miércoles, 15 de diciembre de 2021

1702. DOM IV ADV 20021-22 – «¡Bendita tú entre las mujeres!

 ¡Bendita tú entre las mujeres!

Lc 1,39-45

 

Texto evangélico:

39 En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; 40 entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41 Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo 42 y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! 43 ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? 44 Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. 45 Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

 

Hermanos:

1. El IV domingo de Adviento todos los años, en el Evangelio, está dedicado a la Virgen María, tomando cada año un texto diferente, siempre de la Virgen.  Hoy hemos leído esta escena que ocurre inmediatamente después del anuncio del ángel. María ha sido visitada por Dios, y por obra del Espíritu Santo ya lleva en su vientre al Hijo amado del Padre.

“Y el ángel se retiró”, dice el texto sagrado, y continúa: “En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá”. Esa expresión sagrada se “se levantó y se puso en camino”, esta diciendo cuál es su disponibilidad para cumplir la voluntad. El ángel no le ha dado una orden de que vaya a ver a Isabel y a atenderla. Pero el amor, cuando existe, es un amor activo, operativo. El amor siempre encuentra el modo de hacerse presente.

 

2. Y María, desde Nazaret corre a la montaña de Judea, al lugar que se llama Aim Karem, junto a Jerusalén. Imaginad una mujer joven, sola, en una caminata de varios días, Tiene todas las razones para quedarse en casa donde está; acaso, aprovechar la oportunidad de algún mensaje, de un familiar… Son consideraciones cortas que nosotros podemos hacernos. El amor divino tiene otro modo.

Y María desde este momento ha sido constituida como la Madre del Amor divino, porque lleva ya, en su vientre de mujer, al Hijo que viene a la tierra. María es el Arca de la Alianza que lleva en sí el tesoro de Dios. María es la portadora de Dios, el signo claro de que Dios se ha enamorado del hombre y no le va a abandonar en ningún instante. “Con amor eterno te quiero” (Is 54,8), dicen las lecturas de Adviento; “eterno”, que quiere decir, en este caso, para siempre, que nunca jamás se va a retirar, amor fiel en vida y eternidad.

El Arca sagrada, que contenía las Tablas de la alianza, cuando caminaba por las montañas, hacia prodigios, como cuenta los libros del Antiguo Testamento; El Arca sagrada caminó con el pueblo de Dios, al salir de Egipto, y, al llegar el Jordán, se abrió el Jordán para que pasara a la Tierra prometida el pueblo liberado de la esclavitud. Hoy María es el Arca santa que lleva a Isabel la alegría de la salvación. Es Misionera y más que Misionera, la que va a consagrar al Precursor del Señor. “en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”, le va a decir Isabel, la primera beneficiaria de la Encarnación.

 

3. Todo esto, hermanos, es muy bello; es como un álbum de amor que Dios va escribiendo en las nupcias de su Hijo con la humanidad.

Vamos a tomar las palabras de Isabel y reflexionar sobre ellas. La primera es la palabra de bendición, en la que prorrumpe Isabel, y que la Iglesia ha cogido para completar el Ave maría. ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! Bien podemos Decir que todas las mujeres son benditas del Señor; pero, al decir, “bendita tú entre las mujeres”, le está diciendo: Tú la más bendita de todas; todas las mujeres han de mirarte a ti, porque eres la gloria de Israel, el honor de nuestra raza, como le cantaron a Judit tras la victoria, en un estallido de gozo y alabanza.

María es la mujer, y su nombre vuelve a nosotros como honor y alabanza; en ella, con ella, por ella nos sentido bendecidos.

La mujer, hoy y siempre, adquiere su dignidad divina, mirando a María.

 

4. Sigue Isabel su letanía y le dice: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Mirad, hermanos, es el título mayor que jamás se ha dado a María, al decir la Madre de mi Señor. “Mi Señor” es mi Dios; ya en la raíz misma del Evangelio encontramos este título, que será luego definido en los concilios, y que es la raíz de todo lo que podemos decir de la Virgen. Mi Señor, en los Salmos, en el lenguaje sagrado de Israel es ni más ni menos que “mis Dios”. María la madre de Dios. La Madre de Cristo, del Ungido, del Mesías, sí, Pero siendo eso es la Madre de Dios, la Madre de mi Dios. Los primeros concilios de la Iglesia definieronq que María es la Theotókos, que literalmente significa la Engendradora de Dios. Sus entrañas de mujer han engendrado a un Hijo, que es verdaderamente el hijo suyo y el Hijo de Dios.

