miércoles, 11 de abril de 2012

221. Mistagogía - Jueves de Pascua


Meditación
sobre el Evangelio de san Lucas 24,35-48

Hermanos:

1. Realmente el Evangelio es divino. Esta escena que vamos a contemplar, la que sigue al encuentro de los discípulos de Emaús con la comunidad apostólica del cenáculo nos lo está diciendo.
Estaban reunidos “los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34: Surrexit Dominus vere).
En medio de este entusiasmo de la comunidad apostólica ampliada – que es ya la primera célula de la Iglesia – se aparece Jesús con su alma y cuerpo y divinidad, y les saluda diciéndoles: “¡Paz a vosotros!” (v. 36).
Esta aparición, como ninguna otra, quiere mostrar la verdad de la realidad plena de Jesús, que nosotros no podemos conocer pro la mera filosofía. ¿Qué puede ser, hermanos, esa realidad, realidad nueva y definitiva, de Jesús que ha llegado a su plenitud, que se encuentra en e se estado final que no admite marcha atrás? ¿Cómo puede ser el cuerpo del resucitado, que habita para siempre su nuevo ámbito divino?
Una nota ilustrada de la Sagrada Biblia, la Biblia oficial para la liturgia, afronta esta pregunta que nos hacemos, acerca de la realidad de ese cuerpo, que ha entrado en el mundo nuevo y definitivo.

“Según la creencia popular, después de la muerte, el alma podía vagar por determinados lugares como un fantasma; así pues, espíritu es aquí el alma incorpórea de un muerto, sin carne ni hueso. A sus lectores griegos Lucas les dice aquí que quien se aparece a los discípulos no es un muerto, sino el Viviente, dotado de una plenitud corporal en una nueva dimensión divina” (nota a Lc 24,37 de la Sagrada Biblia, versión oficial del episcopado español).

2. El ser humano, que en su realidad total, incluye lo que se ve y lo que no se ve, es decir, lo que se explica y lo que no se explica.
La vida que viene, a la que hemos de acceder un día incorporados a Cristo, no podemos concebirla como la mera continuación, más perfecta, de la vida del cuerpo de acá. En la vida que viene, ya nos había advertido Jesús, no se casarán ni ellos  ni ellas (Mc 12,25), serán una realidad nueva.
La mente humana no puede capturar esta realidad; nosotros la aceptando gozosamente por el don de la fe. Sabemos que existe, pero no podemos dominarla como dueños.
Jesús Resucitado se sirve del cuerpo, y de lo que es inmediatamente el don del cuerpo, como final de todo el proceso humano – del tacto y del comer y del beber – parar mostrarles que él no es un engaño, sino la suprema realidad humana, a la que gloriosamente estamos destinado.
En el lugar donde está Jesús estaré yo; y del modo como él tiene un cuerpo humano lo he de tener yo.

4. Para nosotros esto es una gran revelación que ha de engendrar un dinámica de amor: mi destino es ese: el que Jesús ya ha alcanzado. El cuerpo entonces es el bello símbolo de la realidad divina y última del Jesús terrestre. “Les mostró las manos y los pies”.
Era tal el desbordamiento de alegría, al comenzar esta etapa nueva de la relación con Cristo, que la misma alegría podía ser una nube de oscuridad para ver lo real. Por eso, Jesús les dijo: “¿Tenéis ahí algo de comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos” (vv. 41-42).
Ya vemos cómo la condescendencia divina por vía del amor rompe todas las barreras.
Este es, hermanos, el Jesús de nuestra fe. Es el Jesús de la comunicación y de la experiencia; es el Jesús que colma el alma y llena también el cuerpo. Esta comunicación de cuerpo a cuerpo es absolutamente real.

