lunes, 27 de marzo de 2017

908. Meditaciones de la santa Cuaresma 1/5



MEDITACIONES DE LA SANTA CUARESMA
2017


1/5 - Dios es el centro de mi vida,
principio y fundamento, el único camino de mi felicidad

ENTRADA

Hermanos:
1. Seguimos la predicación cuaresmal, anunciada en los carteles de esta iglesia de Ntra. Sra. de los Ángeles, y divulgada en algunas hojas impresas que se han distribuido en el templo: la primera semana ha sido conducida por el apreciado P. Fidel Martínez, largos años vinculado a esta feligresía; la segunda se encargó a este servidor; la tercera al rector de la UNIVA, que ustedes bien conocen, P. Francisco Ramírez.
En la diócesis se ha hecho un proyecto de anuncio del Evangelio en esta Cuaresma, bajo esta consigna: Como Jesucristo, salir a las periferias existenciales. Y se ha editado en un folleto que los que manejan Internet lo pueden ver y copiar.  Está pensado para cinco días, como podría ser, unas pláticas cuaresmales de lunes a viernes, que es lo que aquí vamos a hacer. Y una peculiaridad es que los temas se pueden proyectar en pantalla, porque están resumidos en diversas “diapositivas” para proyectarlas en pantalla.
En concreto el índice de temas es el siguiente:
Tema 1: “Las periferias existenciales”
Tema 2: “La familia, una realidad que nos desafía”
Tema 3: “Los jóvenes, una periferia existencial apremiante”
Tema 4: “Sociedad y descomposición del tejido social”
Tema 5: “La vida nueva en Jesucristo”
Estas reflexiones se están proponiendo con una metodología ya usada la arquidiócesis: VER con los ojos del Padre, JUZGAR con los criterios del Hijo; ACTUAR bajo el impulso del Espíritu Santo.
El encargado de esta iglesia, nuestro querido P. Carlos, me dijo: Ahí tiene el cuaderno de temas. No es obligatorio seguir estos temas; haga como mejor le parezca.

2. Recordando la experiencia del año pasado, veo que quienes escuchan estas pláticas de Cuaresma son un grupo muy reducido de personas, personas que habitualmente vienen todos los días a misas y que luego de la misa se quedan estos tres cuartos de hora para escuchar y reflexionar sobre lo que nos dice el padre.
Usemos el método que sea, las plásticas o meditaciones cuaresmales tienen un objetivo principal: encontrarnos con Jesús, renovar desde ahí nuestra vida cristiana, para seguir por el camino del santo Evangelio. Y si esto se realiza espontáneamente ha de comprometernos para actuar en nuestra vida, comenzando por nuestro propio ambiente de familia y luego para todo aquello que el Señor nos pida, a cada quien según sus cualidades y ambiente.
Nos vamos a centrar, por tanto, en unos puntos clave de nuestra vida cristiana, que a todos nos comprometen, comenzando por mí el primero. Recordemos cuál fue el núcleo de la predicación de Jesús, que de una manera sintética y explosiva es esta:
- Dios está actuando y el tiempo se ha cumplido.
- Convertíos, aceptando el Evangelio, que es el anuncio de la Buena Nueva de Dios.

3. Según esto, hermanos, poniendo en el centro a Dios, vamos a tratar de transmitir este mensaje:

1)     Dios es el centro de mi vida, principio y fundamento, el único camino de mi felicidad.
2)     Dios se me está entregando en su Hijo Jesucristo
3)     Dios se me entrega en el Espíritu, que es el alma de la Iglesia, mi verdadera familia.
4)     Dios ha escogido a un mujer, pobre y humilde, como Madre de su hijo Jesús, como Madre mía y de todo el pueblo de Dios, como guía de fe en nuestra peregrinación.
5)     Dios, nuestro Padre, que nos está esperando en todo ser humano que me necesite.

De esta forma queremos dar una síntesis de vida cristiana en este momento de mi vida.

