viernes, 17 de septiembre de 2021

1662. Esa hermosa cabellera – Rima espiritual sobre Lc 7,36-50 (Jueves sem. XXIV)

 

Esa hermosa cabellera

 

 Cada uno de los cuatro Evangelios tiene una unción a Jesús, a sus pies o a su cabeza. Es la Iglesia la que unge a su Esposo amado. Y san Lucas tiene la unción de la pecadora, que es esta escena:

36 Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. 37 En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, 38 colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.

…48 Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados». 49 Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». 50 Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz». (Lc 7,36-50).

El Evangelio nos muestra los cuatro gestos de “la pecadora”, así nombrada dos veces, ante los pies de Jesús en una escena repentina y sorpresiva:
- lágrimas: bañando los pies del amado

- cabellera: destrenzada y mullida, envolviendo los pies del amado y secándolos
- besos: besos de amor para su amado, besos y besos

- perfume: derramado como unción para el amado.

Pero el “clímax” de lo ocurrido no es la mujer, sino Jesús que, como Hijo de Dios, hasta perdona pecados. Del pecado, por el perdón total, se ha pasado a la unión esponsal.

Y, al final, la paz, que viene del encuentro en fe.

 

Esa hermosa cabellera

fue un homenaje mullido

que la esposa rescatada

daba al esposo querido.

 

Los ojos se hicieron fuente

regando los pies benditos;

los labios se hicieron besos,

del corazón descendidos.

 

Con los dedos de sus manos

frotó el perfume traído,

era amor lo que se olía

humano todo y divino.

 

La cabellera extendida

hacía al amor cautivo;

pecadora ya no soy

ante mi esposo purísimo.

 

Era Eva perdonada

y era un nuevo paraíso,

y en aquel milagro puro

a mí mismo yo me he visto.

 

Cuerpos había tocado

de amores y de amoríos

la mujer que ahora tocaba

el cuerpo santo de Cristo.

 

Pero el cuerpo del encuentro,

que es el humano destino,

nunca lo había tocado

en sus fallidos delirios.

 

Nada entendía Simón

de aquel ímpetu atrevido,

porque nada es entendible

para un corazón vacío.

 

Una locura amorosa

de gratitud y cariño

quería ser Evangelio

de aquel perdón recibido.

 

El pasado ya se fue

en el olvido perdido,

y nacía una mujer

para el amor oblativo.

 

Nacían nupcias de amor,

gratuito y definitivo;

y amada se reencontró,

verdadera en su destino.

 

Y su memoria perdura

más allá de todo instinto;

la pecadora es la gracia

que, si quiero, yo recibo.

 

Que en este encuentro de Dios

quien se adelanta es el Hijo;

él es bello por ser santo,

bello por compasivo.

 

En un banquete esperaba,

en una mesa de amigos,

era primera invitada

citada por Cristo mismo.

 

Que nadie sabe ni entiende

cómo se mueven los hilos

dentro y fuera de la casa

porque en Dios no hay laberinto.

 

Señor de misericordia,

que es Jesús fiel y propicio,

la pecadora me guía

al abrazo que yo aspiro.

 

Triunfe el amor, que es de Dios;

descienda como rocío;

y calle el mundo agitado,

de mi pasión y albedrío.

 

Triunfe el amor en mi alcoba

y el orbe sea un latido,

para decir simplemente:
¡Te amo, Jesús, Dios mío!

Pamplona, Hermanos menores capuchinos, viernes 17 septiembre 2021.

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