MEDITACIONES DE LA SANTA
CUARESMA
2017
1/5 - Dios es el centro de mi vida,
principio y fundamento, el único camino de mi felicidad
ENTRADA
Hermanos:
1. Seguimos la
predicación cuaresmal, anunciada en los carteles de esta iglesia de Ntra. Sra.
de los Ángeles, y divulgada en algunas hojas impresas que se han distribuido en
el templo: la primera semana ha sido conducida por el apreciado P. Fidel
Martínez, largos años vinculado a esta feligresía; la segunda se encargó a este
servidor; la tercera al rector de la UNIVA, que ustedes bien conocen, P.
Francisco Ramírez.
En la diócesis
se ha hecho un proyecto de anuncio del Evangelio en esta Cuaresma, bajo esta
consigna: Como Jesucristo, salir a las
periferias existenciales. Y se ha editado en un folleto que los que manejan
Internet lo pueden ver y copiar. Está
pensado para cinco días, como podría ser, unas pláticas cuaresmales de lunes a
viernes, que es lo que aquí vamos a hacer. Y una peculiaridad es que los temas
se pueden proyectar en pantalla, porque están resumidos en diversas “diapositivas”
para proyectarlas en pantalla.
En concreto el
índice de temas es el siguiente:
Tema 1: “Las
periferias existenciales”
Tema 2: “La familia,
una realidad que nos desafía”
Tema 3: “Los
jóvenes, una periferia existencial apremiante”
Tema 4: “Sociedad
y descomposición del tejido social”
Tema 5: “La vida
nueva en Jesucristo”
Estas reflexiones
se están proponiendo con una metodología ya usada la arquidiócesis: VER con los
ojos del Padre, JUZGAR con los criterios del Hijo; ACTUAR bajo el impulso del Espíritu
Santo.
El encargado de
esta iglesia, nuestro querido P. Carlos, me dijo: Ahí tiene el cuaderno de
temas. No es obligatorio seguir estos temas; haga como mejor le parezca.
2. Recordando la
experiencia del año pasado, veo que quienes escuchan estas pláticas de Cuaresma
son un grupo muy reducido de personas, personas que habitualmente vienen todos
los días a misas y que luego de la misa se quedan estos tres cuartos de hora
para escuchar y reflexionar sobre lo que nos dice el padre.
Usemos el método
que sea, las plásticas o meditaciones cuaresmales tienen un objetivo principal:
encontrarnos con Jesús, renovar desde ahí nuestra vida cristiana, para seguir por
el camino del santo Evangelio. Y si esto se realiza espontáneamente ha de
comprometernos para actuar en nuestra vida, comenzando por nuestro propio
ambiente de familia y luego para todo aquello que el Señor nos pida, a cada
quien según sus cualidades y ambiente.
Nos vamos a
centrar, por tanto, en unos puntos clave de nuestra vida cristiana, que a todos
nos comprometen, comenzando por mí el primero. Recordemos cuál fue el núcleo de
la predicación de Jesús, que de una manera sintética y explosiva es esta:
- Dios está
actuando y el tiempo se ha cumplido.
- Convertíos,
aceptando el Evangelio, que es el anuncio de la Buena Nueva de Dios.
3. Según esto,
hermanos, poniendo en el centro a Dios, vamos a tratar de transmitir este
mensaje:
1)
Dios es el centro de mi vida, principio y fundamento,
el único camino de mi felicidad.
2)
Dios se me está entregando en su Hijo Jesucristo
3)
Dios se me entrega en el Espíritu, que es el alma de
la Iglesia, mi verdadera familia.
4)
Dios ha escogido a un mujer, pobre y humilde, como Madre
de su hijo Jesús, como Madre mía y de todo el pueblo de Dios, como guía de fe
en nuestra peregrinación.
5)
Dios, nuestro Padre, que nos está esperando en todo
ser humano que me necesite.
De esta forma
queremos dar una síntesis de vida cristiana en este momento de mi vida.
EXPOSICIÓN Y ANUNCIO
1. Yo he nacido para ser feliz.
Esta es una
verdad que no me la ha enseñado nadie. Es una verdad que está ahí dentro, y
que, por lo tanto, ha nacido conmigo mismo.