5. Hemos de detenernos en este punto, si de verdad somos los iniciados por sl y por el Espíritu del Señor.
El cuerpo y el alma forman un único, que es el yo. Y el cuerpo y el alma, con sus variaciones, hacen nuestra historia. Pues bien, la historia humana mía, con sus ambiciones y amores – la historia mía se encuentra con la historia plena de Jesús en el cuerpo. Los cristianos tenemos un sacramento del Señor, la Eucaristía. La Eucaristía es el sublime punto de encuentro del discípulo que en esta tierra busca el rostro de su Señor excelso.
Las escenas de la resurrección de Jesús, y esta de un modo tan  destacado, son la clave para abrirnos a la mística experimental. Muchos santos y santas, que se han desprendido totalmente de sí, han alcanzado, por gracia de Jesús, una comunión física con Cristo. Esto es un fenómeno de la mística, la entrada del cuerpo en la órbita de Jesús, para el dolor y para el gozo.
Esto existe en la Iglesia, y ha de seguir hasta la parusía de Jesús. Quiera el Señor Dios darnos muchas santas y santos, como siempre los ha dado, para que ellos, a beneficio de toda la santa Iglesia.

5. El encuentro divino no termina en la comida, sino que pasa a una explicación y a un envío. Y todo ello nos atañe a nosotros, discípulos suyos, que aspiran a la confianza total.
“Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (Lc 24).
Tarde memorable en que Jesús dio a la Iglesia el don de las Escrituras. Tenemos que leer las Escritura, pero si careciéramos de este don jamás entenderíamos, saboreándolas, las páginas de la Sagrada Biblia. ¡Bendita aquella tarde en que Jesús Resucitado nos concedió tal don! ¡Bendita la Iglesia que nos lo guarda y nos lo protege! Sin la Iglesia el don de las Escrituras no existía. Pero existe, y del corazón de Cristo llaman.

6. Y una gran promesa pone el broche final, con la misión, a estos hijos atribulados por su Señor: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto” (vv. 46-48).
El que ha recibido el don de las Escritura tiene que poner su vida a disposición de la predicación: ¡inmensa gracia que el Señor nos concede, anunciar el misterio de su Hijo, contenido en las Escrituras!

7. hemos entrado en el cenáculo, hermanos, para formar parte de aquel grupo compuesto por los Once y sus compañeros, mas ahora con los discípulos de Emaús, y al contemplar a Jesús, hemos sido colmados con dones divinos.
¡A él, a Cristo resucitado, el honor y la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Escrito al concluir el Miércoles de Pascua 2012, para iniciar el Jueves de Pascua.

martes, 10 de abril de 2012

220. Mistagogía – Miércoles de Pascua


Emaús: Camino y Encuentro
Lucas 24,13-35

Hermanos:

1. Emaús, la escena de Emaús descrita por Lucas, es la Cuaresma y la Pascua juntas. Es el camino catecumenal que tiene su punto de arranque de vuelta de Jerusalén y su llegada luminosa, diríamos que “más allá de Jerusalén”, pero con una feliz peculiaridad: cuando se llega a Jesús, Jesús desaparece, y se hace presente de otra manera. Comienza la vida de la Iglesia, en la cual nosotros nos encontramos. Emaús, pues, comienza en la lejanía (casi nos atrevemos a decir, Cuaresma), y termina en la hermosa Pascua de Jesús, y nos predica cómo toda la vida es una Pascua de fraternidad y alegría. Podemos tomar el camino de Emaús como el camino total de la existencia cristiana; es la síntesis de Jesús. Para el cristiano que anhela el rostro del Señor Emaús es el paso de la oscuridad a la luz, al gozo pascual del encuentro. Emaús es un símbolo de los pasos interiores que en nosotros acontecen.
Volvamos por puntos, al paso de esta escena.

2. “Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén sesenta estadios” (Lc 24,13).
Estos que van caminando no son ajenos a Jesús; son dos de ellos, dos del grupo de discípulos atraídos por la fascinación de Jesús Nazareno.
Iban conversando y discutiendo sobre lo que había sucedido. Están en la oscuridad y el desconcierto: por una parte no se retiran de aquella vida en la que han creído, no se desapuntan del discipulado. Siguen siendo discípulos de Jesús, pero están en un desconcierto tal, que tampoco le han dado su adhesión iluminada sin condiciones. Su situación es, por lo tanto, la crisis. Se trata de una crisis de fe, que está ahí y no sabemos cuánto va a durar.
Una crisis de fe, hermanos, nos puede dejar en punto muerto años y años. Situación ciertamente dolorosa y acaso estéril, o acaso también una crisis de fe puede ser un revulsivo para relanzar toda la vida hacia adelante con una visión nueva y un empuje más generoso.

