viernes, 10 de marzo de 2017

902. Domingo II Cuaresma A - Jesús transfigurado, lleno de luz, llega a nosotros



Homilía para el Domingo II de Cuaresma, ciclo A
Mt 17,1-9

Texto evangélico:

Mt17 1 Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2 Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3 De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4 Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5 Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
6 Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7 Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8 Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9 Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Hermanos:
1. A medida que vamos avanzando en edad y en sabiduría cristiana, crece y crece el anhelo de conocer más a Jesús. De este conocimiento, que es encuentro y experiencia, fluye todo lo demás: esa disponibilidad para el servicio fraterno, ese deseo sincero y operativo de hacer algo real por las personas necesitadas con las cuales nos cruzamos en el camino de la vida, y que, a lo mejor, ocultas, las tenemos muy cerca de nosotros.
La Cuaresma del desierto fue para Jesús iluminación y entrega. Jesús fue al desierto, donde Dios había conducido a Israel (si bien geográficamente fue otro desierto) para estar con el Padre, y en él y con él afianzar su misión en este mundo. Por eso, la obra central de Cuaresma es el encuentro con Dios, con ese Dios de amor que nos trajo a la vida y nos ha puesto en este mundo con una misión de amor.

2. El protagonista de la Cuaresma es Jesús, resplandor de la gloria de Dios; Jesús, no nosotros que emergemos de nuestros pecados. No nos cansemos de decirlo para asimilar lo que es el meollo de este itinerario de conversión y penitencia de Cuaresma. Es claro que el protagonista de los cincuenta días de Pascua es Cristo Resucitado; exactamente igual el protagonista de la Cuaresma es Jesús. Si no fuera así, romperíamos en dos el único misterio de Cristo. De manera que vivir la Cuaresma es asociarnos a Jesús y, al unirnos a él, dejarle que él vaya haciendo su obra en nuestros corazones: solo él puede darnos el espíritu de conversión; solo él puede vencer el orgullo en nosotros y todo lo que nos incita al pecado.
Es bueno recordar la secuencia de Evangelios que configuran el tiempo de Cuaresma. Helos aquí:
1.     Jesús es conducido por el Espíritu al desierto para vencer al Tentador.
2.     Jesús asciende a la montaña y escoge a tres discípulos para que contemplen su gloria.
3.     Jesús da el agua viva a la Samaritana.
4.     Jesús da la luz al ciego de nacimiento.
5.     Jesús da la vida al muerto Lázaro
6.     Jesús entra en la Ciudad santa de Jerusalén para celebrar la Pascua definitiva que es su Pasión, Muerte y Resurrección.
El misterio que celebramos es todo él un misterio centrado en Cristo.

3. San Pablo nos lo recuerda hoy, al presentarnos la salvación que viene de Dios.  Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio” (2Tim 1,9-10).

3. Volvamos, pues, a la escena de la Transfiguración. Es un episodio real de la vida de Jesús, que responde de modo directo a la pregunta que se hace la comunidad cristiana: ¿Quién es realmente Jesús, a quien hemos dado nuestra confianza absoluta?
He aquí la respuesta en una escena celestial. Jesús está en el Padre, donde todo es luz y no hay tinieblas, y Jesús mismo, ya en sus días mortales, antes de llegar a la resurrección es luz y en él no hay tinieblas:  2 Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
El Jesús que ha transitado entre nosotros es este, no otro, sin dejar de ser el Jesús humano, que ha conocido nuestros temores y tinieblas, que, desde su humanidad, enraizada con la nuestra, ha peregrinado al Absoluto.
No podemos comprender cómo sean simultáneamente las dos cosas en una: hombre verdadero, Dios verdadero. No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.
Es el “secreto del arcano”, que, al parecer, podemos sospechar ha podido estar hasta en el mismo colegio apostólico, quienes, por otra parte, hace seis días habían sido introducidos en intimidad de Jesús por la confesión de Pedro..., y a quienes también se les dijo que no lo contaran.
El secreto del arcano está diciendo que, al final, a Dios solo se le conoce por una experiencia gratuita y personal de comunión espiritual.

4. Los tres elegidos han caído ante la divinidad en un éxtasis de amor. El éxtasis produce una dulzura infinita con una una atracción irresistible. Es lo que dice Pedro: Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas… Pero al mismo tiempo uno queda anonadado ante la magnitud de lo infinito: la Nube luminosa, que había acompañado a Israel en el desierto cuarenta días y cuarenta noche, el terror sagrado: una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
He aquí, pues, hermanos, la experiencia verdadera de Jesús a la que somos llamados: la experiencia de la luz, del amor, de la grandeza de Dios y de la nada de la criatura. Cuando esto ocurre ha llegado el día de nuestra Transfiguración, de esa Transfiguración que radicalmente se operó en el bautismo por obra del Espíritu Santo. Nuestra alma, nuestro ser entero, al contacto con el Hijo de Dios, se volvieron luminosos, radiantes como el sol, bellos como la luz.
Y se escuchó la voz, que venía de la Nube, la misma Nube que cubrió a María el día de la Encarnación. Dios nos entregaba a su Hijo amado y nos dijo: Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo.
He aquí el camino cristiano: Acoger al Hijo amado y escucharlo. Lo demás vendrá desde dentro; vendrá eficazmente, vendrá por añadidura.