Alguien que pase
junto a mí me la puede despertar. Me puede sacudir y decirme: Pero… ¿no te das
cuenta que en todo lo que tú haces o dejas de hacer es por una sola cosa y
siempre la misma? ¿Cuál es esa? Ser
feliz. Es la motivación última de todas las acciones humanas. Nadie me lo ha
enseñado; con decírmelo nadie aporta un conocimiento nuevo, que yo, si no me lo
hubieran dicho no lo tendría.
Se trata, por lo
tanto, de una evidencia que llevamos con nosotros mismos, y que podemos
analizar. Y el análisis nos trae muchas sorpresas, como si por primera vez la
hubiéramos descubierto. Un ejemplo intranscendente de algo que nos ocurre todos
los días.
- Hoy, ¿a qué
hora te has levantado?
- A las 6.00 de
la mañana.
- ¿No tenías
sueño? ¿No te habría gustado estar una hora más en la cama?
- Sin duda,
estaba cansando por estos días pasados, y el cuerpo me pedía estar más tiempo.
- Entonces ¿por
qué no has seguido durmiendo?
- Porque el
hacer este sacrificio me hacía más feliz:
así te tenido tiempo para bañarme y para ajustarme al horario fijo de todos los
días, según mis obligaciones. En resumen, porque me hacía más feliz.
- Pero ¿no dice
que le apetecía seguir en la cama?
- Es cierto, pero
ese placer de seguir durmiendo no me
habría hecho tan feliz como el sacrificio de levantarme a la hora de todos los
días. La felicidad de cumplir mi deber, ajustándome al horario marcado de
todos los días me hacía, sin ninguna duda, humanamente más feliz que la
felicidad de darle un pequeño placer a mi cuerpo.
Esta sencilla
reflexión nos puede llevar a conclusiones muy importantes:
- La primera es
que todo lo que yo hago en todo momento, y todo lo que he hecho a lo largo de
mi vida ha sido siempre con el mismo objetivo: ser feliz, ser más feliz.
- Y la segunda
es más grave: que esto no puede ser de otra manera, y que, queramos o no, el
último punto decisivo de nuestro comportamiento es en última instancia el
mismo: ser feliz, y no podemos menos de obrar sino para ser felices, acertando
o equivocándonos.
Aquí hemos caído
en un punto peligroso, porque, de no entender bien lo que decimos, vamos a
parar en el determinismo de nuestras acciones, y eso no es así. Yo sé que obro
para ser aquí y ahora más feliz, y al mismo tiempo – y esto es el misterio del
fondo de nosotros mismos – yo sé que obro con libertad.
En el análisis
al que tenemos acceso cada uno de nosotros, examinando el motivo de nuestras
acciones descubriremos, poco a poco, y cada vez con mayor evidencia, cuál es la
estructura de nuestro psiquismo humano:
- Si me venzo a
mí mismo, frente a impulsos primarios que se suscitan en mí, es para ser más
feliz.
- Si peco es
porque pensé, de momento y a lo mejor de repente, que de ese modo yo sería más
feliz, aun exponiéndome a las consecuencias que podrían derivarse. El que roba
sabe que se expone a la cárcel, y no obstante roba.
Yendo un paso
adelante en estas reflexiones, bien podemos definir lo que es un cristiano: ser cristiano se la forma mejor de ser más
feliz.
Un cristiano ha
buscado en todo momento la felicidad en todos sus actos. Su vida ha llegado a
la máxima calidad de felicidad. Ha organizado su vida con estos principios:
- Cuanto más me entregue, seré más feliz.
- Cuanto más ame a Dios, seré más feliz.
- Cuanto más sirva a mi prójimo, seré más feliz
El cristianismo
desarrolla la capacidad fruitiva del corazón.
Una comida es
igual para todos los que se sientan a esa mesa; igual, pero no todos la
disfrutan del mismo modo. No todos saben sacarle el mismo jugo.
Al escuchar
música, todos escuchan lo mismo, si tienen sanos los oídos, sanos y dispuesto,
pero no todos lo disfrutan lo mismo: no es igual en todos la capacidad
estética, la intensidad de percepción.
