Hablemos de la Virgen María
en la Anunciación del Señor
Hoy he viajado de Guadalajara, Jalisco, rumbo a Ciudad de México. Largas
horas de carretera, entre soñoliento y despierto, con ratos para todo. Y hasta
el tiempo me ha cundido para ofrecer un ramo a María, un Himno en la Anunciación,
que brindo a los queridos lectores.
El firmante que esto escribe publicó el año pasado - ¡gran ilusión desde mi
adolescencia! – un libro sobre la Virgen, que en este caso es un Himnario con
96 himnos marianos: La Madre de mi Señor:
Himnario de la Virgen María
(Ediciones San Pablo, México). Claro que lo recomiendo con toda mi alma, si
bien la mención aquí traída no es por afanes publicitarios sino por algo
distinto, por la verdad del asunto.
María es el nervio de la fe, por cuanto que su persona – opus gratiae, opus gloriae, opus pulchritudinis
et amoris – es la confluencia en una criatura de lo divino y lo humano.
Pero esto sería entrar en una clase de teología, de alta teología. Endiosar a María
es sencillamente profanar su misterio; decir que María era una “mujer normal” y
que su matrimonio con José era un “matrimonio normal”… es no decir nada, como
hablar sin haber leído las santas Escrituras.
Los santos Evangelios, en los estratos avanzados de los Evangelios de la
Infancia (Mateo y Lucas), llegan a una concepción espiritual de “La Madre de mi
Señor” que nos dejan sin palabras; y a esto se añade el Cuarto Evangelio. ¡A tanto pudo alcanzar ya en sus orígenes,
por fuerza de la resurrección del Hijo, la asimilación del pueblo fiel de la figura
de la Madre de Jesús…, de la Mujer de la Hora de Jesús!
Con el paso de los siglos se ha desarrollar una mística teología, que habrá
que purificar, y una piedad delicada, que en ocasiones se podría pensar que es
absorbente. San Juan Pablo II es un caso típico de la piedad que de niños se nos
enseñaba en los seminarios. Valga esta larga cita de sus escritos:
“Como
es sabido, en mi escudo episcopal, que es ilustración simbólica del texto
evangélico recién citado, el lema Totus tuus se inspira en la
doctrina de san Luis María Grignion de Montfort (cf. Don y misterio, pp.
43-44; Rosarium
Virginis Mariae, 15). Estas dos palabras expresan la
pertenencia total a Jesús por medio de María: "Tuus totus ego
sum, et omnia mea, tua sunt", escribe san Luis María; y traduce:
"Soy todo vuestro, y todo lo que tengo os pertenece, ¡oh mi amable Jesús!,
por María vuestra santísima Madre" (Tratado de la verdadera devoción a
la santísima Virgen, 233, Editorial Esin, S.A., Barcelona, 1999, p. 150).
La doctrina de este santo ha ejercido un profundo influjo en la devoción
mariana de muchos fieles y también en mi vida. Se trata de una doctrina
vivida, de notable profundidad ascética y mística, expresada con un estilo
vivo y ardiente, que utiliza a menudo imágenes y símbolos. Sin embargo, desde
el tiempo en que vivió san Luis María en adelante, la teología mariana se ha
desarrollado mucho, sobre todo gracias a la decisiva contribución del concilio
Vaticano II. Por tanto, a la luz del Concilio se debe releer e interpretar hoy
la doctrina monfortana, que, no obstante, conserva su valor fundamental. (Carta
del Santo Padre Juan Pablo II a la familia monfortana 8 de diciembre de 2003,
solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María).
Por circunstancias, y como preparación
espiritual a esta fiesta – Anunciación del
Señor, fiesta de Jesucristo y de la Virgen – he leído dos documentos muy
significativos en torno a la Virgen María: la encíclica Ad diem Illum laetissimum (2 de febrero de 1904) de S. Pío X para celebrar los
50 años de la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción (1854) y la
encíclica de Juan Pablo II Redemptoris
Mater (25 de marzo de 1987, hace precisamente 30 años).
Documentos altamente teológicos, pero no
menos documentos retrato de una piedad filial ardentísima a la Virgen María de
quienes los han escrito…
Volviendo, pues, a ese ramo de flores a la
Virgen María de esta tarde. He aquí unas aspiraciones que, si pueden servir
para orar, me felicito… Teología y piedad que quieren unirse por la gracia de
Dios.
ANUNCIACIÓN
I
Hágase, dijo María:
yo me entrego y abandono;
soy Esposa del Espíritu,
reciba mi cuerpo todo,
en el Hijo del Altísimo
de mi flor bello retoño.
II
Cielo y tierra aquí se juntan
en íntimo desposorio;
una mujer brinda el tálamo
a Dios todopoderoso;
sea la luz, e ilumine
la vida que ahora acojo.
III
Tras el anuncio y el sí
María fue Theotókos,
intacta Virgen y Madre
en purísimo despojo,
y en fe de la Humilde y Pobre
selló el Señor su tesoro.
IV
El camino inmaculado
era silencio precioso;
el afán de cada día
trabajo, pena y decoro;
mi Jesús, Dios humanado
ser humilde era su modo.
V
Y hasta mi historia ha llegado
el sí que sonó sonoro;
yo soy hijo de María,
de su dolor y su gozo,
que un cuerpo no se divide
y en Jesús soy uno solo.
VI
¡Dulces misterios de amor,
que en mi corazón adoro!
Retorne la Encarnación
a la gloria de su trono:
¡Gloria a Dios eternamente,
¡Amor misericordioso! Amén.
(De
viaje, 24 marzo 2017)
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