3. Entra Jesús en escena, y, sin conocerlo, comienza a cambiar el paisaje del corazón. Comienzan a hablar, y solo con nombrar las cosas, con darles el nombre que les corresponde – la esperanza y la decepción, la turbación que ha seguido - comienza a aparecer un nuevo panorama. “Lo de Jesús Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras, ante Dios y ante todo el pueblo” (v. 19). Cuando tengamos un problema, hermanos, nombremos a Jesús, que al simple recuerdo comienza a abrirse un manantial de luz… No se trata de una magia, pero sí de la fuerza del nombre divino, de su recuerdo que ha dejado una estela imperecedera en la historia.
“…cómo le entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que le condenaran a muerte, y lo crucificaran. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como lo habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron” (vv. 20-24).
Sin duda que muchos cristianos – acaso nosotros – al leerlo esto, vean el retrato de sus propias vacilaciones personales. Este atestado es un informe de fina observación teológica.
O quizás, hermanos – digámoslo con mucha consideración y amor – el informe sea un diagnóstico de una situación generalizada en que navegan grandes sectores de la Iglesia: oscuridad, desconcierto, inhibición, problematización…, situaciones que mientras subsistan no pueden provocar el acto generoso de amor, donde se rinde la entrega plena.

4. Pero estos discípulos afortunados están con Jesús, y donde está Jesús ha de venir la luz y la paz.
Jesús les despierta de su letargo espiritual con una enérgica sacudida: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!” (v. 25). Y ahora Jesús comienza a entregarles el don divino de la Escritura. “El don divino” decimos, hermanos, porque las Escritura son un don. No se trata de tenerlas como un libro más en un mueble de casa; se trata de tomarlas con respeto y humildad y leerlas como discípulos pidiendo luz. Jesús tomó a Moisés y los profetas para explicarles espiritualmente cómo el Mesías tenía que padecer y entrar así en su gloria.
La lectura espiritual de la Escritura es la catequesis primordial de la Iglesia. La Escritura santa es la Cátedra de la Iglesia, y la obligación primera de un Obispo es explicar las sagradas Escrituras.
Continuaron caminando y todo iba cambiando; el corazón se enardecía y terminó ardiendo. Es el fuego del Espíritu Santo que brota de una lectura humilde e iluminada de la Biblia, Palabra de Dios. Esta lectura nos enardece a nosotros y desde nosotros se expande a quienes nos rodean.
No se podía terminar este banquete con la ruta que ya llegaba a su destino. Y a aquel caminante, que parecía seguir más allá, le rogaron que aceptara el hospedaje de aquella noche. Tenían que cenar juntos y seguir hablando, porque la conversación de Dios es cosa de nunca acabar.

5. Jesús aceptó, fue con ellos, y se sentó. Tomó el pan para pronunciar la bendición, y en aquel preciso instante ya no era necesario. Desapareció, porque estaba vivo y presente en medio de ellos. Ahora por la fe Jesús estaba más presente que antes todavía.
La fe les había iluminado y les había introducido en su propio terreno, porque la fe es la verdadera casa del cristiano, y en esa casa hallamos la presencia permanente de Jesús. Jesús había desaparecido, porque se había quedado más presente. Si la Eucaristía es la presencia de Jesús, y viva presencia de Jesús es igualmente la simple fe del cristiano.
Es algo divino que podamos hablar libremente de estas realidades. Pero Emaús no termina aquí. La fe vivida tiene que ser proclamada y esto es lo que sucedió.
Los dos discípulos – Cleofás (v. 18) y el otro – volaron al instante rumbo a Jerusalén para compartir esta experiencia nueva sobre el Crucificado. Fueron, y, llegar, encontraron a la Iglesia confesante, proclamando el misterio de Cristo Resucitado y glorioso: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (v. 34).