Ni la belleza, ni la profundidad, ni el misterio de este título jamás podrá ser agotado. María es la Madre de Dios, y la Madre de Dios va a ser justamente nuestra Madre, mi Madre.

Misterio de María, que ya ha comenzado a cumplirse, que será del todo real en el nacimiento de su Hijo en Belén, y que llegará a su culminación en al Cruz, en la Ascensión, en Pentecostés.

 

5. Tiempo de Adviento, tiempo muy singular de María. Nuestra antigua liturgia hispana durante siglos celebraba, unos  días antes de la Natividad del Señor, la fiesta de la Expectación del parto, la fiesta principal entonces de la Virgen María, Virgen del vientre henchido, que espera el nacimiento de su Hijo.

Los cristianos hemos tomado las palabras de Isabel para juntarlas con las palabras del ángel, y hacer con todas ellas la principal oración a la Virgen: Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo: bendita tú entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

 

Concluyamos mirando a Jesús, que ah hecho a su Madre como es: Señor Jesús, al contemplar a tu Madre, te contemplamos a ti. Ella fue tu digna morada; por ti y para ti. Que ella nos acompañe en todo momento para recibirte a ti, fuente de toda gracia. Amén.

 

Jerusalén, 16 diciembre 2021, memoria liturgica del santo Rey David y de los antepasados del Mesías.

lunes, 13 de diciembre de 2021

1701. Yo soy la luz del mundo, él nos dijo – Un himno

 Yo soy la luz del mundo, él nos dijo

 

La luz es el ámbito inmaterial de lo creado. Es la criatura de dios que cobija a todas. Es lo primero que Dios sacó de sí para que la nada dejara de existir. Es la primera palabra de Dios Creador. “Dijo Dios: exista la luz. Y la luz existió” (Gen 1,3).

Viene Juan y para presentar a Jesús, acude a los símbolos primordiales. “Al principio era el Verbo… En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,1.3).

En sus discursos de revelación Jesús, según Juan, hablará de esta manera: “Jesús les habló de nuevo diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»” (Jn 8,12). Este versículo es el lema y nombre de esta casa desde donde escribo.

Pero ocurre otra cosa: que Jesús en el Sermón de la montaña, tras las Bienaventuranzas, llamó a sus discípulos “luz del mundo”. Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo…” (Mt 5,13.14).

La Antigua Alianza había proclamado: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, | luz en mi sendero” (Sal 118,115). Y el fiel israelita era el portador de esa Palabra. Pablo reprochaba el orgullo y autosuficiencia que de ahí se derivaba: “Pero si tú te llamas judío y encuentras tu descanso en la ley…, te consideras guía de ciegos, luz de los que viven en las tinieblas…” (Rom 2,17.19).

Jesús es nuestra luz. Que esa luz fluya y se derrame y penetre, suave, en nuestros corazones. Escribo desde es Casa de capuchinos en Jerusalén, que ha escogido como lema y nombre de la misma: “Yo soy la luz del mundo”.

 

Yo soy la luz del mundo, él nos dijo

y esa luz se derrama y nos envuelve;

¡oh hermosa luz, suave y creadora,

luz de Cristo pascual, luz para siempre!

 

Él es la luz, que en él no hubo pecado,

él es santo y todo lo embellece,

él es amor, amor que se desborda

y cuando llega a mí, mi amor florece.

 

Divina luz, Jesús, que divinizas,

en cuya gloria el hombre es transparente;

tu luz se vuelve amor, y en ti podemos

mirarnos y acogernos mutuamente.

 

Tu luz es horizonte de la vida

que asoma en lontananza y ya viene;

tu luz nos ha vestido y nos invita

a ir iluminados al banquete.

 

Vosotros sois en mí la luz del mundo,

la lámpara que ardiendo resplandece;

con el aceite puro del Espíritu,

arded, brillad con rostro refulgente.

 

¡Oh Luz de Luz, eterno amanecer,

que en tu triunfo venciste infierno y muerte,

reina feliz en brazos de tu Padre,

y seas nuestra gloria eternamente! Amén.

 

Jerusalén, 11 diciembre 2021.

jueves, 9 de diciembre de 2021

1700. Dom. III ADV, C – Juan nos anuncia la llegada del Salvador

 

Juan nos anuncia la llegada del Salvador

Lc 3,10-18

 

Texto bíblico

10 La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?». 11 Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

12 Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:

 «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». 13 Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido».

14 Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».

15 Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, 16 Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; 17 en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga». 18 Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio. 