EXPOSICIÓN Y ANUNCIO

1. Yo he nacido para ser feliz.

Esta es una verdad que no me la ha enseñado nadie. Es una verdad que está ahí dentro, y que, por lo tanto, ha nacido conmigo mismo.
Alguien que pase junto a mí me la puede despertar. Me puede sacudir y decirme: Pero… ¿no te das cuenta que en todo lo que tú haces o dejas de hacer es por una sola cosa y siempre la misma?  ¿Cuál es esa? Ser feliz. Es la motivación última de todas las acciones humanas. Nadie me lo ha enseñado; con decírmelo nadie aporta un conocimiento nuevo, que yo, si no me lo hubieran dicho no lo tendría.
Se trata, por lo tanto, de una evidencia que llevamos con nosotros mismos, y que podemos analizar. Y el análisis nos trae muchas sorpresas, como si por primera vez la hubiéramos descubierto. Un ejemplo intranscendente de algo que nos ocurre todos los días.
- Hoy, ¿a qué hora te has levantado?
- A las 6.00 de la mañana.
- ¿No tenías sueño? ¿No te habría gustado estar una hora más en la cama?
- Sin duda, estaba cansando por estos días pasados, y el cuerpo me pedía estar más tiempo.
- Entonces ¿por qué no has seguido durmiendo?
- Porque el hacer este sacrificio me hacía más feliz: así te tenido tiempo para bañarme y para ajustarme al horario fijo de todos los días, según mis obligaciones. En resumen, porque me hacía más feliz.
- Pero ¿no dice que le apetecía seguir en la cama?
- Es cierto, pero ese placer de seguir durmiendo no me habría hecho tan feliz como el sacrificio de levantarme a la hora de todos los días. La felicidad de cumplir mi deber, ajustándome al horario marcado de todos los días me hacía, sin ninguna duda, humanamente más feliz que la felicidad de darle un pequeño placer a mi cuerpo.

Esta sencilla reflexión nos puede llevar a conclusiones muy importantes:
- La primera es que todo lo que yo hago en todo momento, y todo lo que he hecho a lo largo de mi vida ha sido siempre con el mismo objetivo: ser feliz, ser más feliz.
- Y la segunda es más grave: que esto no puede ser de otra manera, y que, queramos o no, el último punto decisivo de nuestro comportamiento es en última instancia el mismo: ser feliz, y no podemos menos de obrar sino para ser felices, acertando o equivocándonos.
Aquí hemos caído en un punto peligroso, porque, de no entender bien lo que decimos, vamos a parar en el determinismo de nuestras acciones, y eso no es así. Yo sé que obro para ser aquí y ahora más feliz, y al mismo tiempo – y esto es el misterio del fondo de nosotros mismos – yo sé que obro con libertad.

En el análisis al que tenemos acceso cada uno de nosotros, examinando el motivo de nuestras acciones descubriremos, poco a poco, y cada vez con mayor evidencia, cuál es la estructura de nuestro psiquismo humano:
- Si me venzo a mí mismo, frente a impulsos primarios que se suscitan en mí, es para ser más feliz.
- Si peco es porque pensé, de momento y a lo mejor de repente, que de ese modo yo sería más feliz, aun exponiéndome a las consecuencias que podrían derivarse. El que roba sabe que se expone a la cárcel, y no obstante roba.

Yendo un paso adelante en estas reflexiones, bien podemos definir lo que es un cristiano: ser cristiano se la forma mejor de ser más feliz.