6. Meditativamente vamos repasando los elementos componentes de la escena: los peregrinos, el recuerdo, las dudas, el sufrimiento, la compañía, la dirección de Jesús – dejándose guiar – la Escritura, la Eucaristía, la exultación, la confesión… son vivencias muy reales en el proceso de nuestra fe.
Jesús es el Mistagogo de Dios, él  nos ha traído el don infinito del Evangelio.
No desperdiciemos la vida, mis queridos hermanos, privándonos de estas meditaciones de las apariciones de Jesús. Aquí comienza el cielo, porque todas estas escenas nos traen ante la retina la vida escondida de Jesús junto al Padre.
¡Quiera el Señor iluminar a su santa Iglesia con la luz de Emaús, que es la luz de la fraternidad, la luz de la Escritura y la luz de la Eucaristía! Amén.

Martes Santo, 2012.

lunes, 9 de abril de 2012

219. Mistagogía - Martes de Pascua


Meditación sobre el Evangelio de san Juan 20,11-18

Hermanos:

1. La aparición de Jesús a María Magdalena, en la versión del Evangelio del discípulo amado, es como el Cantar de los Cantares del Nuevo Testamento. Es una escena espiritual, un ápice de la mística cristiana. Los personajes son Jesús y el Padre, y María Magdalena (En la exégesis moderna de ninguna manera se identifica a María Magdalena con la pecadora del Evangelio de Lc 7,36ss). María Magdalena es, sin más, la fiel seguidora y la amante; la destacada entre las demás mujeres; la que, junto con ellas, permanece fiel al pie de la cruz.

2. El Santo Padre Benedicto XVI, al felicitar la Pascua en multitud de lenguas el Domingo de Resurrección, recordaba la bella secuencia pascual “Victimae paschali laudes”, que procede de la Edad Media. En esta poética secuencia se inicia un diálogo con María Magdalena: Dic nobis Maria, / quid vidisti in via?
María cuenta lo que ha visto en el camino. Y profiere una profesión de fe: Surrexit Christus, spes mea. Ha resucitado Cristo, mi esperanza.

«Surrexit Christus, spes mea» – «Resucitó Cristo, mi esperanza» (Secuencia pascual).
Llegue a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn 20,18). También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado verdaderamente!».
Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad”.

Hemos destacado una frase: cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real.
Soy un montón de deseos, que pueden convertirse en un montón de frustraciones; pero no será así de ninguna manera si pongo a Cristo como clave de mi esperanza. El que alcanza a Jesús resucitado alcanza lo real de la vida. En la vida de Jesús resucitado, al pasar las barreras de la muerte, yo alcanzo lo que él ha alcanzado.

3. Este pensamiento espiritual nada impide para que nosotros podamos sumergirnos en la escena por otra veta.
María Magdalena, a quien los santos Padres (ya san Hipólito de Roma, en el siglo III) han llamado “la Apóstol de los apóstoles”, se nos describe aquí exhalada de amor, y lo ha alcanzado por esta misteriosa lógica de amor. El amor intuye sin argumentar, y ve al instante el punto de llegada; las razones se van quedando racionalmente en el camino.
- ¡María!, le dice Jesús.
Y la mujer, en un fogonazo de su corazón, ha visto toda la verdad y responde:
- “¡Raboni!”
Jesús tiene prisa por subir al Padre, pero antes ha querido visitar a María… ¿Cómo puede comprenderse esto? No hay que razonarlo, y menos comprenderlo, si yo me he lanzado a una exégesis del texto por la vía del corazón.
María no se ha privado del abrazo efusivo que ha puesto en las plantas del Señor.
- “No me retengas” (Noli me tangere), responde Jesús, “que todavía no he subido al Padre”.

4. En el lenguaje amoroso los parámetros de las cosas que se dicen y se aceptan los enamorados no cuadra con la realidad rutinaria del cada día. Pero no quiere decir que esos diálogos de amor estén privados de sentido. Son verdad en otro plano, en el plano de una verdad de encarnación y de sagradas nupcias pascuales, a las que somos invitados.
María se ha convertido de este modo en la Pregonera pascual…, como si en el mundo que viene, mejor, en el mundo de la parusía, las mujeres fueran las elegidas para traer los mensajes del Señor.

