viernes, 17 de marzo de 2017

903. Jesús, el encuentro con la mujer samaritana: Dame de beber



Homilía en el III domingo de Cuaresma, ciclo A

Jn 4,4-42


Texto evangélico
4 Era necesario que él pasara a través de Samaría. 5 Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; 6 allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. 7 Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». 8 Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: 9 «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). 10 Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva»[]. 11 La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; 12 ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». 13 Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». 15 La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». 16 Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». 17 La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: 18 has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». 19 La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. 20 Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». 21 Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23 Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así[*]. 24 Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». 25 La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». 26 Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
         27 En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». 28 La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: 29 «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». 30 Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. 31 Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». 32 Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». 33 Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». 34 Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. 35 ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; 36 el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. 37 Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. 38 Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
 39 En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». 40 Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. 41 Todavía creyeron muchos más por su predicación, 42 y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Hermanos:
1. Jesús y la samaritana. Este cuadro evangélico tiene una fuerza cautivadora que fascina. La mujer de Samaría con el cántaro en la cabeza como todavía lo puede llevar una mujer africana, o con el cántaro a la cadera, que va al pozo de nuestro padre Jacob, en las afueras de la pequeña ciudad de Sicar, la Samaritana que a solas habla con un judío, Jesús de Nazaret, junto al brocal de un pozo manantial, esta mujer que de repente deja el cántaro y va a correr a la ciudad a anunciar que ella ha encontrado al Mesías, esta mujer, oculta muchas historias de amor.  ¡Ojalá sea también ella el símbolo de nuestro propio encuentro con Jesús!

2. Hermanos, estamos en Cuaresma, y en la liturgia se la elaborado con muchísimo cuidado un entramado de textos bíblicos, para que el seguimiento de todos ellos nos resulte una catequesis y una mistagogía (es decir, una iniciación sagrada) que nos lleven de la mano de Cristo hasta su Pascua. El año 2014, con fecha de San Pedro Apóstol, la Congregación del Culto Divino y los Sacramentos publicaba el Directorio homiliético (son libros que hoy se pueden ver en Internet), y allí se nos explica qué es exactamente la homilía, verdadero acto litúrgico, cómo debemos prepararla – en oración y estudio, mirando al texto, mirando a la comunidad, porque la homilía no es ni una clase ni una catequesis -, y cuál podría ser el contenido específico del mensaje de los textos escogidos, en concreto cuál es el contenido de los seis domingos de Cuaresma en sus múltiples textos.
Voy a recordar una vez más qué es la Cuaresma, cuya protagonista es Cristo, no yo ni nosotros, como itinerario que nos lleva hasta la trasformación de la Pascua:
Primer Domingo: Jesús nos invita a ir con él al desierto.
Segundo domingo: Jesús nos invita a ir con él al monte de la Transfiguración.
Tercer domigno: Jesús nos da el agua viva, como se la dio a la Samaritana.
Cuarto domingo: Jesús nos da la luz como se la dio al ciego de nacimiento.
Quinto domingo: Jesús nos da la vida, como se la dio al muerto Lázaro.
Sexto domingo: Jesús entra en Jerusalén y nos invita a entrar con él.
Siempre el protagonista es él y nosotros dejamos, con nuestra libre voluntad, que obre en el fondo del corazón ese cambio que se llama la conversión y que nos abre a la plena comunión con Dios y con nuestros hermanos.

3. En este directorio se nos dice: “El tema de base, en estos tres domingos, se centra en el modo en que la fe es continuamente alimentada a pesar del pecado (la samaritana), la ignorancia (el ciego) y la muerte (Lázaro)” (Directorio homiliético, 69).
Tenemos en este domingo la escena del pueblo sediento en el desierto, y Dios les da el agua viva de la roca por la vara de Moisés (Éxodo 17). Y una lectura de san Pablo: Dios ha infundio su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (Romanos 5).
Me voy a centrar en al Samaritana, y la gracia que pedimos a Dios es esta: encontrarnos vitalmente con Jesús como se encontró esta mujer, errante peregrina en la vida.

4. Aparentemente todo fue casual. Fue casual que Jesús para ir de Jerusalén a Galilea tuviera que pasar por Samaría; fue casual que una mujer, a una hora, al parecer intempestiva, las 12 del mediodía, cuando la comida tiene que estar hecha, fuera a proveerse de agua, con el calor del día; fue casual que los apóstoles hubieran ido a la ciudad a comprar alimentos, y que Jesús se encontrara solo, descansando.
Todo fue casual y divino. Las cosas más bellas muchas veces ocurren como casualidades.
Jesús tuvo el atrevimiento de iniciar una conversación. No es correcto que un hombre provoque una conversación a solas con una mujer al descampado. Dice el Evangelio que los apóstoles se sorprendieron. Es una nota de veracidad de la escena, de psicología…, que sugiere mucho. En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
En culturas de hoy, como en la cultura del Islam, creo que tampoco se comprendería esto: una mujer no puede estar a solas con un hombre si no es con su marido.