Un cristiano ha buscado en todo momento la felicidad en todos sus actos. Su vida ha llegado a la máxima calidad de felicidad. Ha organizado su vida con estos principios:
- Cuanto más me entregue, seré más feliz.
- Cuanto más ame a Dios, seré más feliz.
- Cuanto más sirva a mi prójimo, seré más feliz
El cristianismo desarrolla la capacidad fruitiva del corazón.
Una comida es igual para todos los que se sientan a esa mesa; igual, pero no todos la disfrutan del mismo modo. No todos saben sacarle el mismo jugo.
Al escuchar música, todos escuchan lo mismo, si tienen sanos los oídos, sanos y dispuesto, pero no todos lo disfrutan lo mismo: no es igual en todos la capacidad estética, la intensidad de percepción.
El que es cristiano y ha sido evangelizado por Jesús, sabe ir hasta el fondo del asunto, al corazón de las cosas y comprende, admira, disfruta… En suma: ser cristiano se la forma mejor de ser más feliz.
En resumen, esto que les digo es como una iluminación interior, una ráfaga que nos introduce por un misterioso sendero de sabiduría.

En suma, en la estructura del ser humano está grabada una vocación: yo he nacido para ser feliz, vocación personal e intransferible, vocación que estamos llamados a compartir es cierto, pero que se verifica en mí como logro de mi propia persona. Este es el yo de nuestra identidad: ante la sociedad, ante mi propia familia, “yo” – justamente “yo” – he sido llamado a ser feliz, lo más feliz que pueda.

El que abre al Sagrada Escritura se encuentra con la felicidad en la primera página; se encuentra con la bendición de Dios. Antes de crear Dios al hombre, Dios creó la vida, y la primera aparición de la vida está llena de la bendición de Dios. Dios creó los peces del mar y los pájaros del aire. Y dice el texto sagrado: “Luego los bendijo Dios, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad las aguas del mar; y que las aves se multipliquen en la tierra»” (Gn 1,22).
Luego creó Dios al hombre, y dice la Sagrada Escritura: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra». (vv. 27-28).
La bendición de Dios solo puede traer felicidad, alegría, esperanza.

Esta bendición de Dios da el tono a toda la vida. El libro de los salmos comienza con esta bendición: “Dichoso el hombre | que no sigue el consejo de los impíos…” (Sal 1,1).

Pero el canto más sublime de la felicidad lo ha pronunciado Jesús en las Bienaventuranzas:
“(Mt 5) 3 «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4 Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Esto que les voy diciendo se puede expresar también con otro lenguaje, el lenguaje del amor: el ser humano ha nacido para ser amado y amar.
Es exactamente igual. No se trata de un matiz sino de toda la realidad expresada con otro lenguaje: el amor.
El amor, como vida que ha llegado a mí y como vida que yo doy a los demás es la vocación humana esencial, la que existía desde el principio, la que existe hoy, la que ha de existir siempre.

Y por la misma línea de pensamiento podemos decir estas verdadera de una tercera manera, con el lenguaje de la vida. El ser humano ha nacido para vivir, no para morir. El hombre busca siempre vida, vida, vida…, porque la vida viene de Dios.
La Sagrada Escritura tiene unas frases impresionantes. Escuchen estas dos del libro de la Sabiduría:
“Porque Dios no ha hecho la muerte, | ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera | y las criaturas del mundo son saludables: | no hay en ellas veneno de muerte, | ni el abismo reina en la tierra. Porque la justicia es inmortal” (Sab 1,13-15).
“Dios creó al hombre incorruptible | y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, | y la experimentan los de su bando” (Sab 2,23-24).

2. Las tres fuentes hipotéticas de la felicidad

Si hemos nacido para ser felices, todos los seres humanos, vamos en busca de la felicidad. ¿Dónde está la felicidad?, ¿Cuáles son los manantiales de la felicidad? Hay tres caminos equivocados, que son la inminente tentación del hombre, que nos acechan en todo momento, que son muy insidiosos, y que nos pueden engañar a nada que nos descuidemos. Estos tres caminos son: el tener, el placer y el poder. El tener, que es el dinero; el placer, que es el placer del cuerpo y de la dulce vida; y el poder que es el poder del mando.
¿Quién de nosotros puede decir que no ha caído en ninguno de los tres? Prestemos atención, porque son cosas que las llevamos dentro, un engaño del que se diría que es imposible escapar.

