La
Iniciación cristiana de Adultos comporta varias etapas progresivas, desrrolladas
en el curso de un tiempo conveniente: Evangelización y Catecumenado / Tiempo de
purificación e iluminación (que suele coincidir con la Cuaresma) / Los
Sacramentos de la Iniciación (Bautismo, Confirmación, Eucaristía) / La
Mistagogía. “Ésta es la última etapa de la iniciación, a saber el tiempo de la
«Mystgogia» de lMistagogía es la “conducción” (verbo “agô”, conducir) al
iniciado (“mystes” iniciado en el “misterio”), como similarmente “Pedagogía” es
la conducción del niño (“pais, paidós” , niño).
La
nuevo nacido cristiano (el “neófito”) se le conduce en Pascua a la interioridad
de los misterios de Pascua. Son famosas las catequesis mistagógicas de san
Ambrosio, de san Cirilo de Jerusalén, de Teodoro de Mopsuestia y de san Juan
Cristómo.
1 El primer día de
la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba
oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 2 Echó a correr y fue
donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». 3
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 4 Los dos
corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y
llegó primero al sepulcro; 5 e, inclinándose, vio los lienzos
tendidos; pero no entró. 6 Llegó también Simón Pedro detrás de él y
entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos 7 y el sudario con
que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un
sitio aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que
había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. 9 Pues hasta
entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre
los muertos.
Hermanos:
Concluida con gozo
la Vigilia pascual, con ese gozo exultante anunciado en el Pregón de la noche,
la iglesia nos da la posibilidad de una misa solemne de Pascua proclamando los textos
que acabamos de escuchar. Este mensaje que llega a nosotros, como palabra de
fe, está escrito muchos años después de los hechos, como experiencia interna de
la iglesia, que podemos desmenuzar, ahondar, y, por gracia de Dios, pasar a la
experiencia que traducen y suscita.
Hemos oído a Pedro
dar su testimonio en casa de Cornelio, y el texto sagrado dice en el versículo
40 que Dios concedió a Jesús (édoken) aparecerse. Los exegetas han analizado
esta expresión, ¿qué significa? Que sencillamente el crucificado ya no es
visible, pero Dios le concede como gracia para nosotros la gracia de
aparecerse. Todas las apariciones son regalo de Dios a la comunidad.
La resurrección de
Jesús no es una “reviviscencia”, no es recuperar una cosa que había perdido, no
es un volver atrás; sino que se una marcha hacia adelante, a lo infinito.
Nosotros tenemos la experiencia corpórea de la realidad, que está medida por el
espacio y el tiempo. Jesús pasa de este mundo a la nueva creación. No hay
espacio, no hay tiempo.
¿Cuándo resucitó
Jesús? Hace dos mil años. Es una respuesta desde nuestra óptica. Pero la
liturgia nos dice: Hoy. Y este hoy, que es un hoy “sacramental” no es menso
verdadero que el ayer y hoy de nuestra astronomía.
2. Pablo nos
invita a una experiencia espiritual y mística, matriz de todas las experiencias
cristianas: habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios.
Pablo hubo de romper la gramática para acercarnos al umbral del misterio:
convivir, con morir, consepultar, conresucitar, convivificar, consentar… y
otras son palabras que el apóstol tuvo que tallar, inventar, sacarlas de donde
no estaban para decirnos: Hay una realidad incomparablemente superior a la
realidad física, y a esa estamos llamados. Y ha de ser una experiencia tan
real, tan personal e íntima que nos haga llorar de alegría.
San Ignacio nos
hace observar en los Ejercicios que es más fácil compadecer con Cristo
sufriente que gozarse con Cristo glorioso. ¿Quién de nosotros, hermanos, no se siente
convulsionado, incluso hasta llorar de pena y dolor, al ver escenas trágicas de
la guerra? Estos lo experimentamos todos, en grado mayor o menor, y estamos
dispuestos a colaborar en algo. Pero ¿quién de nosotros, con la mano al pecho,
puede decir: Me siento realmente feliz porque hoy, en el hoy de Dios, Jesús ha
resucitado? Me siento realmente feliz, porque leo la Escritura, ese pasaje que
la sagrada liturgia me propone, y siento una corriente interior nueva, que me traspasa
el alma y el cuerpo. Hermanos, a esto
estamos llamados:a una experiencia
totalizadora del ser de que Jesús realmente ha resucitado.
3. Permitid en
este sentido la reflexión que mana del Evangelio. Se han llevado del sepulcro
al Señor y no sabemos dónde lo han puesto En el Evangelio de Juan, que se
escribe con la espesura de tantos años de vida, aparece tres personas, solo tres:
María la Magdalena, que corre al sepulcro antes del amanecer. ¿Cómo va a ir
sola en la oscuridad de la madrugada una mujer? Evidentemente que va
acompañada, pero al evangelista, en este momento, le interesa solamente una,
María la Magdalena. Y aparecen otros dos nombres: Pedro y Juan. No aparece el
grupo de los discípulos. María Magdalena va adonde estaban Pedro y el discípulo
a quien Jesús amaba.
