sábado, 18 de septiembre de 2021

1663. Dom. XXV, B – La identidad de Jesús y de los suyos

 

La identidad de Jesús y de los suyos

Mc 9,30-37


Texto evangélico:

30 Se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, 31 porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». 32 Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.

33 Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». 34 Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. 35 Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

36 Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: 37 «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».

 

Hermanos:

1. Recordemos un momento cuál era el mensaje del domingo pasado: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Tú eres el Mesías, el Cristo. Una confesión sublime que el hombre por su sola inteligencia no puede alcanzar. Por eso, no se lo digáis a nadie. Dios tiene que revelarlo, Dios que actúa personalmente en el fondo del corazón de cada ser humano. Solo Dios nos puede revelar a su Hijo amado. Solo Dios, como Padre, por su Espíritu nos puede hacer gustar en el fondo del corazón la dicha de la presencia y del conocimiento de su Hijo.

Pero he aquí que Jesús explica qué significa ser Mesías, todo lo contrario de lo que ellos esperaban, porque Pedro se puso a reprender a Jesús, diciéndole que eso de ninguna manera. Fue, pues, la primera profecía de la Pasión.

 

2.  Hoy damos un salto narrativo a varias escenas que reporta san Marcos y escuchamos la segunda profecía de la Pasión del Señor, con la enseñanza correspondiente. En suma, volvemos al centro de nuestra fe: Quién es Jesús para la Iglesia y para mí y qué implicaciones envuelve esta perspectiva revelada, para que la Iglesia sepa definirse, y para que yo mismo acepte esta revelación como cosa personal, ateniéndome a las consecuencias.

San Marcos en su Evangelio tan simple es taxativo al decirnos que

- ni entendían,

- ni se atrevían a preguntar para entenderlo, que es un modo de no querer entender por el momento.

¿Qué les decía Jesús? Cuatro cosas:

- Que el Hijo del hombre va a ser traicionado y entregado.

- Que lo van a matar, y hay que suponer con saña y venganza.

- Que va a morir real y verdaderamente, y morir es perderlo todo.

- Y que va a resucitar, lo cual nadie sabe a punto fijo lo que. Al cabo de veinte siglos podemos decir que la resurrección es la existencia de la Iglesia, que la resurrección con él somo nosotros.

Es decir, el misterio de Jesús comporta de modo inseparable, pasión, muerte y resurrección.

Si Dios no está presente en todo ello, esto es un absurdo de arriba abajo.

Los discípulos tenían miedo de preguntar, y nosotros también; porque una pregunta a fondo nos obligaría acaso a una revisión arrasadora del ser de la Iglesia, y primero del ser cristiano a de nosotros mismos.

En todo caso, le damos gracias al Señor de que nos dé lucidez mental para poder platearnos las cuestiones profundas hasta el fondo.

 

3. Y una prueba de que no se atrevían a entrar a fondo en la cuestión es el incidente ocurrido en el camino hacia Cafarnaún, donde Jesús había puesto su residencia. Lo que hemos escuchado. «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.

La callada por respuesta, avergonzados de lo lejos que estaban de la propuesta divina de Jesús.

Y en este momento el Evangelio adquiere un tono distinto y solemne, de cátedra para la Iglesia de ayer, de hoy y de siempre, comenzando por cada individuo, por mí mismo, que soy miembro de la Iglesia.

 

4. He aquí, pues, la escena: Jesús se sienta, como se sentó en el monte de las Bienaventuranzas, como se sentó en la barca, se siente como Maestro que ha convocado el Concilio de su santa Iglesia. Sentado hace la convocatoria, porque se va a proclamar algo solemnísimo e imperecedero: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Esa es la auténtica dignidad, el puesto y la vocación que compete al cristiano como partícipe del Misterio Pascual: ser el último de todos, servidor de todos.

Feliz quien pueda comprenderlo y más feliz aún que pueda practicarlo. Evidentemente que estamos hablando del amor; del amor, que, si es amor, se pone a los pies de todos, al servicio de todos, anhelando ocupar yo el último lugar de la comunidad de Cristo en la Iglesia. El que entra en la Pasión de Jesús, entra en la Pasión de su santa Iglesia y anhela el servicio en el último puesto.

No podemos callar estas cosas, aunque dé vergüenza el decirlas, comprobando que nuestro comportamiento está muy lejos de lo que anunciamos.

 

5. En fin, hermanos, el Evangelio queda coronado con una escena divina, que la Iglesia debe meditar de continuo: Jesús y el niño. Cuando san Mateo recoja este episodio, añade nuevas perspectivas.

El niño, indefenso, un ser que se va haciendo, que va forjando su voluntad y todo su humanismo, no puede ostentar una representación de nada. Un niño puede jugar; pero no puede decir: Yo soy el representante del Emperador. Un niño, en su impotencia, es nadie. Y Jesús lo toma como su heraldo y embajador; como su representante, representante de Dios mismo.

No se habla aquí del escándalo al niño (asunto gravísimo que nos lo ha referido san Mateo, cuya exégesis tristemente la hemos tenido que hacer hoy como nunca en la historia), sino que se nos habla de la pequeñez, de la insignificancia del niño, de la portavocía del niño que representa al Verbo encarnado, y en Jesús a Dios mismo.

Jesús habla de acoger a un niño “en mi nombre”. Acoger al niño por Jesús, con la dignidad que les confiere Jesús, como genuina proyección de su ser en la Iglesia y ante el Padre. Una palabra que, de alguna manera, anticipa el juicio final de la historia. El niño es el representante de la pequeñez de Jesús, de la pequeñez infinita de Dios.

 

Señor Jesús, tu Evangelio es fuente de vida y de enseñanza. Abre mi corazón a tu misterio para conocerte a ti y amarte con todas las consecuencias. Amén.

 

Pamplona, sábado 18 de septiembre de 2021

 

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