jesús dice, citando a los profetas: “Serán todos discípulos de Dios” (v. 45). Dios es nuestro maestro, y nos ha garantizado su magisterio; a todos nos quiere discípulos suyos.
Todo esto que vamos diciendo se refiere a esa primera parte del enunciado. “creer y comer”.

5. Jesús habla de comer. Comer, ya no el maná, que comieron los israelitas y murieron, sino comer el “pan de la vida”, el “pan vivo” o “pan viviente”, el pan vivificante, la vida en forma de pan.
Jesús habla de sí mismo, que se ha definido, en este pasaje con estas dos frases:
- Yo soy el pan bajado del cielo.
- Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.
 Y ha añadido:
- Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo.
Jesús ha dado su carne en la encarnación, en la cruz y en la Eucaristía. Acaso estas tres referencias sean indisolubles.
Para mí, cristiano, lo importante es que Jesús me da su carne hoy. Habré de pensar, en esta lógica interna de las frases, que, al recibir su carne, recibo la encarnación y recibo la cruz.
La Eucaristía es el misterio vivo y vital de Jesús, no una parte de él mismo. Es su persona que llega hasta mí, desde el Padre, por el Espíritu Santo.
Hermanos, recibir a Jesús es recibir el misterio de Dios y abrir el camino de nuestra inmortalidad.
“El que coma de este pan vivirá para siempre”.
 Nos lo ha dicho el Señor. Amén.

Como himno para orar puede verse: Pan bajado del cielo

Guadalajara, viernes 10 agosto 2012.

martes, 7 de agosto de 2012

275. Clara, penúltima azucena

Homenaje a punto de concluir el Año Clariano
del VIII centenario

Pianticella 24

(Para ti, santa Clara, esta palabra que no puede ser la última, 
que guardaré otra para mañana;
a tus pies esta palabra... como una azucena.
Con mucho amor y sinceridad)


1. Como Poeta de tierra
que canta a su enamorada,
yo te canto, Clara mía,
de mis ensueños aliada.

2. Clara a quien veo y contemplo,
maceta de mi ventana,
ojos que puedo mirar,
de mis sienes almohada.

3. Clara que va en mis cansancios,
que no me cansa pensarla,
candado en mi corazón
con una palabra sabia.

4. Clara, silencio turgente
y muerte como crisálida,
acaso tú me comprendas
lo que al decirlo se mancha.

5. Muy pura más que la nieve,
por Jesús santificada,
cuerpo que parece de alma,
alma de carne inmolada.

6. Yo desatado por ti,
¿qué voy diciendo, mi hermana?
Yo voy tejiendo deseos,
deseos de blanca lana.

7. Porque soñarte es soñarme,
en brisa de suave playa,
barquero a la mar abierta,
gaviota batiendo alas.

8. Clara escondida en mis libros,
y más en mi alma llana,
nido de plumas caricia,
y verso que me desgrana.

9. Acaso oración no cumpla
con palabras tan profanas;
no busqué en el diccionario,
que estaban todas sembradas.

10. Clara nocturna en mi vela,
semilla de mi alborada,
eres, Clara de Jesús,
alberca de mis miradas.

11. Ya no me voy, que no puedo,
aunque mi copla se acaba,
que nada hermoso termina,
si nace en  noche sagrada.

12. Clara de Asís, Favarone,
y del mundo Ciudadana,
muy apretado a tus brazos,
un beso que se me escapa...

(¡Hasta ahora, Clara, Clara…!).

Guadalajara, 8 agosto 2012.
Hermano Rufino María de Alfaro (La Rioja).