Tú eres el Mesías
Mc 9,27-35
Texto evangélico:
27 Después Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 28 Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas». 29 Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías». 30 Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto.
31 Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». 32 Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. 33 Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!». 34 Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. 35 Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
Hermanos:
1. Pasó el tiempo vacacional; millones de niños inician un nuevo curso escolar; oficialmente ha recomenzado el trabajo laboral, y en esta que llamaríamos la normalidad del trabajo cada uno de nosotros ha trazado el plan de sus tareas. Dios por medio, como cristianos que somos.
En esta perspectiva la celebración de la Eucaristía de este domingo nos presenta esta escena del Evangelio tan conocida: ¿Quién dice la gente que soy yo? El episodio nos lo traen los tres primeros Evangelios. El texto más conocido es el de san Mateo. Lo que acabamos de escuchar es de san Marcos.
Cada uno de los tres Evangelios tienen sus detalles propios; pero en cada uno de los tres encontramos estas tres cosas:
- Una decidida confesión de los Apóstoles, por boca de Pedro.
- Una plena aceptación de parte de Jesús de esta verdad, que es el centro de su vida y de la vida de los apóstoles.
- Y una sorprendente orden de Jesús de que no se lo digan a nadie.
San Mateo dice: “Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías” (Mt16,20).
San Lucas escribe: “Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie” (Lc 9,21).
Y de san Marcos hemos oído: “Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto” (v. 30).
2. Hoy volvemos sobre la pregunta de Jesús, que, para nosotros, sigue flotando: ¿Quién dice la gente que soy yo? Nosotros le informamos como le informaron los apóstoles:
- Señor, para una gran parte de la humanidad, un desconocido: No eres nadie.
- Para otro sector de la humanidad, como cientos de millones del Islam: Un hombre bueno, digno de respeto, fundador de una religión que respetamos; pero nada más, porque “Alá es Dios y Mahoma su Profeta”. Tú no eres el Profeta de Dios. Mahoma, como Profeta, debe guiar nuestra vida, nuestra familia, nuestra sociedad.
- Para un gran sector de cristianos: Tú eres el Maestro de nuestra vida…, pero con todo respecto, olvidado.
Hablando en general, ocurre que el mundo avanza camino de este olvido, porque realmente no interesa que tú tengas una palabra que decir en el orden de la política, de nuestra sociedad, de nuestros modos de conductas.
3. Y así, con palabras semejantes le podemos presentar a Jesús la información que se tiene de él.
Pero siguiendo en el diálogo que Jesús ha provocado, también nosotros podemos atrevernos a preguntar a Jesús: Y tú, ¿qué nos dices de ti mismo? ¿Qué nos dices a nosotros?
De esto se trata, hermanos, de que hable Jesús, de que hable con una palabra que llegue hasta el fondo del corazón, que cambie nuestra vida, y que quede para siempre.
Y acaso Jesús nos diga, nos repita, lo que dijo a Pedro. ¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16,17).
Acaso con esta primera frase que Jesús le dice a Pedro comencemos a entender la sorprendente orden terminante que Jesús da a Pedro y a los Apóstoles: No se lo digáis a nadie.
Os van a decir que estáis locos y sois necios.
¿Cómo voy a decir yo que creo en un hombre, Jesús de Nazaret, Hijo de María, que he venido a la Eucaristía y he comido su carne, he bebido su sangre, real y verdaderamente en el Sacramento? Esto es de manicomio… No lo digáis a nadie.
4. Dice el Evangelio de hoy: Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». 32 Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.
Es que decir que Jesús es el Mesías es decir que él fue rechazado, y que seguirá siendo rechazado; que fue crucificado y que será siendo crucificado; que resucitó al tercer día y que sigue resucitado, juez de vivos y muertos.
5. Hermanos, cuando uno predica la fe no puede comenzar por lo último; no puede comenzar, de repente, por “el secreto del arcano”. No puede decir que la Eucaristía es el banquete nupcial, delicia de los escogidos, como realmente lo es. No puede decir que Jesús es el pensamiento continuo de mi vida, el amor que colma, solo él, todos mis deseos; que Jesús es el ciento por uno de todo lo que yo he dejado.
Tengo que comenzar de otra manera, como comenzó Jesús: Convertíos y aceptad que el Reino de Dios irrumpe. ¿Quién soy yo, hombre pecador? ¿Quién eres tú, mi Creador, que me amaste desde toda la eternidad, que por amor me creaste, que vienes a mí porque quieres darte con toda la capacidad con que yo te quiero recibir?
6. Volvemos a los oráculos de los Profetas, a los Cánticos del Siervo de Dios con los que se identificó Jesús:
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, | las mejillas a los que mesaban mi barba; | no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda, | por eso no sentía los ultrajes; | por eso endurecí el rostro como pedernal, | sabiendo que no quedaría defraudado (Is 50).
Concluyamos, hermanos, mirando en la fe el rostro de Jesús:
Gracias, Señor, por esta fe en ti que da el sentido de mi vida. Por gracia la recibí, por gracia la conservo. Haz que la conserve hasta el encuentro contigo, y que sea fiel y coherente con todas sus consecuencias. Amén.
Alfaro, La Rioja, viernes 10 septiembre 2021.
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