5. Ha sido Jesús el que ha provocado el encuentro, pidiendo un favor: Jesús le dice: «Dame de beber».
¿Qué le está pidiendo Jesús? ¿Agua…? Pues…, sí. Pero también puede aguantarse a que vengan sus discípulos, porque se supone que, si han de comer, han de beber.
Dame de beber, algo tan humano, tan sencillo, tan humilde… Un hombre que pide a una mujer un vaso de agua, porque lo necesita. Nos necesitamos unos a otros, y en las cosas más sencillas. En cierta ocasión Jesús dijo: El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
(Mt 10,42).
Una de las últimas palabras de Jesús antes de morir fue esta: Tengo sed (Jn 19,28). La Madre Teresa de Calculta oyó en su corazón estas palabras y fundó la congregación de las Hermanas de la Caridad, y en la capilla de todas las comunidades de estas Hermanas, junto al crucifijo está escrita esta frase: Tengo sed, que a lo mejor la escriben en inglés: I thirts.

6. Aquí comenzó todo. La mujer, mohína, le responde con un gesto de superioridad: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Porque los judíos no se tratan con los samaritanos, nos advierte el Evangelio.
A lo mejor la mujer lo estaba deseando: que un hombre le pidiera a ella, que en la vida había andado por tantos vericuetos.
Y entonces Jesús comienza una declaración, que es mucho más que una declaración de amor, es una revelación de Dios a su criatura amada:
«Si conocieras el don de Dios
y quién es el que te dice “dame de beber”,
le pedirías tú, y él te daría agua viva».
¿Qué es el don de Dios? El don de Dios no es una cosa; es una persona: es Jesús mismo, ese ese que le está diciendo: Dame de beber.
Ya estamos totalmente envueltos en la red del amor divino.
El diálogo prosigue y llega al culmen:
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
Seguramente que la traducción correcta no es “soy yo”, sino “Yo soy”, que sugiere mucho más.
Yo soy le dice Jesús a la mujer, como le dijo Dios a Moisés en el monte Horeb en la zarza ardiendo.

7. Este fue el encuentro, esta fue la revelación. Esta mujer ya no es la pecadora aventurera, la infeliz casada. Esta mujer, que nos enamora, es la que ha sido enamorada pro Jesús, la que ha encontrado a Dios verdadero en el rostro y palabra de Jesús de Nazaret. ¿Qué vio en aquellos ojos, en aquel corazón, para que en media hora se derrumbara todo un pasado y naciera un mundo nuevo, un Dios de amor y de perdón en su horizonte?
La mujer, de repente, se olvidó del cántaro con el que había venido y se convirtió en la mujer de la Pascua, que fue a anunciar a la gente de su pueblo: He encontrado al Mesías, que no es un Samaritano, sino precisamente un Judío, nuestros antiguos enemigos. Él sabía mi vida, él me ha dicho todo, él me ha perdonado. Por primera vez en la vida he conocido el amor, y no lo dejaré jamás. Esta mujer se ha convertido ahora en la mujer del Cantar de los cantares. Esta mujer del Evangelio es la santa Iglesia. Esta mujer es cada uno de nosotros. Esta mujer soy yo. Esta mujer es mi Cuaresma; esta mujer es mi Pascua.

8. Señor Jesús, que has iluminado mi corazón, te digo con fe lo que tú dijiste a la mujer samaritana: Dame de beber. Amén.

Guadalajara, Jalisco, viernes 17 de marzo de 2017.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Jesús es un ser lo mismo que nosotros. Come, bebe, duerme, camina y se cansa de caminar, y descansa al borde del camino. Es posible que su andadura se haya iniciado al amanecer. Por ello está cansado y tiene sed sed después de la caminata, y se sienta junto a un pozo que se halla al lado del camino que pasa cerca de una población llamada Sicar….. y espera pacientemente a que alguien se acerque a sacar agua para poder beber. Jesús se comporta cualquiera de nosotros en su lugar.
Era aproximadamente la hora del mediodía.
Y al poco rato aparece una mujer samaritana que viene del pueblo para llevarse a casa el agua del pozo.
Y entonces empieza el diálogo. Jesús la pide agua y la samarita le hace ver la hostilidad que, al menos en teoría, impide que realice cualquier acto humanitario hacia los judíos. Ante esta situación, Jesús hacer ver que él tiene un agua especial que sacia la sed y que evita tener más sed. La samaritana lo entiende de forma literal, por lo que Jesús cambia la conversación y la pide algo tan inteligible para ella como que traiga a su marido al lugar, sabiendo la situación “atípica” de la mujer…. En ese momento la mujer declara una verdad “a medias”: no tiene marido. En ese instante Jesús aprovecha la ocasión para desvelarla que esa no es toda la verdad, puesto que la realidad es que tuvo cinco maridos y el hombre con el que vive no es su marido, lo cual ha ocultado. Pero Jesús no la "tira piedras" por su pecado, sino que delicadamente lo perdona de facto.
El evangelista no ahonda si es que la samaritana era viuda de esos cinco maridos, o divorciada de todos, o viuda y divorciada de forma alternativa. Solamente incide en que venía sola (no acompañada de otras mujeres) y que era sobre el mediodía (momento de calor). Estas circunstancias han hecho pensar a algunos que la samaritana quería ir sola para evitar a sus convecinas a causa de su “particular” estado civil de “pareja”, y para ello se aislaba escogiendo la hora más inconveniente para muchos por el calor.
El final del texto es muy feliz. La fe de los habitantes en Jesús es total. Incluso le invitan a hospedarse y se queda allí dos días. Lo que en Judea no sucede, sí sucede en Samaria. Los suyos no quieren recibirlo, mientras que los extraños le abrazan.
Saludos. Juan José.

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