 

Hermanos:

1. Hoy es el tercer Domingo de Adviento, y a medida que el tiempo avanza, se intensifica la alegría por la venida del Señor. No olvidemos que el tiempo de Adviento no es propiamente tiempo de penitencia como nota principal, sino tiempo de una expectación piadosa y alegre. De hecho el domingo de hoy se titulaba familiarmente en los círculos eclesiásticos Domingo Gaudete, por las primeras palabras de la misa: Gaudete in Domino semper. Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Es la voz de san Pablo en la carta de hoy.

 

2. Este Domingo, como el anterior – ya lo decíamos – está dedicado, en el Evangelio, a san Juan el Precursor del Señor, que más que como bautista lo vemos como evangelista o evangelizador, como predicador de la Buena Noticia, del Evangelio. Lo acabamos de escuchar, en la última frase del Evangelio proclamado: Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio. 

 Pues vamos a ver cuál era el Evangelio que anunciaba el Precursor del Señor.

La predicación que sale de sus labios, era la predicación moral que debemos cumplir cada uno, una vez que hemos conocido la verdad de nuestra fe. Las palabras de este asceta, que aparece que vive fuera del mundo, son de una tremenda actualidad, para la circunstancia personal de cada quien que se desenvuelve en este mundo. «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

Hoy decimos nosotros, hijos de la modernidad que nos ha tocado vivir, que en el mundo, a pesar de los millones que lo habitamos – más de 7.000 millones – hay alimentos para todos, y nadie debe pasar hambre si somos lo que debemos ser y sabemos repartir y compartir. Que nadie se muera de malnutrición y hambre, que nadie tenga que ir a Cáritas a pedir como un mendigo.

Estos, que suena tan moderno y tan actual, es tan viejo como Juan el Bautismo, y, antes del Bautista, tan viejo como los profetas.

Pero, a lo mejor, no percibimos, de pronto, el motivo por el que hablaban y difundían estos mensajes.  Si hay un Dios en el cielo, Creador y Padre, no puede querer que ninguno de sus hijos se muera de hambres. Todos, como hijos de Dios, sea cual sea nuestro origen familia inmediato, y las oportunidades que por ello nos haya brindado la vida, todos y cada uno, en última instancia, venimos del mismo Dios Creador y Padre, y todos tenemos la misma dignidad, los mismos derechos, la misma vocación de llegar a la plenitud humana, conforme a las cualidades que Dios haya depositado en cada uno de nosotros. Una predicación social, que no es subversiva, que está en la entraña de nuestra fe.

 

3. Juan Bautista a cada uno decía lo suyo propio, lo que debía decirle según sus obligaciones. A los publicanos, es decir, recaudadores de impuestos, oficios de la fiscalía del estado: Cuidado con la corrupción; No exijáis más de lo establecido.

 A los soldados, a los agentes de lo que hoy llamaríamos la policía: Cuidado con la extorsión, con la violencia. Dice muy concretamente el texto sagrado: Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».

El mensaje está clarísimo. Cada uno debemos cumplir con las propias obligaciones de nuestro propio estado, familiar, social, ciudadano, y de nuestro propio trabajo. Todo judío podía recordar los salmos de su propia oración:

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda | y habitar en tu monte santo? El que procede honradamente | y practica la justicia, | el que tiene intenciones leales | y no calumnia con su lengua, | el que no hace mal a su prójimo | ni difama al vecino (Salmo 15,1-3).

 

4. Y, con todo ello, hermanos, estamos diciendo osas importantes, pero no estamos diciendo lo principal. La predicación de Juan no era una simple predicación moral, de reforma de costumbres; era una predicación teológica; anunciaba a Jesucristo, que eso es lo que constituye la esencia de toda homilía, la última palabra que puede y debe decir en la Iglesia. ¿Qué decía, pues, Juan el Bautista?

Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

Este es el verdadero y definitivo anuncio que ilumina todo lo demás. Este es el mensaje, que ya lo anunciaba Sofonías y que hoy resuena con acento nuevo en nuestros corazones:

Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, | regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. […] El Señor tu Dios está en medio de ti, | valiente y salvador; | se alegra y goza contigo, | te renueva con su amor; | exulta y se alegra contigo (Sof 3,14.16).

 

Nos quedamos con esta invitación, hermanos. El Señor viene, y su llegada a nosotros, que es del todo real, que se verifica lo primero en lo profundo del corazón, nos produce seguridad, paz y alegría.

 

Señor Jesús, gracias por la luz y la paz que me infunden tus palabras. Yo sé que vienes a mi corazón, y que tú me traes la seguridad, la paz y el gozo que necesito. Para ti al entrega total de todo mi ser. Amén.

 

Jerusalén, jueves 9 diciembre 2021.