El que es
cristiano y ha sido evangelizado por Jesús, sabe ir hasta el fondo del asunto,
al corazón de las cosas y comprende, admira, disfruta… En suma: ser cristiano se la forma mejor de ser más
feliz.
En resumen, esto
que les digo es como una iluminación interior, una ráfaga que nos introduce por
un misterioso sendero de sabiduría.
En suma, en la
estructura del ser humano está grabada una vocación: yo he nacido para ser
feliz, vocación personal e intransferible, vocación que estamos llamados a
compartir es cierto, pero que se verifica en mí como logro de mi propia
persona. Este es el yo de nuestra identidad: ante la sociedad, ante mi propia
familia, “yo” – justamente “yo” – he sido llamado a ser feliz, lo más feliz que
pueda.
El que abre al Sagrada
Escritura se encuentra con la felicidad en la primera página; se encuentra con la bendición de Dios. Antes de crear
Dios al hombre, Dios creó la vida, y la primera aparición de la vida está llena
de la bendición de Dios. Dios creó los peces del mar y los pájaros del aire. Y
dice el texto sagrado: “Luego los bendijo
Dios, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad las aguas del mar; y
que las aves se multipliquen en la tierra»” (Gn 1,22).
Luego creó Dios al
hombre, y dice la Sagrada Escritura: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a
imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos,
llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y
todos los animales que se mueven sobre la tierra». (vv. 27-28).
La bendición de Dios
solo puede traer felicidad, alegría, esperanza.
Esta bendición de Dios
da el tono a toda la vida. El libro de los salmos comienza con esta bendición:
“Dichoso el hombre | que no sigue el consejo de los impíos…” (Sal 1,1).
Pero el canto más
sublime de la felicidad lo ha pronunciado Jesús en las Bienaventuranzas:
“(Mt 5) 3
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los
cielos. 4 Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 5
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos
quedarán saciados. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia. 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios. 9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán
llamados hijos de Dios. 10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la
justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”.
Esto que les voy
diciendo se puede expresar también con otro lenguaje, el lenguaje del amor: el ser humano ha nacido para ser amado y
amar.
Es exactamente igual.
No se trata de un matiz sino de toda la realidad expresada con otro lenguaje:
el amor.
El amor, como vida que
ha llegado a mí y como vida que yo doy a los demás es la vocación humana
esencial, la que existía desde el principio, la que existe hoy, la que ha de
existir siempre.
Y por la misma línea de
pensamiento podemos decir estas verdadera de una tercera manera, con el lenguaje de la vida. El ser humano ha
nacido para vivir, no para morir. El hombre busca siempre vida, vida, vida…,
porque la vida viene de Dios.
La Sagrada Escritura
tiene unas frases impresionantes. Escuchen estas dos del libro de la Sabiduría:
“Porque Dios no ha
hecho la muerte, | ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para
que subsistiera | y las criaturas del mundo son saludables: | no hay en ellas
veneno de muerte, | ni el abismo reina en la tierra. Porque la justicia es
inmortal” (Sab 1,13-15).
“Dios creó al hombre
incorruptible | y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por envidia del diablo
entró la muerte en el mundo, | y la experimentan los de su bando” (Sab 2,23-24).
2. Las tres fuentes hipotéticas de la felicidad
Si hemos nacido
para ser felices, todos los seres humanos, vamos en busca de la felicidad.
¿Dónde está la felicidad?, ¿Cuáles son los manantiales de la felicidad? Hay
tres caminos equivocados, que son la inminente tentación del hombre, que nos
acechan en todo momento, que son muy insidiosos, y que nos pueden engañar a
nada que nos descuidemos. Estos tres caminos son: el tener, el placer y el
poder. El tener, que es el dinero; el placer, que es el placer del cuerpo y de
la dulce vida; y el poder que es el poder del mando.
¿Quién de
nosotros puede decir que no ha caído en ninguno de los tres? Prestemos
atención, porque son cosas que las llevamos dentro, un engaño del que se diría
que es imposible escapar.
1. El
tener, es decir el dinero. Uno pensaría que cuanto más dinero más
felicidad a la mano, como si el dinero fuera la llave de la felicidad.
