domingo, 5 de septiembre de 2021

1658. Al eco de Mc 7,33 – Rima espiritual

 Yo no te puedo pedir

 

El Evangelio de este domingo (Mc 7,31-37), dice: “Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»)”. La frase de la saliva (v. 33), literalmente en griego es como la ha traducido la Vulgata: “Et exspuens”: Y, escupiendo, le tocó la lengua. ¿Dónde escupió Jesús? Imaginamos que en su mano y de su mano tomó la saliva para aplicarla a la lengua…

Hemos titulado nuestra homilía: “La humanidad sanadora de Jesús”. Con esta “rima espiritual” glosamos la homilía pronunciada.

 

Yo no te puedo pedir,

lo que te pide la esposa:

que me beses con tus besos,

con los besos de tu boca.

 

Mas, leyendo el Evangelio,

el de san Marcos, que hoy toca,

yo sí te puedo pedir

de corazón otra cosa.

 

Que al escupir tu saliva

sobre tu mano preciosa

me guardes para mi lengua

de tu saliva una gota.

 

Yo sí te puedo pedir

de tus labios una rosa

que haga conmigo lo que hizo

aquella tarde gozosa.

 

Te mostraste a tus apóstoles,

abriste el pecho sin ropa

y diste de tus pulmones

aliento que no se toca.

 

El fuego de Dios amor

cayó y encendió la roca

y se llenaron de Dios

por siempre en aquella hora.

 

De esa santa humanidad,

que es mi carne y que no es otra,

la vida que diviniza

para que yo viva, allí brota.

 

          * * *

Llevan al sordo a Jesús,

le toque y su mano ponga,

que ha de oír sones divinos,

si Dios con su mano roza.

 

Jesús le metió los dedos

hasta el fondo de la fosa,

cuerpo a cuerpo, hombre a hombre,

encarnación temblorosa.

 

Y Jesús miró a su Padre

y a sus brazos se le arroja,

y aquel “Effetá” lanzó

con palabra creadora.

 

Se rompieron ataduras,

para siempre fueron rotas,

y en enfermo no fue enfermo

por una voz milagrosa.

 

          * * *

Esta santa humanidad

en la Iglesia vive y obra;

hace llagas en los santos

y ejerce en mí su victoria.

 

Jesús en los Sacramentos

tiene fuerza sanadora,

si la oración y la fe

humildes juntas imploran.

 

Y este débil cuerpo mío,

un día bajo una losa,

ha de ser cuerpo glorioso

como su carne gloriosa.

 

Mi Jesús Sacramentado,

presencia maravillosa,

hazme sentir que eres tú,

tú de persona a persona.

 

Y humildemente quisiera,

con alma inquieta y ansiosa,

saber que tus manos son

la caricia deliciosa. Amén

Madrid, domingo del Evangelio Mc 7,31-37 (5 sept. 2021).

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