1. El tener, es decir el dinero. Uno pensaría que cuanto más dinero más felicidad a la mano, como si el dinero fuera la llave de la felicidad.
Donde está el dinero está la corrupción, casi automáticamente. Ya la corrupción es la podredumbre del alma, porque la corrupción te aniquila los mejores sentimientos: la compasión, la generosidad, la ternura, la gratuidad.
Tenía mucha sabiduría aquel sabio del Antiguo Nuevo Testamento el que rezaba así antes de morir:
“Dos cosas te he pedido, | no me las niegues antes de morir:
 aleja de mí falsedad y mentira; | no me des riqueza ni pobreza, | concédeme mi ración de pan;
 no sea que me sacie y reniegue de ti, | diciendo: «¿Quién es el Señor?»; | no sea que robe por necesidad | y ofenda el nombre de mi Dios” (Proverbios 30,7-9).
A poco que uno reflexione en la vida, bien vemos con una evidencia que sale de nuestra propia carne: en el dinero no está la felicidad, y bien al contrario, el dinero es causa de división y discordia en tantas familias. ¡Qué momentos más delicados se viven a la hora de abrir el testamento y repartir lo que el padre o la madre ha dejado! Cuántas historias podríamos contar todos.
Hermanos, a más dinero más felicidad.  No es verdad.
Saquemos este demonio de nuestro corazón.

Al escribir la Sagrada Escritura, los Libros Sapienciales, que son la Sabiduría que ha alcanzado el pueblo de la Alianza, como aquel Sabio que pedía dos cosas antes de morir, he llegado a decir a los alumnos en clase que para ser sencillamente felices en esta tierra, necesitamos tres cosas:
- Un Dios en quien creer.
- Una casita en que vivir y compartir.
- Y una misión que cumplir.
Un Dios en quien creer. Sin Dios el mundo se rompe y nosotros nos rompemos con el mundo.
Una casita para vivir y compartir. Y, al decir, una “casita”, que no es un palacio, decimos simultáneamente tres cosas: una casa nuestra que nos cobije; un amor, pues no se puede vivir sin ser amado y amar; un trabajo que nos taiga a la mesa el pan de cada día.
Y una misión que cumplir: mi vida, en un humilde servicio, es un don a la humanidad, y esto me hace feliz (estas mismas hojitas que estoy escribiendo a alguien le harán algún bien; es una misión).

2. Siguiendo en busca de la felicidad, los humanos buscamos el placer pasajero como fuente de felicidad. Placer que fácilmente lo identificamos con los placeres de la carne.  La carne, sin duda, da placer, porque es el placer del ser, del ser personal; pero si en el placer de la carne no se funden persona y persona, es decir corazón y corazón, ese es un placer quebrado en sí mismo, y, al final, se vuelve contra uno.
El atractivo misterioso del sexo, que Dios lo puso en el mismo momento de la creación cuando le presentó a Adán como esposa a Eva, la Mujer, lo llevamos dentro, como anhelo germinal de unión, de fusión y de transcendencia. Cuando se lo saca de esta órbita, el sexo placentero resulta, al fin, fruta amarga, sin la sazón que le correspondía.
En una palabra, un sexo sin amor, no puede dar la felicidad.
Y otras experiencias semejantes de placer, que prometen la felicidad: una borrachera que termina simplemente en borrachera, en vez de dar placer, deja una herida de humillación: la sensación de haber pedido la propia dignidad.
Y eso mismo, a niveles más profundos y envolventes, es la droga, que hace estragos en las aspiraciones más hermosas del corazón humano.
La vía de esos placeres inmediatos, placeres de fácil mercado, no nos abre la puerta de los placeres superiores, a los que estamos destinados, placeres que son profundamente humanos, placeres de alta calidad, que son un aura del cielo: placeres de la estética, placeres de la ciencia, placeres que los que van en busca de nuevas metas de la humanidad. Son placeres que nos dan alas, y a los que les viene la palabra del salmo: “…en la vejez seguirá dando fruto | y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, | mi Roca, en quien no existe la maldad” (Sal 92/91, 15-16).