Se han llevado del
sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Este es el mensaje; Jesús
es el Kyrios. Se lo han llevado y no sabemos dónde está el Kyrios, el Amado.
Ninguno de los
tres ha alcanzado todavía la fe. Los tres son enamorados, e incluso enamorados
ardientes, pero ninguno de los tres tiene fe. Y la Fe es el único camino, el
único, para alcanzar el cuerpo del Señor. La resurrección del Señor no es una
verdad histórica, aunque se realice dentro de la historia. Ha sido es y será
solamente una verdad de fe; o diré mejor, una experiencia de fe, porque sin
experiencia personal no hay fe. Y los misterios que celebramos solo los podemos
celebrar como misterios de fe, no como escenas memoriales emotivas y
motivadoras. Si María de Nazaret, es decir la que san Juan llama la madre de
Jesús, o la Mujer, ha tenido una aparición de su hijo, como nos invita a
meditar san Ignacio en los Ejercicios, solo ha podido ser posible en la fe. Sin
la fe, la resurrección es un mito de la historia de las religiones.
Corrieron, pues,
los dos discípulos, pero el discípulo amado, que llegó el primero, no entró,
porque el mismo evangelista nos dice, desde el primer encuentro hasta el final,
que el primero es Pedro.
Entró, pues, Pedro
y entonces fue convertido en testigo, él el primero. Se le apareció el
resucitado, no en visión, sino en fe.
Después entró el
otro discípulo. Y he aquí lo que nos transmite, para que quede grabado en nuestros
corazones, invitados a la misma experiencia: Entonces entró también el otro
discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Juan es un vidente
creyente. Y ahora, para que lo sepa toda la Iglesia, nosotros, en este día
pascual de nuestra celebración: Pues hasta entonces no habían entendido la
Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Hermanos, Pedro y
el Discípulo no habían podido leer la Escritura. Era letra obtusa, a pesar de
que el mismo Jesús la había explicado.
Pudiera ser que
nosotros estemos en a la misma situación. Y esta palabra evangélica queda como
una llamada para toda la Iglesia. Siglos más tarde san Jerónimo, comentando a
Isaías dirá: Ignorar las escrituras es ignorar a Cristo.
Tenemos que acudir
humildemente a Pedro, el primer creyente de la Resurrección, a que nos muestre
las Escrituras, sabiendo que el lugar central y original de las escrituras no
es la Cátedra académica, sino la sagrada liturgia. Apartarse de la liturgia
para entender las Escrituras es apartarse de Cristo Resucitado.
Hermanos, como
ministro de la Palabra en este lugar y en esta celebración sagrada, os invito a
ir a las santas Escrituras, de la mano de Pedro, de la mano de la Liturgia,
para llegar a la experiencia que el Señor Jesús dio a Pedro y al otro Discípulo:
el gozo de ver al resucitado, de comer con el Resucitado, de llenarnos de la
embriaguez del Espíritu Santo y de recibir la salvación que gratuitamente se
nos ofrece. Amén.
Para
dar inicio al Triduo Pascual salió de mi corazón el Himno Pascual de este año,
que, sin remedio, quise asociar a lo que nos está pasando hoy con la guerra, de
la que he dicho y repetido en la predicación que sencillamente es un pecado.
Pero veo la televisión y escucho los diálogos de los que entienden – políticos y generales – y la
guerra no es un pecado; es una confluencias e intereses, y la solución va por
otro camino: Rusia/China, QUE/Estados Unidos.
Escucho
al Papa, en la entrevista transmitida por la RAI, ayer, Viernes Santo, y habla
de Caín y su hermano asesinado. No es la historia de ayer; es la historia de
hoy.
“Yo
entiendo a los gobernantes que compran armas, los entiendo. No los justifico,
pero los entiendo. Porque tenemos que defendernos, porque [es] el esquema
cainita de la guerra. Si fuera un modelo de paz, esto no sería necesario. Pero
vivimos con este esquema demoníaco, [que dice] que nos matemos unos a otros en
aras del poder, en aras de la seguridad, en aras de muchas cosas. Pero pienso en
las guerras ocultas, que nadie ve, que están lejos de nosotros. Muchas. ¿Para
qué? ¿Para explotar? Hemos olvidado el lenguaje de la paz, lo hemos olvidado.
Se habla de paz. Las Naciones Unidas han hecho de todo, pero no han tenido
éxito. Regreso al Calvario. Allí Jesús lo hizo todo. Intentó con piedad, con
benevolencia, convencer a los dirigentes y [en cambio] no: ¡guerra, guerra,
guerra contra él! A la mansedumbre oponen la guerra por la seguridad. “Es mejor
que un hombre muera por el pueblo”, dice el sumo sacerdote, porque al contrario
vendrán los romanos. Y la guerra.”
Oro,
y miro a Jesús Resucitado: Señor, ten piedad.