Donde está el
dinero está la corrupción, casi automáticamente. Ya la corrupción es la
podredumbre del alma, porque la corrupción te aniquila los mejores
sentimientos: la compasión, la generosidad, la ternura, la gratuidad.
Tenía mucha
sabiduría aquel sabio del Antiguo Nuevo Testamento el que rezaba así antes de
morir:
“Dos cosas te he
pedido, | no me las niegues antes de morir:
aleja de mí falsedad y mentira; | no me des
riqueza ni pobreza, | concédeme mi ración de pan;
no sea que me sacie y reniegue de ti, |
diciendo: «¿Quién es el Señor?»; | no sea que robe por necesidad | y ofenda el
nombre de mi Dios” (Proverbios 30,7-9).
A poco que uno
reflexione en la vida, bien vemos con una evidencia que sale de nuestra propia
carne: en el dinero no está la felicidad, y bien al contrario, el dinero es
causa de división y discordia en tantas familias. ¡Qué momentos más delicados
se viven a la hora de abrir el testamento y repartir lo que el padre o la madre
ha dejado! Cuántas historias podríamos contar todos.
Hermanos, a más
dinero más felicidad. No es verdad.
Saquemos este
demonio de nuestro corazón.
Al escribir la
Sagrada Escritura, los Libros Sapienciales, que son la Sabiduría que ha
alcanzado el pueblo de la Alianza, como aquel Sabio que pedía dos cosas antes
de morir, he llegado a decir a los alumnos en clase que para ser sencillamente
felices en esta tierra, necesitamos tres cosas:
- Un Dios en
quien creer.
- Una casita en
que vivir y compartir.
- Y una misión
que cumplir.
Un Dios en quien creer. Sin Dios el mundo se rompe y nosotros nos rompemos con el mundo.
Una casita para vivir y compartir. Y, al decir, una “casita”, que no es un palacio, decimos
simultáneamente tres cosas: una casa nuestra que nos cobije; un amor, pues no
se puede vivir sin ser amado y amar; un trabajo que nos taiga a la mesa el pan
de cada día.
Y una misión que cumplir: mi vida, en un humilde servicio, es un don a la humanidad, y esto me
hace feliz (estas mismas hojitas que estoy escribiendo a alguien le harán algún
bien; es una misión).
2. Siguiendo
en busca de la felicidad, los humanos buscamos el placer pasajero como fuente
de felicidad. Placer que fácilmente lo identificamos con los placeres
de la carne. La carne, sin duda, da
placer, porque es el placer del ser, del ser personal; pero si en el placer de
la carne no se funden persona y persona, es decir corazón y corazón, ese es un
placer quebrado en sí mismo, y, al final, se vuelve contra uno.
El atractivo
misterioso del sexo, que Dios lo puso en el mismo momento de la creación cuando
le presentó a Adán como esposa a Eva, la Mujer, lo llevamos dentro, como anhelo
germinal de unión, de fusión y de transcendencia. Cuando se lo saca de esta
órbita, el sexo placentero resulta, al fin, fruta amarga, sin la sazón que le
correspondía.
En una palabra,
un sexo sin amor, no puede dar la felicidad.
Y otras
experiencias semejantes de placer, que prometen la felicidad: una borrachera
que termina simplemente en borrachera, en vez de dar placer, deja una herida de
humillación: la sensación de haber pedido la propia dignidad.
Y eso mismo, a
niveles más profundos y envolventes, es la droga, que hace estragos en las
aspiraciones más hermosas del corazón humano.
La vía de esos
placeres inmediatos, placeres de fácil mercado, no nos abre la puerta de los
placeres superiores, a los que estamos destinados, placeres que son
profundamente humanos, placeres de alta calidad, que son un aura del cielo:
placeres de la estética, placeres de la ciencia, placeres que los que van en
busca de nuevas metas de la humanidad. Son placeres que nos dan alas, y a los
que les viene la palabra del salmo: “…en la vejez seguirá dando fruto | y
estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, | mi Roca, en
quien no existe la maldad” (Sal 92/91, 15-16).
3. El poder parece otra fuente de placer, acaso
más sutil, pero no menos esclavizadora. Acaso desde el poder haya que
explicar la figura de la tentación de Adán y Eva, el cataclismo que se produjo
en su corazón. “La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios
sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios
en el conocimiento del bien y el mal».” (Gn 3,4-5).
