Cuando Dios me hace un regalo
Por esencia Dios es don, don efusión de sí mismo. Por esencia Dios es Trinidad, es decir comunicación de sí mismo en sí mismo. Y no puedo haber sido de otra manera, porque Dios es el agotamiento entero del ser. Si Dios pudo haber sido de otra forma, ya no sería el Dios completo: le faltaría algo que pudo ser y no fue. En resumidas cuentas, hablando a la llana, Dios es amor, que el amor es esencialmente donativo, esencialmente fecundo. Donde esta Dios, siempre está Dios que genera, Dios generando.
Dios es apertura, efusión, desbordamiento. Y justamente la Navidad es esto: la efusión de Dios, el inicio de esa efusión que culminará en Pentecostés. La Navidad es el nacimiento humano de Dios para vivir con nosotros.
Él nos libre de hacer elucubraciones al aire. Estos pensamientos, fruto de nuestro anhelo y de nuestra impotencia, no nos otra cosa sino gestos de admiración, de adoración y de entrega a Dios, fascinación hasta lo infinito.
Mirada desde esta óptica, la Encarnación es la expansión e Dios amor, expansión que llega a la Virgen María y luego se prolonga hasta a mí y a todos los seres humanos. En ese efluvio de sí mismo, Dios se hace Morador en mí, y em asume, recogido en su divino Hijo que sale de la Trinidad y se humaniza en el seno de una mujer – hermana de mi propia raza – para divinizar a toda la familia humana.
Quisiéramos cantar, sin acertar con las palabras. Dios es regalo, regalo de sí mismo. Pero cuando Dios regala, no puede regalar algo que esté fuera de sí, porque todo ha venido de él. Cuando Dios regala, se está regalando a sí mismo, sin poder dividirse.
Cuando Dios me hace un regalo
entero se da a sí mismo,
entero, sin divisiones,
en su misterio infinito.
Es así la Encarnación,
todo mi Dios hecho Niño,
todo mi Dios cobijado
en mi pequeño cubículo.
Mi tiempo y espacio son
medidas del Indiviso:
la Trinidad vive en mí,
y es su casa y Paraíso.
Y todo yo, yo me siento
Morada de Dios Altísimo;
luminoso con la luz
que alumbra el trono divino.
La luz que se llama amor,
vida eterna del Dios vivo,
luz que traía la Virgen
cuando dio a luz a su Hijo.
He de cantar y cantar,
y decir no sé decirlo;
Dios es más grande y más bello
que el Universo que hizo.
Pero era suya su obra,
digna de un beso purísimo;
lo vio todo… y era bueno
y por eso lo bendijo.
Mas por extraño misterio
entró el pecado maldito,
y estropeó la hermosura
del hombre favorecido.
Yacía el mundo en tinieblas
por pecados cometidos,
y dijo Dios: Sea luz,
y la Luz al mundo vino.
Vino Jesús, es verdad,
lo mejor que ha sucedido,
y se hizo Niño pequeño,
que es los mismo que yo he sido.
Dios encarnado a mi altura
para decirle: ¡Dios mío!;
para mirarle a sus ojos
y sepa lo que yo ansío.
Fiesta de Dios, Navidad,
de regalos que recibo:
yo pediré un corazón
de todo pecado limpio.
Y un regalo llama a otro,
y el mío ha de ser bonito:
¿qué esperas, Jesús, de mí
que te guste como un mimo?
Espero todo de ti,
con sencillez y cariño:
el amor que no es del todo
es rito de compromiso.
Aquí, Jesús, tú me tienes
feliz por ver lo que he visto:
te he visto cual Dios regalo:
Dios es don, el Uno y Trino.
Dios es darse a soprendernos
en ojos, manos y oídos,
Dios en mi cuerpo y mi alma
desde que ser nuestro quiso.
17. Mi Dios de carne está ahí,
de su amor el mundo ha ungido;
Dios es táctil de ternura
para quien es pobrecito.
Que hay maldades, no lo niego,
(que Jesús ya nos previno),
Dios es presencia que vence,
Bondad que ven los sencillos.
Al venir, mi Dios, nos diste,
los ojos contemplativos,
para mirar y admirar
y ver principio y destino.
Te ofrezco mi admiración:
que sepas que he comprendido,
y como tú quiero ser
el amor siempre en servicio. Amén. Aleluia
Jerusalén, 21 diciembre 2021
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