3. El poder parece otra fuente de placer, acaso más sutil, pero no menos esclavizadora. Acaso desde el poder haya que explicar la figura de la tentación de Adán y Eva, el cataclismo que se produjo en su corazón. “La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».” (Gn 3,4-5).
El poder te hace déspota a nada que te descuides, y el poder te hace servil cuando hay otro más poderoso que tú al que tienes que rendir pleitesía. El poder está lleno de engaños y cobardías, de miedos ocultos, de miserias y esclavitudes. El poder, que parece que te engrandece y parece aumentar tu personalidad a medida de tus vasallos, te puede envilecer.
El poder te puede debilitar ante la verdad. “Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César” (Jn 18,15). Pilato “sabía que se lo habían entregado por envidia” (Mt 27,18). Pilato, por razones de estado, firmó una sentencia de muerte, sentencia injusta. El Poder pudo contra él.
No le hizo feliz. Se lo advirtió su mujer: “Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él»” (Mt 27,19).


3. Solo Dios es mi felicidad, punto de partida y punto de llegada

En este mareo del corazón humano está claro, al fin, de que ni por el camino del tener, del placer o del poder hemos de hallar lo que buscamos. Pero ese anhelo de felicidad, inherente al ser, no es un engaño. Si existe el deseo, tan cierto como la presencia de ese anhelo es la posibilidad de que se realice.
Cuál es exactamente ese anhelo, es lo primero que hay que definir. Y luego, dónde y cómo se alcanza lo que ese anhelo reclama.

1) El Gran deseo, sembrado por Dios en el corazón humano
El año pasado, en la solemnidad de San Pedro, el Papa Francisco escribió una constitución apostólica (documento de máxima categoría) dirigida a las monjas de vida contemplativa, definiendo su vocación en la Iglesia y los medios para protegerla y fomentarla.
Y comenzaba hablando precisamente de esto. Es una reflexión dirigida no solamente a ellas, sino a todos nosotros. Es bueno traerlas aquí, a nuestro conocimiento.
El ser humano ha nacido con un anhelo irresistible de Dios. No hay poder, no hay cultura, no hay ningún agente exterior al hombre que lo pueda borrar. Está ahí dentro, porque Dios lo ha puesto. Y tenemos que descubrirlo y valorarlo. Meterse por esa ruta es meterse por el camino de la felicidad.
Escuchen, pues, estos párrafos del comienzo de la citada constitución:

 “La búsqueda del rostro de Dios atraviesa la historia de la humanidad, llamada desde siempre a un diálogo de amor con el Creador.[1] El hombre y la mujer, en efecto, tienen una dimensión religiosa indeleble que orienta su corazón hacia la búsqueda del Absoluto, hacia Dios, de quien perciben la necesidad, aunque no siempre de manera consciente. Esta búsqueda es común a todos los hombres de buena voluntad. Y muchos que se profesan no creyentes confiesan este anhelo profundo del corazón, que habita y anima a cada hombre y a cada mujer deseosos de felicidad y plenitud, apasionados y nunca saciados de gozo.
En las Confesiones, San Agustín lo ha expresado con claridad: «Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti».[2] Inquietud del corazón que brota de la intuición profunda de que es Dios el que busca primero al hombre, atrayéndolo misteriosamente a sí.
La dinámica de la búsqueda manifiesta que nadie se basta a sí mismo e impone encaminarse, a la luz de la fe, por un éxodo del propio yo auto-centrado, atraídos por el rostro de Dios santo, y al mismo tiempo por la «tierra sagrada del otro», [3] para experimentar una comunión más profunda.
Esta peregrinación en busca del Dios verdadero, que es propio de cada cristiano y de cada consagrado por el Bautismo, se convierte por la acción del Espíritu Santo en sequela pressius Christi, camino de configuración a Cristo Señor, que la consagración religiosa expresa con una singular eficacia y, en particular, la vida monástica, considerada desde los orígenes como una forma particular de actualizar el Bautismo” (Papa Francisco, Const. Apost. Vultum Dei quaerere, 29 junio 2016, núm. 1).
Dice un salmo: “Oigo en mi corazón: | «Buscad mi rostro». | Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro” (Sal 27/26, 8-9).

