La humanidad sanadora de Jesús
Mc 7,31-37
Texto evangélico:
31 Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. 32 Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. 33 Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. 34 Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»). 35 Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. 36 Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. 37 Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
Hermanos:
1. Seguimos avanzando en la contemplación de Jesús, transmitido por la primera tradición cristiana que ha venido a desembocar en el Evangelio más antiguo, el Evangelio de Marcos.
El Evangelio que acabamos de escuchar es el Evangelio de un sanador que poner sus fuerzas humanas y divinas para dar la curación y con la curación la salvación de uno que no conoce y en tierra que no es propiamente la tierra santa de Israel. Jesús no salió al mundo como misionero al estilo de Pablo, o de los misioneros y misioneras que a lo largo de la historia han ido anunciar el Evangelio a los gentiles, pero ha rebasado las fronteras sagradas de Israel cuando ha subido la tierra sirofenicia o ha ido, allí tras el Jordán, a la región que llaman la Decápolis. La Decápolis son diez ciudades, con régimen propio, en la frontera oriental del imperio romano. Gadara es el nombre más conocido en el Evangelio.
2. Los magos y curanderos tienen sus ritos para curar y en esos ritos se mezclan cualidades personales, intuitivas de sanación, e invocación de fuerzas que transcienden el poder común de los mortales.
Las curaciones de Jesús tienen dos fuerzas sobrenaturales: la fe y la palabra. Señor, no hace falta que vengas a mi casa; di una sola palabra y mi servo quedará sano. Así le dijo el centurión romano de Cafarnaúm. Y Jesús, a distancia, lo curó con su palabra.
Pero san Pablo nos dirá que en él, en Cristo, habita corporalmente la divinidad. Por tanto, el cuerpo de Cristo transmite la vida divina de Dios; el cuerpo de Jesús es fuente de sanación. El que toca a Jesús con fe queda curado, como la hemorroísa. Esta mujer pensó: Ni siquiera hace falta tocarle a él; basta con tocar el borde de su manto. Y así fue. Otras veces no es el enfermo el que toca a Jesús. Es Jesús el que toca al enfermo; así imponiéndole sus manos.
3. Pero en el milagro de hoy, único en todos los cuatro Evangelios, la situación es distinta. Jesús no solamente toca al enfermo, sino que hace dos cosas muy concretas. Se trata de un sordo, que es, al mismo tiempo, por efecto de su sordera congénita, mudo o semimudo. Jesús va a hacer dos gestos: Jesús con su saliva va a tocar la saliva del enfermo, porque con la yema de sus dedos aplica su propia saliva a la lengua del enfermo. Y, por otra parte, mete sus dedos en el agujero de los oídos del sordos, como extrayéndole la sordera del fondo mismo de los oídos.
Y en ese instante
también da un gemido, mirando al cielo, es decir, poniendo su confianza en el
Padre, y dice una palabra que los Evangelios la han querido conservar, como
palabra sagrada, en arameo, tal como Jesús á dijo: Effetá, ábrete.
4. Analizado este hecho en los detalles que acabamos de considerar vemos cómo este milagro se opera mediante la unión total de dos intimidades:
- la intimidad de Jesús con Dios, su Padre,
- y la intimidad de Jesús con el enfermo necesitado del poder divino.
Hermanos, no es ningún desvarío hablar aquí y sobre esta base espiritual de la fuerza de Dios encarnado sobre el hombre necesitado de ser divinizado mediante la santa humanidad de Jesús.
Estamos en el centro de nuestra fe.
5. Los profetas habían anunciado cosas tan maravillosas como el texto del libro de Isaías que ha resonado hoy: "Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, | los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo | y cantará la lengua del mudo, | porque han brotado aguas en el desierto | y corrientes en la estepa” (Is 35,5-6).
La historia nos dice que ha habido santos y santas que han llevado en sus cuerpos las llagas de Cristo. No es un fenómeno que pertenece a la parapsicología, sino a la realidad concreta, humana, inmediata, corporal. Jesús, por su poder sobrenatural, ha transformado el cuerpo de este hombre y de esta mujer, en cuerpo semejante al suyo en el dolor, presagio de que un día nuestro cuerpo resucitado ha de ser transformando en cuerpo glorioso como suyo.
6. Dios es el salvador de todo nuestro ser, alma y cuerpo, y los hombres y mujeres espirituales, al avanzar por estos caminos, nos han hablado de la unión con Dios con símbolos tomados de la experiencia matrimonio; besos, abrazos, cópula santa. Que me bese con besos de su boca, así comienza el Cantar de los cantares. Y los santos nos han hablado de esos besos de Dios que puede sentir el ser humano. No son puras metáforas; son realidades sobrenaturales abiertas a quienes han sacrificado su vida entera para lanzarse por el camino del amor y llegan a lo que llaman la unión transformante.
7. La Iglesia ha tomado los signos del Evangelio de Dios para el rito sagrado del bautismo. No son signos obligatorios sino facultativos. Poner los dedos sobre los oídos y sobre los labios, para que esos oídos se abran a al escucha de la palabra de Dios y esos labios se abran a la verdadera alabanza. De hecho, todos los días iniciamos la alabanza a Dios en la liturgia de las horas, abierta a todos los cristianos, habiendo la seña de la cruz sobre los labios, y diciendo: Señor, ábreme los labios; y mi boca proclamará tu alabanza. Si Dios no nos abre los labios, es imposible alabar a Dios. Quedaremos siempre presos en nuestros razonamientos, y no daremos el paso al corazón de Dios.
8. Hermanos, resumo todo lo dicho en unas frases: Dios se ha hecho hombre para que por su santa humanidad nuestra humanidad quede divinizada. La Eucaristía y todos los sacramentos son la llegada de la humanidad de Jesús hasta nosotros, para que nosotros podamos abrazar a Dios.
Señor Jesús, hijo de María. Dame la gracia de experimentar la fuerza y el contacto de su santo cuerpo, de tu santa humanidad, por la cual me has hecho partícipe de tu divinidad. Amén.
Madrid, sábado, 4 de septiembre de 2021.
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