5. María no representa a un sector privilegiado de la Iglesia. Nos representa a todos. El Papa Benedicto nos lo acaba de decir: “Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena”.
La experiencia de María Magdalena se abre hacia la Trinidad, y Jesús le está comunicando la intimidad del misterio: “Subo a mi Padre, que es vuestro Padre”. La morada de Dios – el Padre – resulta ser la morada nuestra, mejor, la morada mía: El Dios de Jesús, que Jesús va a poseer, es igualmente el Padre mío, el Dios mío. “A mi Padre, que es vuestro Padre; al Dios mío, que definitivamente es el Dios vuestro”.

6. La experiencia del espiritual puede darse en la oscuridad total, pero siempre ha de ser una experiencia que aporte la seguridad de ese Dios sustentante que Jesús ha proclamado: el Padre de Jesús – origen de su infinito misterio – es él mismo, no otro, el Dios de mi presente y futuro.
He aquí, pues, al Dios de la solidaridad en el amor; es el Dios al que le está dando culto María Magdalena, modelo de toda la Iglesia.
Luego corre a los discípulos a compartir la gracia que a ella se le ha dado.
María Magdalena  nos ha abierto el camino, y nos está hablando de la calidad suprema de lo que ha visto. Su Evangelio, Evangelio de la nueva Alianza, es éste: “He visto al Señor y me ha dicho esto”.
En suma, el Evangelio trinitario de la fe se resume en la confesión del Resucitado y en el Dios que le ha salvado y del que él se ha fiado: Mi Padre y vuestro  Padre; mi Dios y vuestro Dios”.

7. María Magdalena, la amante, la teóloga. María Magdalena, la sabiduría de la fe, el Evangelio celestial de quienes han llorado al Señor.
Dígnese el Padre de las Misericordias manifestarnos a su Hijo,
y dígnese el Hijo manifestarnos a su Padre.
Eso es el Evangelio. Amén.

Martes de Pascua 2012.

domingo, 8 de abril de 2012

218. Mistagogía – Lunes de Pascua


Meditación y exégesis
sobre el Evangelio de san Mateo 28,8-15

Sobre el amor, expresado en la mujer,
y sobre el dinero, maligna corrupción de todo amor


Mistagogía es el arte y la praxis de conducir (verbo griego ago, agein) al iniciado (mystes) por el camino emprendido. Iniciado es el que en la Noche Pascual ha sido introducido en el Misterio de Cristo por los tres Sacramentos de la Iniciación: Bautismo-Confirmación y Eucaristía.


Hermanos:

1. Con la gracia de Dios iniciamos estas homilías de la primera semana pascual, homilías que nos atrevemos a llamar “mistagógicas”, en el sentido de que buscan un objetivo: introducir más y más al Iniciado en el Misterio.
Podríamos decir que una iniciación primera (iniciación “inicial”, valga cierta redundancia) y una iniciación progresiva o constante (si es que en el lenguaje hoy corriente hablamos de “formación inicial” y “formación permanente”).
Explicaremos el texto evangélico del día con este punto de mira.
Durante la semana pascual, que se celebra con la suprema categoría litúrgica haciendo e toda ella un solo día pascual – Haec est diez quam fecit Dominus: Este es el Día que hizo el Señor – la Iglesia dirige su contemplación, una a una, a las apariciones evangélicas de Jesús.

