El esposo de la comunidad mesiánica
(Mateo
9,14-15 y paralelos)
Viernes
después del Miércoles de Ceniza
Retiro espiritual
Ciñéndonos
al Evangelio y leyendo el Evangelio de hoy (Mt 9,14-15) en su contexto y con
sus paralelos (Mc 2,18-20; Lc 5,33-39), nuestra meditación puede entrar en una
profunda y prolongada lectio sobre el
ayuno.
Con
todo, mi pensamiento se centra en un título: esposo. Jesús saca un título, el de esposo, que se lo aplica a sí
mismo. El intérprete pensativo se pregunta:
-
¿Se trata de una sencilla y feliz metáfora, acaso de una parábola en ciernes
(puesto que una parábola arranca de una metáfora y la desarrolla), o se trata
de algo que es mucho más que una metáfora?
-
Si es algo más que una metáfora, ¿qué significa esa autoconciencia de ser el
esposo?
-
Si Dios es el esposo de Israel, Jesús ¿pasará ahora a ser el esposo del Nuevo
Israel? ¿Cuál es la categoría divina que Jesús reivindica para sí?
-
Y ¿quién es exactamente su esposa? ¿Es la comunidad mesiánica la esposa de
Jesús? ¿Cuándo Jesús la disfruta?
Al
parecer, Jesús se identificó como “eunuco por el reino de los cielos”,
reivindicando su celibato. “Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre,
a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos ellos mismos
por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda” (Mt 19,12). Ahora
bien, ¿podemos avanzar y seguir pensando que Jesús ha vivido su celibato como
bellísima experiencia esponsal con la comunidad mesiánica que nacía de su
mensaje? ¿Cómo se puede abordar, con la pureza del Espíritu Santo, el tema de
la vivencia de Jesús de su propia sexualidad masculina?
1.
Pareciera que solo pronunciar estas palabras es caer en un terreno indecoroso,
invadeable… Con todo, los santos han tocado la sexualidad de Jesús, el Señor.
En el fondo, lo que uno pretende es dar una respuesta iluminada al anhelo de la
mujer, clavado en el ser, como vocación original, según narra el Génesis, al
narrar la presentación que Dios hace de la Mujer al Hombre. En un éxtasis de
admiración y de amor el Hombre recibe a la Mujer: “Adán dijo: «¡Esta sí que es hueso
de mis huesos y carne de mi carne!” (Gen 2,23). Desde entonces nada más
específicamente masculino en el varón que el anhelo unitivo con la mujer, e
igualmente nada más femenino en la mujer que el anhelo unitivo con el varón.
Cuando esto no se da, hay que
reclamarse al Espíritu Santo, cuya marca de autenticidad es la absoluta novedad
de su creación ante Dios soberano, Creador y Padre. La castidad celibataria
como don en la Iglesia y para la Iglesia es obra del Espíritu Santo. Así lo fue
en María en la Encarnación: la virginidad de María es la novedad esplendorosa
de Dios en medio de nosotros, el don de la Encarnación, el don de la Resurrección.
María fue virgen por Cristo resucitado.
2. El vigor sexual de Jesús
pertenece a su ser varón. Este vigor va orientado desde sí al encuentro con la
mujer amada. No salimos de los parámetros de una conciencia recta al proferir
tales afirmaciones. Dando curso a una imaginación que trabaja con una “lectio divina” de las divinas Escrituras
podemos representarnos estados sucesivos en la convivencia del adolescente, del
joven Jesús de Nazaret.
Él ha visto cómo compañeros que
se sentaron con él en la que luego se llamará “bet midrash” (la escuela)
llegaron a ser “esposos” como esposo fue su padre José. Y cómo sus compañeros
de sinagoga celebraron el rito sagrado de los esponsales. Donde hay un esposo,
hay una “esposa”, y una esposa es una mujer concreta que ha entrado en mi
corazón. Los judíos se casaban muy jóvenes y el primero de los 613 “mitvotz” de
la Escritura, según van apareciendo en los libros sagrados era justamente el
transmitir la vida de Dios: ser esposo, y ser padre, conforme a la bendición de
Dios en el primer capítulo del Génesis. Esta obligación la consideran hoy los
judíos como obligación vigente para los varones a partir de los 16 años, y para
las mujeres a partir de los 14.
En el mundo de los sentimientos y
vivencias en los repliegues íntimos de Jesús de Nazaret ¡han podido ocurrir
tantas vivencias, con rostros muy concretos!
3. Han pasado los años. Bien
posiblemente Jesús ha pasado a ser un descalificado social… Y, sin embargo,
Jesús se siente esposo, y hasta se ha atrevido a decirlo. En realidad, esto lo
ha aprendido de Dios, su Padre. Su sentimiento de filiación (que no podemos
capturar en nuestro análisis) y su sentimiento de ser esposo, proceden de la
misma fuente: del Padre, en el Espíritu. Jesús pasa a ser esposo, como el Dios
de la Alianza es esposo de la esposa amada de Israel. Para Jesús la esposa es
la comunidad santa que él ofrece, purificada por su sangre, al Padre celestial.
¡Jesús es realmente el esposo de
la Iglesia! Y, si tengo valor para decirlo. ¡Jesús es mi esposo! Desde ahí
entenderé mui ayuno y mi oración.
1. Esposo que soñaste con tu esposa,
y allá en tu corazón la
acariciabas,
de amor y de dolor y de
sorpresas
¡oh cuánta hondura a ella
confiabas!
2. Jesús de ojos
profundos – que los vemos –
de labios amorosos, tersa
cara,
tranquilo lago azul y mar
bravío:
el dulce amor en ti se
desataba.
3. Esposo de Israel el Dios
amante
así se declaró a la perdonada;
y tú que lo sabías, tú,
Mesías,
del mismo Dios tomaste esa
palabra.
4. Y esposo te sentiste y
te dijiste,
para una boda esposo en
cuerpo y alma,
en esa intimidad que tú
conoces
y a mí, si yo la quiero,
me regalas.
5. Tu abrazo virginal
llegue hasta mí
en esta carne que nació
con ansia:
Esposo de la Iglesia pobrecilla,
humilde y pobre y en tu
amor sanada.
6. Jesús, pastor y luz de
mi Cuaresma,
que al inclinarte en cruz
el alba raya,
destella triunfador y ten
piedad,
¡oh tú que nos trajiste
la esperanza!
Viernes después de Ceniza, 3 marzo 2017.
Fr. Rufino María Grández, OFMCap.
No hay comentarios:
Publicar un comentario