Yo soy la luz del mundo, él nos dijo
La luz es el ámbito inmaterial de lo creado. Es la criatura de dios que cobija a todas. Es lo primero que Dios sacó de sí para que la nada dejara de existir. Es la primera palabra de Dios Creador. “Dijo Dios: exista la luz. Y la luz existió” (Gen 1,3).
Viene Juan y para presentar a Jesús, acude a los símbolos primordiales. “Al principio era el Verbo… En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,1.3).
En sus discursos de revelación Jesús, según Juan, hablará de esta manera: “Jesús les habló de nuevo diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida»” (Jn 8,12). Este versículo es el lema y nombre de esta casa desde donde escribo.
Pero ocurre otra cosa: que Jesús en el Sermón de la montaña, tras las Bienaventuranzas, llamó a sus discípulos “luz del mundo”. Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo…” (Mt 5,13.14).
La Antigua Alianza había proclamado: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, | luz en mi sendero” (Sal 118,115). Y el fiel israelita era el portador de esa Palabra. Pablo reprochaba el orgullo y autosuficiencia que de ahí se derivaba: “Pero si tú te llamas judío y encuentras tu descanso en la ley…, te consideras guía de ciegos, luz de los que viven en las tinieblas…” (Rom 2,17.19).
Jesús es nuestra luz. Que esa luz fluya y se derrame y penetre, suave, en nuestros corazones. Escribo desde es Casa de capuchinos en Jerusalén, que ha escogido como lema y nombre de la misma: “Yo soy la luz del mundo”.
Yo soy la luz del mundo, él nos dijo
y esa luz se derrama y nos envuelve;
¡oh hermosa luz, suave y creadora,
luz de Cristo pascual, luz para siempre!
Él es la luz, que en él no hubo pecado,
él es santo y todo lo embellece,
él es amor, amor que se desborda
y cuando llega a mí, mi amor florece.
Divina luz, Jesús, que divinizas,
en cuya gloria el hombre es transparente;
tu luz se vuelve amor, y en ti podemos
mirarnos y acogernos mutuamente.
Tu luz es horizonte de la vida
que asoma en lontananza y ya viene;
tu luz nos ha vestido y nos invita
a ir iluminados al banquete.
Vosotros sois en mí la luz del mundo,
la lámpara que ardiendo resplandece;
con el aceite puro del Espíritu,
arded, brillad con rostro refulgente.
¡Oh Luz de Luz, eterno amanecer,
que en tu triunfo venciste infierno y muerte,
reina feliz en brazos de tu Padre,
y seas nuestra gloria eternamente! Amén.
Jerusalén, 11 diciembre 2021.
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