2. La primera aparición de Jesús fue a las santas mujeres. Este es un hecho primario de nuestra fe, que consignaron los Evangelios, y que queda para todos los siglos como una referencia. Se percibe, de modo claro, que hay una ilación íntima entre la escena del Calvario y el primer momento de la Resurrección. En el Calvario, las mujeres son las protagonistas de la fidelidad; por lo mismo, las protagonistas del discipulado en el amor. Las Iglesia, configuradas por el Evangelio del Discípulo amado, nos recordarán que junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre y el Discípulo amado, enseñándonos de esta manera el carácter mariano y discipular de la Iglesia, que toca la esencia misma de la comunidad de Jesús más que la configuración jerárquica de la Iglesia.
Nosotros espontáneamente ponemos el acento y la importancia en puntos visibles con los cuales establecimos las categorías humanas. Vale lo aparente. Sin negar la intimidad, le damos la primacía – así en la vida social – a lo exterior, como vestidos y dineros, y fácilmente de la importancia se pasa a la potencia y de la potencia a la prepotencia. Pero bien sabemos, y lo admitidos en los momentos de intimidad y verdad, que la belleza de una vida está en el amor, solo en el amor, y que lo exterior nos seduce y nos lleva al engaño.
Vale lo que anda del amor y lleva al amor, y no es digno de consideración lo que nos aparta del amor.

3. El evangelista san Mateo nos presenta la escena primera de la nueva vida del resucitado como ausencia y presencia. Los ángeles muestran la nueva vida dejando constancia del sepulcro vacío y anunciando: No está aquí, ha resucitado. Y a continuación Jesús mismo se presenta y las mujeres se lanzan a sus pies para abrazarlo.
El abrazo del amor, que nace de la búsqueda y de la fe, es justamente la resurrección de Jesús. Lo que fue para ellas es para mí.
¿Quién ha visto a Jesús resucitado, si no se le puede ver sino por la fe? El que ha tenido la experiencia personal, verdadera e íntima, de que ha resucitado. ¿Y quién ha tenido esta experiencia personal de Cristo? El que ha abrazado los pies del Señor. Es la gracia personal a la que somos invitados año tras año en cada Pascua que celebramos, a abrazar los pies del Señor, a besar y adorar esas divinas plantas, como hemos besado y adorado los pies de Jesús en la cruz en Viernes Santo.

4. El “encuentro”, que en la pedagogía actual de la Iglesia, es el verdadero icono de la fe, el encuentro que, en su expresión última, es el abrazo – cuando nos encontramos con los seres queridos – nos abrazamos, es la experiencia específica del Resucitado. Nosotros encontramos al Jesús resucitado, porque hemos sido encontrados por Él. Nosotros abrazamos al Señor de la gloria, porque hemos sido abrazados por él.
¡Quiera el Señor en su misericordia darnos a experimentar esa abrazo dulcísimo, que nunca se nos ha de olvidar en la vida!
En la Sagrada Comunión de la Eucaristía se experimenta el abrazo del Señor, que traspasa el alma y el cuerpo, hasta el punto de decir:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

5. De otra parte, el Evangelio de este Lunes de Pascua nos muestra una escena fatídica: el dinero y el misterio de Cristo.
Por el dinero se hizo la traición: ¿Qué me queréis dar y yo os lo entregaré? Y por dinero ahora se quiere consumar la iniquidad. Y esta patraña se ha extendido ahsta el día de hoy…, advierte el evangelista.

6. Hermanos, estos son los divinos misterios  que de una manera sencilla y espontánea, al amanecer de este Lunes de Pascua, acabo de exponer.
Que el divino resucitado nos conduzca por los caminos explorados y siempre pro explorar de su amor filial, que le ha llevado hasta la muerte y por el cual vive y reina por los siglos de los siglos.  Amén.

Lunes de Pascua, 9 abril 2012.

sábado, 7 de abril de 2012

217. Noche pascual: Flor nupcial de primavera



¡Felicidades!

Noche de Pascua, noche de bodas. Vuelven recuerdos, al preparar la Vigilia Pascual que va a comenzar. Comparto contigo, hermano, hermana, el primer poema pascual que escribí (Pascua 1977). Desde entonces en cada Pascua ha florecido un Himno, y estos cantos al Señor van marcando, por su misericordia, la ruta de mi vida.


