Jesús rompía a la vida
Canto a la unidad del Cuerpo de
Cristo
Diríase que, vista la unidad filosóficamente,
teológicamente…, la unidad es un proyecto en sí mismo imposible. La capacidad
de pensar del entendimiento humano, por ser limitada, es siempre múltiple,
cambiable. El hombre piensa viendo las partes, los perfiles. Por su capacidad
finita no puede pensar el “todo”; el todo solo lo puede pensar Dios, o el ser
humano deificado, al llegar a su meta.
Hoy valoramos el pluralismo – de
pensamiento, y por ende de acción – como un axioma de vida; una democracia,
para ser tal, debe ser una democracia de partidos. Pero al mismo tiempo y con la
misma rotundidad afirmamos que “unidad” no es “uniformidad”. Late un problema
escondido.
En las cartas apostólicas se nos llama a
la unidad: “10 Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que
digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien
unidos con un mismo pensar y un mismo sentir” (1Cor 1,10); invitación no menos
apremiantes de Filipenses: “manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y
un mismo sentir” (Flp 2,2).
La unidad tiene dos imágenes: La Unidad perfecta
es la Trinidad originante; y Unidad es el hombre en su destino perfecto y
último, cuando Dios sea “todo en todos”: entonces sí existirá la unidad.
La Unidad por su propia naturaleza es el estado
pascual de Cristo, al que todos aspiramos. Estas son nuestras convicciones (en
cuanto alcanza nuestra iluminación de fe) y esta es la unidad a la que aspira
la Iglesia, que se visibilice ya actualmente como de modo tan apremiante ha pedido
Jesús: Padre, que todos sean uno, como Tú en Mí y Yo en Ti (Jn 17,11.21x2.22).
Es una unidad circulatoria en plena vida, a la que aspira la Iglesia.
En el rito bizantino según la liturgia de
san Juan Crisóstomo, después de la comunión de los fieles, el sacerdote ora:
“Oh, nuestra santísima Pascua, Cristo, Sabiduría, Verbo y Poder de Dios, haz
que podamos participar en Ti de manera más perfecta, a la luz inagotable de tu
Reino por venir”.
La liturgia, la “copa de lso misteriso”
(S. Ireneo), es una aspiración irresistible hacia la Unidad del Cuerpo glorioso
de Cristo.
Hoy Oriente y Occidente no nos sentamos en
la misma mesa – ¡oh dolor! – pero la unidad, auque no sea visible y plena, ya
está hecha en el Cuerpo Resucitado de Cristo. Por eso: “En caso de
necesidad, o cuando lo aconseje una verdadera utilidad espiritual, y con tal de
que se evite el peligro de error o de indiferentismo, está permitido a los
fieles a quienes resulte física o moralmente imposible acudir a un ministro
católico, recibir los sacramentos de la penitencia, Eucaristía y unción de
los enfermos de aquellos ministros no católicos, en cuya Iglesia son
válidos esos sacramentos” (Canon 844,2).
1. Jesús rompía a la vida
y era uno en cuerpo y
alma;
el ser de Dios, Uno y
Trino,
su ser todo unificaba.
2. Y la historia que
traía,
metida en sus puras
llagas,
era la historia de Adán
y toda la historia humana.
3. La unidad de una
familia,
antes rota y ahora sana,
que al Padre Dios ofrecía
cual regalo de su Pascua.
4. El amor que todo une,
más allá de las palabras,
era el triunfo esplendoroso
en su carne inmaculada.
5. ¡Marana-tha, ven Señor!,
que nos duele la tardanza,
que queremos una mesa
que es una tu Pascua
santa.
6. La copa de los
misterios
hoy se eleva iluminada:
es tu copa de alegría,
es neustra paz y
esperanza. Amén.
Madrid,
Jesús de Medinaceli, V Domingo de Pascua, 10 mayo 2020.
Sí, Jesús, Verbo Encarnado, ¡Resucitado!: haz que podamos participar en Ti de manera más perfecta..., para cumplir tu deseo de que todos seamos Uno, como el Padre está en Ti y Tú en el Padre.
ResponderEliminar