El poder te hace
déspota a nada que te descuides, y el poder te hace servil cuando hay otro más
poderoso que tú al que tienes que rendir pleitesía. El poder está lleno de
engaños y cobardías, de miedos ocultos, de miserias y esclavitudes. El poder,
que parece que te engrandece y parece aumentar tu personalidad a medida de tus
vasallos, te puede envilecer.
El poder te
puede debilitar ante la verdad. “Si sueltas a ese, no eres amigo del César.
Todo el que se hace rey está contra el César” (Jn 18,15). Pilato “sabía que se
lo habían entregado por envidia” (Mt 27,18). Pilato, por razones de estado,
firmó una sentencia de muerte, sentencia injusta. El Poder pudo contra él.
No le hizo
feliz. Se lo advirtió su mujer: “Y mientras estaba sentado en el tribunal, su
mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido
mucho soñando con él»” (Mt 27,19).
3. Solo Dios es mi felicidad, punto de partida y punto de llegada
En este mareo
del corazón humano está claro, al fin, de que ni por el camino del tener, del
placer o del poder hemos de hallar lo que buscamos. Pero ese anhelo de
felicidad, inherente al ser, no es un engaño. Si existe el deseo, tan cierto
como la presencia de ese anhelo es la posibilidad de que se realice.
Cuál es exactamente
ese anhelo, es lo primero que hay que definir. Y luego, dónde y cómo se alcanza
lo que ese anhelo reclama.
1) El Gran deseo, sembrado
por Dios en el corazón humano
El año pasado, en la
solemnidad de San Pedro, el Papa Francisco escribió una constitución apostólica
(documento de máxima categoría) dirigida a las monjas de vida contemplativa,
definiendo su vocación en la Iglesia y los medios para protegerla y fomentarla.
Y comenzaba hablando
precisamente de esto. Es una reflexión dirigida no solamente a ellas, sino a
todos nosotros. Es bueno traerlas aquí, a nuestro conocimiento.
El ser humano ha nacido
con un anhelo irresistible de Dios. No hay poder, no hay cultura, no hay ningún
agente exterior al hombre que lo pueda borrar. Está ahí dentro, porque Dios lo
ha puesto. Y tenemos que descubrirlo y valorarlo. Meterse por esa ruta es
meterse por el camino de la felicidad.
Escuchen, pues, estos
párrafos del comienzo de la citada constitución:
“La búsqueda del rostro de Dios atraviesa la
historia de la humanidad, llamada desde siempre a un diálogo de amor con el
Creador.[1] El hombre y la mujer, en efecto, tienen una dimensión religiosa
indeleble que orienta su corazón hacia la búsqueda del Absoluto, hacia Dios, de
quien perciben la necesidad, aunque no siempre de manera consciente. Esta
búsqueda es común a todos los hombres de buena voluntad. Y muchos que se
profesan no creyentes confiesan este anhelo profundo del corazón, que habita y
anima a cada hombre y a cada mujer deseosos de felicidad y plenitud,
apasionados y nunca saciados de gozo.
En las Confesiones, San
Agustín lo ha expresado con claridad: «Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón
está inquieto hasta que no descanse en ti».[2] Inquietud del corazón
que brota de la intuición profunda de que es Dios el que busca primero al
hombre, atrayéndolo misteriosamente a sí.
La dinámica de la
búsqueda manifiesta que nadie se basta a sí mismo e impone encaminarse, a la
luz de la fe, por un éxodo del propio yo auto-centrado, atraídos por el rostro
de Dios santo, y al mismo tiempo por la «tierra sagrada del otro», [3] para
experimentar una comunión más profunda.
Esta peregrinación en
busca del Dios verdadero, que es propio de cada cristiano y de cada consagrado
por el Bautismo, se convierte por la acción del Espíritu Santo en sequela pressius Christi, camino de
configuración a Cristo Señor, que la consagración religiosa expresa con una
singular eficacia y, en particular, la vida monástica, considerada desde los
orígenes como una forma particular de actualizar el Bautismo” (Papa Francisco, Const. Apost. Vultum Dei quaerere, 29
junio 2016, núm. 1).
