Yo no te puedo pedir
El Evangelio de este domingo (Mc 7,31-37), dice: “Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»)”. La frase de la saliva (v. 33), literalmente en griego es como la ha traducido la Vulgata: “Et exspuens”: Y, escupiendo, le tocó la lengua. ¿Dónde escupió Jesús? Imaginamos que en su mano y de su mano tomó la saliva para aplicarla a la lengua…
Hemos titulado nuestra homilía: “La humanidad sanadora de Jesús”. Con esta “rima espiritual” glosamos la homilía pronunciada.
Yo no te puedo pedir,
lo que te pide la esposa:
que me beses con tus besos,
con los besos de tu boca.
Mas, leyendo el Evangelio,
el de san Marcos, que hoy toca,
yo sí te puedo pedir
de corazón otra cosa.
Que al escupir tu saliva
sobre tu mano preciosa
me guardes para mi lengua
de tu saliva una gota.
Yo sí te puedo pedir
de tus labios una rosa
que haga conmigo lo que hizo
aquella tarde gozosa.
Te mostraste a tus apóstoles,
abriste el pecho sin ropa
y diste de tus pulmones
aliento que no se toca.
El fuego de Dios amor
cayó y encendió la roca
y se llenaron de Dios
por siempre en aquella hora.
De esa santa humanidad,
que es mi carne y que no es otra,
la vida que diviniza
para que yo viva, allí brota.
* * *
Llevan al sordo a Jesús,
le toque y su mano ponga,
que ha de oír sones divinos,
si Dios con su mano roza.
Jesús le metió los dedos
hasta el fondo de la fosa,
cuerpo a cuerpo, hombre a hombre,
encarnación temblorosa.
Y Jesús miró a su Padre
y a sus brazos se le arroja,
y aquel “Effetá” lanzó
con palabra creadora.
Se rompieron ataduras,
para siempre fueron rotas,
y en enfermo no fue enfermo
por una voz milagrosa.
* * *
Esta santa humanidad
en la Iglesia vive y obra;
hace llagas en los santos
y ejerce en mí su victoria.
Jesús en los Sacramentos
tiene fuerza sanadora,
si la oración y la fe
humildes juntas imploran.
Y este débil cuerpo mío,
un día bajo una losa,
ha de ser cuerpo glorioso
como su carne gloriosa.
Mi Jesús Sacramentado,
presencia maravillosa,
hazme sentir que eres tú,
tú de persona a persona.
Y humildemente quisiera,
con alma inquieta y ansiosa,
saber que tus manos son
Madrid, domingo del Evangelio Mc 7,31-37 (5 sept. 2021).
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