Te felicito, Jesús,
Flor nupcial de primavera.
Te felicito, purísima
carne del Señor, que quiebras
la muerte oscura. Y te beso
cual ningún amante besa;
y te susurro, oh Dulcísimo,
oh Dios mío: (Enhorabuena!
Y con mis manos humanas
tus manos agarro prietas.
Y otra vez quiero decirte:
(Vencedor, bendito seas!
(Felicidades! No más
sino llorar yo quisiera,
de tanto gozo los párpados
hinchados.
                                                Hermano, (ea!,
que a ti también te saludo
con el ósculo de fiesta.
)No es Jesús delicia y Pascua,
no es él la mañana fresca
del gozo de los humanos?
Escanciad la copa, (venga!,
y por siempre ramo verde
los corazones florezcan.

(Miranda de Arga, Navarra.
Ermita de la Virgen del Castillo, Pascua 1977)

216. Sábado Santo: La soledad de la Madre


Meditación para el Sábado Santo


1. El Sábado Santo es un día bien singular en la celebración del culto cristiano. Dicen los documentos litúrgicos:
“Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. Se recomienda con insistencia la celebración del Oficio de Lectura y de las Laudes con participación del pueblo (cf. n. 40). 
(…)
Pueden ser expuestas en la iglesia a la veneración de los fieles la imagen de Cristo crucificado, o en el sepulcro, o descendiendo a los infiernos, ya que ilustran el misterio del Sábado santo, así como la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores de los fieles” (Carta sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, año 1988, nn. 73-74).
La serenidad es la nota específica de los sentimientos que suscita la muerte del Señor, serenidad en la espera.
Hay cuatro imágenes, que con sus figuras nos pueden representar el misterio del Sábado Santo:
- la Cruz alzada con el Crucificado, signo de amor y triunfo, que fue venerada en el centro de la celebración litúrgica postmeridiana del Viernes Santo, imagen a la que se tributa culto de adoración, doblando la rodilla;
- la imagen de Jesús yacente en el sepulcro;
- el icono oriental del descenso de Cristo al lugar donde le esperan todos los que ansiaban la redención,
- la imagen de la Virgen después de la muerte de su Hijo.
Si es verdad que hay un “Viernes de Dolores” – el viernes precedente al Domingo de Ramos – el ritmo interno de la liturgia nos invita a acompañar a María en su serena soledad y en su confiada espera tras la muerte del Hijo.
La Pietá de Miguel Ángel recoge el momento de la XIII estación del Vía Crucis: Jesús en brazos de María tras al descendimiento de la Cruz. Nada dice los textos evangélicos de esta escena de Jesús en brazos de María. Pero esa escena creada no es una escena fingida. No se puede cortar alas al amor. Lo que esa escena representa es real: el volcarse de una Madre sobre el Hijo muerto. El artista, en este caso, ha llamado a la belleza y ha querido plasmar en el rostro de María la eterna juventud que es el amor, y esa misma juventud inviolada en el rostro del Hijo. Ya el cuerpo ha sido entregado a Dios y no queda ningún dolor. Ahora todo se concentra en una plácida contemplación, que rezuma serenidad.
La imagen de Miguel Ángel no es la Dolorosa – la de los siete puñales en el pecho – ni es tampoco la Soledad. Es la Virgen de la Piedad; es la Virgen que sin reproche a nadie contempla, extasiada, el cuerpo de Dios Hijo, que el Padre ha recibido. Es la Virgen de la consagración del dolor en la playa apaciguada de su corazón.

2. Stabat Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa / dum pendebat Filius… Bellos versos, transidos de afecto, que en la Edad Media escribía un franciscano, Jacoppone de Todi, y que muchos años después tradujo Lope de Vega:
1. La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.
Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

2. ¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

3. Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
Y ¿quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

4. Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

5. ¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y así continúa este poema que, cantado con dulce melodía, tantos requiebros de amor ha producido.