Dice un salmo: “Oigo en
mi corazón: | «Buscad mi rostro». | Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu
rostro” (Sal 27/26, 8-9).
2) El que lo busca lo encuentra, y al encontrarlo,
encuentra la felicidad
Jesús
nos dijo en el Evangelio de una manera categórica y reveladora. “Pues yo os
digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá;
porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre”
(Lc 11,9-10).
Se
trata nada menos que de esto: de buscar a Dios y de encontrar a Dios. Todo el
que lo busca lo encuentra, en el momento y del modo que Dios quiera.
De
manera que tarea nuestra de la vida es
buscar a Dios. Tarea suya es la de dejarse encontrar, revelársenos en el
fondo del corazón. Es gracia que se promete a todos, absolutamente a todos sin
exclusión: Por la misericordia de Dios. absolutamente a todos se nos da la
garantía de que hemos de encontrarlo.
No
estamos hablando de que el que busca a Dios se va a hacer católico, ni siquiera
cristiano. El que busca a Dios lo encuentra. Los caminos de la Providencia de
Dios no los vamos a dictaminar nosotros; esto sería blasfemar el santo Nombre
de Dios. Dios es infinitamente más grande que nuestra propia religión, en la que
creemos como religión revelada por el amor y la misericordia del Padre.
Esta
palabra de Jesús nos lleva a abrir el corazón al infinito y a hacer un acto de
abandono total en la misericordia de Dios, de la que confiesa la sagrada
Escritura: porque es eterna su
misericordia.
Y,
al encontrar a Dios, nos encontramos a nosotros mismos y encontramos la vida.
2) El encuentro del
amor como encuentro de la vida
Otra
vez bajamos al fondo del ser humano para descubrir que hemos nacido del amor
para el amor. Tampoco aquí Dios, nuestro Padre, nos engaña.
El
ser humano – hombre o mujer, es igual – necesita el amor como el pan de cada
día. Dios lo ha creado para eso.
Pero
de nuevo pueden chocar nuestros planes con el plan de Dios. Yo quisiera que el
amor cruzara por mi vida de esta y esta manera, porque el amor es la suprema
realización del ser. Por luz divina he de aceptar que los planes de Dios pueden
interferir los nuestros y ser distintos. Hay tantas solterías aceptadas y no
queridas… Hay tantas traiciones – tantas, tantísimas – sufridas y nunca
buscadas… Hay tantas vidas rotas, humanamente rotas…, que Dios no las ha
querido rotas.
¿Es
que el amor se ha truncado? ¿es que la promesa de Dios ha sido una promesa
engañosa? De ninguna manera. San Pablo, judío, que vio cómo su pueblo no
alcanzó a Cristo, dijo: “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm
11,29).
Así
ocurre con el amor, clave de la existencia…
Dios
hará su obra como Él lo quiera; pero no queramos que nuestros planes
intercepten los suyos.
El
que ha nacido para el amor encontrará el amor, como Él lo quiera… De hecho, un
acto de la dulzura del amor de Dios a nosotros vale más que todos los amores
que nos puedan prodigar los humanos, aunque ciertamente que a Dios le place
favorecernos y acariciarnos con el hallazgo del amor más noble.
Hágase
en todo su voluntad, como se hizo en su Hijo amado Jesucristo.
4. Nuestra oración con un salmo: Salmo 73 (72).
Dios
apacigua el corazón. En la búsqueda del rostro de Dios salen al paso no pocas
dificultades; pero, al final, Dios triunfa. Vayamos a los salmos. Nuestras
vidas se agitan; al final, Dios, solo Dios
25
¿No te tengo a ti en el cielo?
Y
contigo, ¿qué me importa la tierra?
26 Se consumen mi corazón y mi carne;
pero
Dios es la roca de mi corazón y mi lote perpetuo.
27 Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú
destruyes a los que te son infieles.
28 Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer
del Señor Dios mi refugio,
y
contar todas tus acciones
en
las puertas de Sión. (Salmo 73/72)
Guadalajara, lunes de
la IV semanas de Cuaresma,
27 marzo 2017

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