Juan nos anuncia la llegada del Salvador
Lc 3,10-18
Texto bíblico
10 La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?». 11 Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
12 Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
«Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?». 13 Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido».
14 Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».
15 Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, 16 Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; 17 en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga». 18 Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.
Hermanos:
1. Hoy es el tercer Domingo de Adviento, y a medida que el tiempo avanza, se intensifica la alegría por la venida del Señor. No olvidemos que el tiempo de Adviento no es propiamente tiempo de penitencia como nota principal, sino tiempo de una expectación piadosa y alegre. De hecho el domingo de hoy se titulaba familiarmente en los círculos eclesiásticos Domingo Gaudete, por las primeras palabras de la misa: Gaudete in Domino semper. Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Es la voz de san Pablo en la carta de hoy.
2. Este Domingo, como el anterior – ya lo decíamos – está dedicado, en el Evangelio, a san Juan el Precursor del Señor, que más que como bautista lo vemos como evangelista o evangelizador, como predicador de la Buena Noticia, del Evangelio. Lo acabamos de escuchar, en la última frase del Evangelio proclamado: Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.
Pues vamos a ver cuál era el Evangelio que anunciaba el Precursor del Señor.
La predicación que sale de sus labios, era la predicación moral que debemos cumplir cada uno, una vez que hemos conocido la verdad de nuestra fe. Las palabras de este asceta, que aparece que vive fuera del mundo, son de una tremenda actualidad, para la circunstancia personal de cada quien que se desenvuelve en este mundo. «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
Hoy decimos nosotros, hijos de la modernidad que nos ha tocado vivir, que en el mundo, a pesar de los millones que lo habitamos – más de 7.000 millones – hay alimentos para todos, y nadie debe pasar hambre si somos lo que debemos ser y sabemos repartir y compartir. Que nadie se muera de malnutrición y hambre, que nadie tenga que ir a Cáritas a pedir como un mendigo.
Estos, que suena tan moderno y tan actual, es tan viejo como Juan el Bautismo, y, antes del Bautista, tan viejo como los profetas.
Pero, a lo mejor, no percibimos, de pronto, el motivo por el que hablaban y difundían estos mensajes. Si hay un Dios en el cielo, Creador y Padre, no puede querer que ninguno de sus hijos se muera de hambres. Todos, como hijos de Dios, sea cual sea nuestro origen familia inmediato, y las oportunidades que por ello nos haya brindado la vida, todos y cada uno, en última instancia, venimos del mismo Dios Creador y Padre, y todos tenemos la misma dignidad, los mismos derechos, la misma vocación de llegar a la plenitud humana, conforme a las cualidades que Dios haya depositado en cada uno de nosotros. Una predicación social, que no es subversiva, que está en la entraña de nuestra fe.
3. Juan Bautista a cada uno decía lo suyo propio, lo que debía decirle según sus obligaciones. A los publicanos, es decir, recaudadores de impuestos, oficios de la fiscalía del estado: Cuidado con la corrupción; No exijáis más de lo establecido.
A los soldados, a los agentes de lo que hoy llamaríamos la policía: Cuidado con la extorsión, con la violencia. Dice muy concretamente el texto sagrado: Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».
El mensaje está clarísimo. Cada uno debemos cumplir con las propias obligaciones de nuestro propio estado, familiar, social, ciudadano, y de nuestro propio trabajo. Todo judío podía recordar los salmos de su propia oración:
Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda | y habitar en tu monte santo? El que procede honradamente | y practica la justicia, | el que tiene intenciones leales | y no calumnia con su lengua, | el que no hace mal a su prójimo | ni difama al vecino (Salmo 15,1-3).
4. Y, con todo ello, hermanos, estamos diciendo osas importantes, pero no estamos diciendo lo principal. La predicación de Juan no era una simple predicación moral, de reforma de costumbres; era una predicación teológica; anunciaba a Jesucristo, que eso es lo que constituye la esencia de toda homilía, la última palabra que puede y debe decir en la Iglesia. ¿Qué decía, pues, Juan el Bautista?
Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Este es el verdadero y definitivo anuncio que ilumina todo lo demás. Este es el mensaje, que ya lo anunciaba Sofonías y que hoy resuena con acento nuevo en nuestros corazones:
Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, | regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. […] El Señor tu Dios está en medio de ti, | valiente y salvador; | se alegra y goza contigo, | te renueva con su amor; | exulta y se alegra contigo (Sof 3,14.16).
Nos quedamos con esta invitación, hermanos. El Señor viene, y su llegada a nosotros, que es del todo real, que se verifica lo primero en lo profundo del corazón, nos produce seguridad, paz y alegría.
Señor Jesús, gracias por la luz y la paz que me infunden tus palabras. Yo sé que vienes a mi corazón, y que tú me traes la seguridad, la paz y el gozo que necesito. Para ti al entrega total de todo mi ser. Amén.
Jerusalén, jueves 9 diciembre 2021.
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