3. Para hablar de los dolores de María que adquieren su expresión culminante en la soledad, cuando la Madre es privada del Hijo, a falta de pasajes bíblicos explícitos, podemos navegar por el fondo del corazón humano, lleno de soledades.
El emblema de la soledad es la Madre que ha perdido al Hijo, y lo ha perdido no por las leyes inexorables de la vida, sino arrebatado inicuamente por un asesinato. Esta soledad afectiva amenaza con crear el “vacío del ser”, es decir el vacío del sentido de la vida.
Los sacerdotes somos – o podemos ser – testigos privilegiados de este dolor de soledad materna.La madre y el hijo muerto, mejor dicho, asesinado por una razón que nunca será razón, pues jamás en la historia humana ha habido causa justificante para matar a un inocente. ¿Cómo argumentar para aliviar el dolor de una madre, privada de este modo de su hijo? Argumentos convincentes en el orden humano ni hay ni puede haberlos. Una respuesta muy lógica en el orden humano, al paso de las pasiones, es ésta: llegará el día de la venganza; yo lo guardo.
Los creyentes damos un salto a lo infinito, como lo dio Jesús en la Cruz para decir: Padre, perdónalos, porque nos aben lo que hacen.
María tienen a su Hijo en los brazos en el momento en que están resonantes las palabras que el Hijo ha elevado al cielo y traspasan geografías y tiempos: Padre, perdónalos. El abrazo de María se funde con el perdón de su Hijo. Al fin, los verdugos de Jesús… (que obran bajo órdenes recibidas) también son hijos de la mujer constituida en Madre del mundo.
No nos es lícito a nosotros sondear en los abismos de la fe remansada en el corazón de María Virgen.

4. Hermanos, hay muchos tipos de orfandad y soledad. Hay muchas soledades que han terminado en el suicidio, cuando la vida carece de sentido.
Soledades y orfandades que hieren el corazón de madre. Innumerables madres sufren hoy la soledad de sus hijos que han muerto sin morir. Quien se ha arrimado con un poco de cercanía a ese mundo tenebroso de la droga, se avecina al mismo tiempo a ese dolor que cierra el horizonte. Uno que ha sido cogido por la droga es capaz de robarle a su propia madre para satisfacer el vicio de la drogadicción, aunque acto seguido se vea hecho una vergüenza y jure y vuelva a jurar que a su madre - ¡a su madre! – nunca más. La droga deshace la voluntad y su propia madre tendrá que endurecer el corazón para poner un límite a su hijo. La droga es el demonio circulante en la tierra.
Soledad de una madre que ha visto así muerto a su Hijo, y del cual, sin embargo, ella nunca renuncia a ser su Madre. Este hermano tuyo que estaba muerto y ha resucitado, le dice el padre de la parábola al hijo mayor que no quiere aceptar la vuelta de su hermano a casa.
Ha situaciones de vida que son muertes, y que pueblan la vida de soledades.

5. De esta soledad materna podemos pasar a otras soledades que afligen al hombre, y tales soledades podemos traerlas al recuerdo para depositarlas en ese paño que, para secar sus lágrimas, lleva la Virgen de la soledad. La procesión del Viernes Santo, procesión del Santo Entierro, se cierra con la Virgen de la soledad.
Y cada uno de nosotros, hemos de reconocerlo, lleva su propia soledad. Decimos que uno está solo cuando uno no puede verter su corazón con la persona amada, o con aquella que uno hubiera querido que fuera la persona amada. ¡Cuántas soledades, durísimas soledades, en lo más íntimo del matrimonio, soledades que nadie de afuera sospecha! Hay una soledad del ser, que incide en lo invulnerable de la criatura, y le dejan a uno solo ante Dios, y entonces Dios mismo se retira. Fue la soledad de Jesús en la cruz, cuando buscó en un salmo las palabras adecuadas para su corazón: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado…?
Era la soledad de su Padre, y María - ¿por qué no pensarlo? – también sufrió esa soledad, si había de acompañar a su Hijo en el misterio pleno de la redención.
El corazón humano, nacido para la compañía, para el amor recíproco sin fondo, camina, de repente, en una soledad nunca apetecida, en una soledad que se prolonga año tras año y que es fuego purificador.

6. Porque hay una soledad redentora, hermanos, y también a ella Dios nos invita aunque no lo queramos.
Virgen de la soledad, tu semblante, tu silencio, tu serena espera sea el bálsamo de mi íntima soledad.

Alfaro, Sábado Santo 2012.