2) El que lo busca lo encuentra, y al encontrarlo, encuentra la felicidad
Jesús nos dijo en el Evangelio de una manera categórica y reveladora. “Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre” (Lc 11,9-10).
Se trata nada menos que de esto: de buscar a Dios y de encontrar a Dios. Todo el que lo busca lo encuentra, en el momento y del modo que Dios quiera.
De manera que tarea nuestra de la vida es buscar a Dios. Tarea suya es la de dejarse encontrar, revelársenos en el fondo del corazón. Es gracia que se promete a todos, absolutamente a todos sin exclusión: Por la misericordia de Dios. absolutamente a todos se nos da la garantía de que hemos de encontrarlo.
No estamos hablando de que el que busca a Dios se va a hacer católico, ni siquiera cristiano. El que busca a Dios lo encuentra. Los caminos de la Providencia de Dios no los vamos a dictaminar nosotros; esto sería blasfemar el santo Nombre de Dios. Dios es infinitamente más grande que nuestra propia religión, en la que creemos como religión revelada por el amor y la misericordia del Padre.
Esta palabra de Jesús nos lleva a abrir el corazón al infinito y a hacer un acto de abandono total en la misericordia de Dios, de la que confiesa la sagrada Escritura: porque es eterna su misericordia.
Y, al encontrar a Dios, nos encontramos a nosotros mismos y encontramos la vida.

2) El encuentro del amor como encuentro de la vida        
Otra vez bajamos al fondo del ser humano para descubrir que hemos nacido del amor para el amor. Tampoco aquí Dios, nuestro Padre, nos engaña.
El ser humano – hombre o mujer, es igual – necesita el amor como el pan de cada día. Dios lo ha creado para eso.
Pero de nuevo pueden chocar nuestros planes con el plan de Dios. Yo quisiera que el amor cruzara por mi vida de esta y esta manera, porque el amor es la suprema realización del ser. Por luz divina he de aceptar que los planes de Dios pueden interferir los nuestros y ser distintos. Hay tantas solterías aceptadas y no queridas… Hay tantas traiciones – tantas, tantísimas – sufridas y nunca buscadas… Hay tantas vidas rotas, humanamente rotas…, que Dios no las ha querido rotas.
¿Es que el amor se ha truncado? ¿es que la promesa de Dios ha sido una promesa engañosa? De ninguna manera. San Pablo, judío, que vio cómo su pueblo no alcanzó a Cristo, dijo: “los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).
Así ocurre con el amor, clave de la existencia…
Dios hará su obra como Él lo quiera; pero no queramos que nuestros planes intercepten los suyos.
El que ha nacido para el amor encontrará el amor, como Él lo quiera… De hecho, un acto de la dulzura del amor de Dios a nosotros vale más que todos los amores que nos puedan prodigar los humanos, aunque ciertamente que a Dios le place favorecernos y acariciarnos con el hallazgo del amor más noble.
Hágase en todo su voluntad, como se hizo en su Hijo amado Jesucristo.


4. Nuestra oración con un salmo: Salmo 73 (72).

Dios apacigua el corazón. En la búsqueda del rostro de Dios salen al paso no pocas dificultades; pero, al final, Dios triunfa. Vayamos a los salmos. Nuestras vidas se agitan; al final, Dios, solo Dios

25 ¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
 26 Se consumen mi corazón y mi carne;
pero Dios es la roca de mi corazón y mi lote perpetuo.
 27 Sí: los que se alejan de ti se pierden;
tú destruyes a los que te son infieles.
 28 Para mí lo bueno es estar junto a Dios,
hacer del Señor Dios mi refugio,
y contar todas tus acciones
en las puertas de Sión. (Salmo 73/72)

Guadalajara, lunes de la IV semanas de Cuaresma,
27 marzo 2017

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