Si él viniera y yo quisiera
Soliloquio de las tres apariciones
Yo quisiera que Jesús Resucitado se me
apareciera… Yo quisiera unas estas unas apariciones como las del Evangelio.
Quisiera, para comenzar, tres apariciones: Que Jesús se me aparezca cuando
celebro la Eucaristía: que lo vea, que lo toque, que lo guste. La segunda, que algún
día se me aparezca leyendo la Biblia. La tercera, que se me aparezca en los hermanos,
que lo vea a él, entre los hermanos de casa (que un día un superior me dijo: “La
cruz estará donde tú estés”) o entre mis hermanos, la gente en general, o
la gente de los pobres…
Para que Jesús se me aparezca hace falta
dos cosas:
1) Que el Padre le conceda a su Hijo la
gracia de aparecerse (que ahora llaman también “manifestarse”) a mí.
2) Y que yo esté dispuesto a recibirle.
Pedro, en casa de Cornelio, dice: “Dios lo
resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse [de aparecerse,
traduce la Biblia de Jerusalén], no a todo el pueblo, sino a los testigos
designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su
resurrección de entre los muertos” (Hech 10,40-41). Vayamos al texto griego,
recogido al máximo en la versión de la Nova Vulgata.
En esta visión bíblica, las apariciones de
Jesús las “organiza” el Padre, según su querer y providencia. La palabra
esencial es que Dios “da”. Es un “don” a la Iglesia que Dios “da”, y cuyo
destinatario primero es Jesús. Lo primero, por tanto, es que Dios quiera, que
Dios tenar esta disposición.
Y lo segundo es que yo quiera recibir el
don.
Si él viniera y yo
quisiera
¡cómo lo agradecería…!
Que viniera al
descubierto
dentro de la Eucaristía.
Si él viniera de repente
con su luz y poesía,
cuando un día me
encontrara
rebuscando en Isaías…
Y otro día se quitara
de quien vivo en compañía
la cara que no me gusta,
y ver la que yo quería…
Esas tres apariciones
como en el Huerto a
María,
voy buscando, voy
buscando…
a ver cuándo llega el
día.
Mi Jesús Resucitado,
cómo yo te gozaría,
con mis ojos, con mis
manos,
con los besos que daría…
Pequeño de poca fe,
- Jesús adentro decía –
que muy otra aparición
te estoy dando en
demasía.
La fe regalo del cielo,
en la prueba bien
cernida,
la fe que es fidelidad,
abierta a la Parusía…
Sacramento de la Pascua
y luz que a la Iglesia
guía
es la fe de la alborada
o la fe de mediodía.
La fe del atardecer,
la fe de la noche fría,
la fe e mi hogar casero,
la fe sencilla, la mía.
¡Cómo quisiera, Jesús,
que esa fe fuera fe viva,
la fe de la espera fiel,
la fe pura sin mancilla!
Es lo que ahora te pido,
una fe luminosísima,
sabrosa como un banquete,
dulce como una caricia.
La fe en la Resurrección,
que mi alma necesita,
fe del vidente creyente
del que en silencio
suspira.
¡Vive y reina Jesús mío,
saberlo es mi sola dicha;
olvidaré lo demás…,
Jesús, Jesús de mi vida!
Amén.
Sábado
de la VI emana de Pascua, en espera de la Ascensión (Domingo de la Ascensión),
23 mayo 2020.
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