Jesús,
el Padre, el Espíritu y nosotros
Jn 14,15-21
Texto evangélico:
15Si me amáis, guardaréis mis
mandamientos. 16Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito,
que esté siempre con vosotros, 17 el Espíritu de la verdad. El mundo
no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo
conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros.
18No os dejaré huérfanos, volveré a
vosotros. 19Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me
veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. 20Entonces sabréis que
yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 21El que
acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado
por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
Hermanos:
1. El Evangelio, como Palabra y Noticia que nos llega de
parte de Dios, siempre tiene que presentarse ante nuestra mirada atónita, ante nuestros
oídos atentos, como sorpresa y maravilla, como algo que nos resulta, en su
novedad, como lo más deseable e interesante. El Evangelio es para esta vida,
para esta historia, para este auditorio. Al sentarme y reflexionar para escribir
y pronunciar esta homilía, mirando a los ojos de Cristo, así lo pienso. Si no
tuviera esta convicción, me retiraría de dar esta palabra que sería, si no, un
fraude para mí y para aquellos a quienes me dirijo.
Hoy Jesús nos habla de otro Consolador, otro Paráclito. Y nos
habla igualmente de su relación con el Padre, que anhela que sea la nuestra
propia. Todo ello, introducido por una primera consigna: Si me amáis,
guardaréis mis mandamientos.
Todo esto, hermanos, dicho en un clima muy especial, en ese
Cenáculo, donde suenan palabras de despedida, y promesas, con un lenguaje
mistérico, introducidos en un aula divina de iniciados. Al reflexionarlo para
decirlo, cruza por mi mente una sombra fatídica: Pero todo esto ¿es algo real e
interesante, o es, más bien, un coloquio supra terrestre que nada tiene que ver
con lo que estamos viviendo.
2. Lo que estamos viendo es ese virus mortal, que ha
conquistado el mundo, y que día a día va llenando los periódicos de
estadísticas de terror. Lo que estamos viendo es un panorama desolador de
semanas sin trabajo y producción, con una perspectiva incierta, que, hoy por hoy
nadie puede despejar. Lo que estamos viviendo, en fin, es una discusión
política llevada al parlamento, donde, salvando una cortesía de formas y
reverencias convencionales, escuchamos un lenguaje que suena a un tiroteo
cuerpo a cuerpo. El que escucha piensa en su interior: alguno de ellos o de
ellas tendrá razón, con sus perfiles… Lo que sí es cierto y enormemente desagradable
es que hayamos dado curso de legitimidad a ese lenguaje agresivo e insultante,
que en el fondo hasta misteriosamente nos agrada, porque eleva el interés y el
mordiente de la discusión, es un virus para la convivencia. Y ese virus nos
contagia, al no expulsarlo como verdadero virus de convivencia.
3. Lo que escuchamos en el Evangelio, frente a ese debate de
parlamento, suena a lo que vulgarmente se llama “música celestial”. Es decir: Sigue
hablando, porque lo que estás diciendo no me interesa y no sirve para nada… La
estadística religiosa de España va de caída. En datos de este año, más del 40%
de una comunidad autónoma se profesaba no creyente; otra el 39%.
El Evangelio no se ha escrito para convencer a los no creyentes,
sino para alimentar y estimular la fe de los creyentes, y gozar de esta fe, en
la que nuestra vida entera adquiere nuevas dimensiones.
Desde aquí, hermanos, sigo mi reflexión.
4. Jesús nos dice que, si le amamos, guardaremos sus mandamientos.
Es un principio que no admite vuelta de hoja. Amar es obrar, y las obras
muestran el amor. Eso que quede ante la faz de todos; mejor dicho, que quede
claro y evidente, como satisfacción o reproche, ante mi propia conciencia.
Si yo amo a Dios, tienen que decirlo mis obras.
Él dio la vida por mí. Yo ¿por quién estoy dando mi vida, mi
tiempo, mis cualidades y talentos, mis ganancias…?
¿Quién es el prójimo para mí…? Si estas preguntas no se
responden con una espléndida y decidida respuesta, visible a los ojos…, mi
cristianismo se desvanece. Mi fe se apaga, y languideciendo…, languideciendo, a
lo mejor se apaga del todo… y paso a la estadística de los indiferentes, de los
agnósticos, de los ateos.
5. La postura que Jesús inculca no es esa. Él se va y está
pronunciando palabras de despedida. Nos da la seguridad de que no corta la
relación. Al contrario, la va a acentuar, pero de una manera mucho más
personalizada, más fuerte y resistente.
En el discurso que hoy llega a nuestros oídos nos dice que él,
desde el cielo, nos ha a enviar a otro Consolador y Defensor, a otro Paráclito.
Él ha sido fuerza, defensa y consuelo. En su nueva condición, no nos va a
abandonar, no nos va a dejar huérfanos; va a seguir, incluso más fuerte. Y la
comunidad de discípulos, que es la Iglesia, ayer y hoy va a tener la
experiencia de una fuerte presencia, que se llama el Espíritu de la verdad,
que lo van a recibir, que lo va a sentir, incluso que ya mora en el fondo del
corazón e los discípulos. Si no habitara ya, este lenguaje resultaría insulso y
absurdo.
La vida, hermanos, es mucho más, infinitamente más, que esos
parámetros de economía, de paro y de trabajo, que hoy se han modificado de modo
alarmante. La vida es presencia real de un Dios que nos ama, que está a nuestro
lado, que sabe lo que nos pasa, que lo deja en nuestro manos para que nosotros mismos
lo vayamos resolviendo.
6. Jesús nos habla directamente de vida y amor, y nada menos
que de amor de Dios. He aquí esta frase final de hoy: El que acepta mis
mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre,
y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
Amar a Jesús, mi centro y mi existencia; ser amado por Dios,
Padre amantísimo de Jesús, que lo ha llevado a la muerte por nosotros; tener el
amor, la conversación, la manifestación del Hijo de Dios…, hermanos, todo esto
no es música celestial.
Todo esto es experiencia y programa de vida que se nos
concede, para que nuestra vida, anclado en Dios, sepa lo que es vida, lo que es
energía y futuro.
Señor Jesús, peregrino y compañero de camino un día con
nosotros, hoy viviente en el cielo, tú nos prometes hacerte presente. Haz que
te veamos, y que al verte y experimentarte, veamos cómo la vida ha cambiado
completamente para nosotros, en paz, felicidad y sentido. Amén.
Madrid, desde Jesús de Medinaceli, jueves 14 de mayo de
2020.
Espíritu Santo, enciende nuestros corazones con el fuego de tu amor y, por tu gran misericordia, toca la voluntad de los que permanecen indiferentes a tu amor.
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