5. Señor Jesús, hijo amado del Padre, yo quiero escucharte; si te escucho a ti, estoy seguro que habré escuchado la voz de todos los hombres.

Desde la Ciudad de México, viernes 9 de marzo de 2017.
 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Seis días después, Jesús se hace acompañar por Pedro, Santiago y Juan y los lleva hacia un monte alto.
La montaña alta, el sitio elevado en definitiva, es el lugar privilegiado de la revelación de Dios. Es el detalle que se repite.
Los evangelistas no citan el nombre de ese lugar. ¿Por qué?. Lo más inteligible suponer es porque Jesús ha rechazado el monte Sión, en Judea, que había escogido Yahvé como lugar único de su presencia en medio del pueblo.
¿Cuál sería, entonces, ese monte?. En la ocasión que nos ocupa tal vez sería el monte Hermón, pues Cesárea de Filipo se extiende al pie de esa montaña.
No se nombra el Hermón porque posiblemente ello supondría un choque con los judíos, pues ese lugar había sido objero de culto, y no sólo lugar sagrado, sino un dios al que se invocaba. El culto del monte Hermón permanecerá, en efecto, hasta el siglo IV después de Cristo.
Vemos que Jesús sólo llama a tres apóstoles para que sean testigos de su transfiguración...y también de los momentos tristes de sus angustiosos momentos en el Getsemaní. La cara y la cruz de una misma moneda.
Jesús demuestra en su transfiguración que detrás de su apariencia humana existe una realidad divina permanente. Se transfigura, se transforma, y todo a voluntad y de forma instantánea.
Esa es la realidad de Jesús que llega a deslumbrar a sus tres discípulos, lo mismo que a nosotros dos mil años después.
Saludos.
Juan José.

Anónimo dijo...

Continuando con el apasionante tema del texto anterior sobre la transfiguración de Jesús, los evangelistas nos dicen que Jesús, merced a esa transformación física, no es reconocido después de su resurrección por sus allegados.
En efecto, María de Magdalena no reconoce a Jesús en aquel personaje que toma por un jardinero, debido a que se presenta bajo una forma diferente.
Tampoco los discípulos de Emaús reconocen a Jesús en su compañero de camino.
Y los discípulos, ya sea cuando se encuentran en aquella sala, o junto a la orilla del lago, tampoco reconocen a Jesús cuando se les presenta.
Jesús está transfigurado. Pero no es él quien se transfigura, sino el poder de Dios el que opera esa transformación. Así vemos que el evangelista hace hincapié en que SU ROSTRO SE PUSO BRILLANTE COMO EL SOL, Y SUS VESTIDOS BLANCOS COMO LA LUZ.
Es de resaltar que los apocalipsis judíos de la época de Jesús hablaban mucho de la transfiguración de los justos que, en tiempos mesiánicos, estarían luminosos y radiantes. Eso mismo era lo que estaban presenciando Pedro, Santiago y Juan.
VIERON SU GLORIA, nos dice san Lucas. A primera vista la expresión es complicada de comprender. Se designa en esa expresión una densidad real, y aplicándolo a Dios significa Dios mismo en la dinámica de su ser. Y ese dinamismo se traduce en actos grandiosos, como el paso del Mar Rojo. Dios cifra su gloria en salvar a su pueblo. Gloria y salvación son casi sinónimos en cuando actos esenciales de Dios.
SE REVELARÁ LA SALVACIÓN DE YAHVÉ, Y TODA CRIATURA LA VERÁ. El profeta Isaías es muy claro. San Juan nos dirá más tarde Y HEMOS VISTO SU GLORIA, es decir, su divinidad, puesto que el término GLORIA sólo es aplicable a Dios.
Finalmente en esa escena aparecen dos personajes trascendentes: Moisés y Elías. Eran los dos que habían ascendido al monte Sinaí. Al reunirse ahora con Jesús sobre otra montaña dan a entender que con Jesús ha llegado el cumplimiento de los tiempos. Avalan a Jesús y dialogan con él sobre su próxima partida (su muerte, resurrección y ascensión).
La voz saliendo de una nube envolvente es la apoteosis final.
Saludos. Juan José.

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