viernes, 15 de enero de 2021

1485. Domingo II, ciclo B – Jesús y nuestro anhelo de Dios

 

Jesús y nuestro anhelo de Dios
Jn 1,35-42



Texto evangélico:
    35
Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, 36 fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios». 37 Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. 38 Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». 39 Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.

40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; 41 encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». 42 Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo:
«Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».

 

Hermanos:

1. El Domingo pasado, al concluir las Navidades, celebrábamos el Bautismo del Señor, que era la teofanía de Dios en el mundo, un Evangelio que nos mostraba la identidad y misión de Jesús, sentido de nuestra vida.

Hoy y el próximo domingo, iniciando el ministerio público de Jesús, vamos a contemplar escenas de seguimiento, y en concreto la llamada de los primeros discípulos, que van a ser los apóstoles del Señor. Hoy guiados por san Juan, el Domingo que viene guiados por san Marcos, que va a ser el Evangelio de este año. Cada evangelista tiene sus toques especiales, que responden a la reflexión de fe que hicieron las primeras comunidades cristianas al recibir el mensaje de Jesús.

 

2. “Este es el Cordero de Dios” es el resumen del ministerio de Juan Bautista, que se retira para dar paso al que viene detrás de él. Ahora entra Jesús. ¿Qué buscáis?, es a la primera palabra de Jesús en el cuarto Evangelio. Una pregunta vivísima, que responde a una situación palpitante de vida, porque aquellos dos primeros discípulos, cuyos nombres vamos a saber eran hombres buscadores, y por ser buscadores están junto al Bautista.

Uno se llamaba Andrés, y su hermano era Simón, a quien Jesús le va a cambiar el nombre. A estos dos hermanos, los dos primeros apóstoles, la Iglesia de Oriente les tiene una devoción especial. A Andrés le da el título de “Protocleto”, que sería el “Protollamado”, el Primer llamado; a su hermano Simón le da el título de “Corifeo”, el que dirige la orquesta, el coro, significando de este modo la misión directiva que Jesús ha dado a Pedro.

Estos hombres, auténticos hijos de Israel, buscaba en la vida, y la respuesta fue Jesús.  Fueron y pasaron con él la noche; se quedaron con él aquel día. Para los judíos, ayer y hoy, el nuevo día comienza con la caída del sol. No sabemos lo que hablaron, ni lo que preguntaron ni lo que les dijo Jesús. Pero es que la respuesta a su búsqueda vital no era un programa, sino una persona.

 

3. Hermanos, la Biblia era para ellos un libro abierto. La Palabra de Dios hablaba, pero siempre queda una pregunta abierta: ¿Qué me está diciendo Dios a mí? ¿Qué quiere Dios de mi vida? Y lo mismo una homilía, si realmente es una palabra de vida nacida de la oración al contacto con la Escritura, debe dejar una pregunta abierta. Y esa pregunta no es: ¿Qué quiere decir este hombre, que parece que ha estudiado y habla, o que yo lo podría decir mejor de lo que él lo está diciendo? La pregunta no es esa, sino esta otra: ¿Qué es lo que me está diciendo a mí Dios, en este momento de mi vida, a través de este siervo suyo que en este momento ha tomado el micrófono y que, a lo mejor, yo tengo mis objeciones a lo que él va diciendo? ¿Qué es lo que me está diciendo?

Es curioso y lleno de sabiduría el ejemplo que hoy nos trae la primera lectura. El joven Samuel, que vive en el santuario local de Siló, escucha una voz por la noche: - “Samuel”. Se levanta y va al sacerdote Elí: - “Aquí estoy, porque me has llamado”. – “No te he llamado, hijo; vete a dormir”. Segunda vez, lo mismo. Y a la tercera, el sacerdote comprendió que era Dios mismo que estaba llamando al joven. Dice el texto sagrado:

 «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla Señor, que tu siervo escucha”». Samuel fue a acostarse en su sitio.        10 El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores: «Samuel, Samuel». Respondió Samuel: «Habla, que tu siervo escucha». 11 El Señor le dijo: «Mira, voy a hacer algo en Israel, que a cuantos lo oigan les zumbarán los dos oídos. (1 Sam 2,9-11). Comenzaba de este modo la vocación de Samuel.

 

4. Volvamos a la pregunta de Jesús: ¿Qué buscáis?- Una respuesta, que, aunque no se diga con los labios, la está diciendo la vida. No busco nada, porque no creo que haya nada que buscar. Pasarla bien, sacarle a la vida todo el jugo que pueda dar, disfrutar todo lo que pueda, y verlas venir. Triste respuesta que es real en la vida, pero que no lleva a ningún lado. - Otra respuesta, ya con palabra, que acaso pronuncie una persona mayor: No busco nada, porque ya estoy de vuelta en la vida. Tranquilidad, pasar el temporal y vivir lo mejor que se pueda. Ser feliz como una pueda, porque esto se va. Tampoco es  la respuesta correcta, porque esta resignación no es precisamente lo que va el entusiasmo que ha producido un encuentro.

 

5. Hermanos, tomando pie de esa palabra inicial de Jesús, tratamos de bajar al fondo mismo de la vida, para formular la pregunta por el sentido mismo de la existencia y mi postura en ella. ¿Qué sentido tiene la vida, mi vida, en esta descomposición mundial, que es la pandemia, que ha vuelto todo el mundo al revés, que nos ha llenado de incertidumbres y ha colocado en negro telón de cara al futuro? Lo único que busco es salir a flote, como pueda, y luego Dios dirá. Tampoco eso es demasiado ilusionante. Por el contrario, asomémonos a un hombre de fe y escuchémosle. A los veinte, a los cuarenta, a los ochenta años busco lo mismo: busco el rostro de Dios, como dicen los salmos, como dijeron los profetas.

Uno de aquellos buscadores era Simón, el hermano de Andrés. Simón tenía la vida hecha, no tenía nada que buscar: tenía su casa, tenía su negocio, tenía su mujer. No tenía nada que buscar. Pero he aquí cómo sigue y concluye este Evangelio que hemos proclamado: y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pe-dro)».

In creíble, hermanos, Dios es sorpresa, Dios es maravilla. Dios es siempre un proyecto para mí. La vida tiene un sentido, si yo se lo pregunto a Dios, mi Padre, que siempre tiene una palabra para mí.

Termino, hermanos, con una sencilla súplica al Señor:

Señor Jesús, tú dijiste: Buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá, pedid y recibiréis. Yo te pido con todo mi corazón: yo te pido con todo el corazón, que en todo momento y en esta edad tardía, encuentre y reencuentre el sentido de mi vida, para vivirla con el mayor gozo y esperanza, sabiendo que el sentido eres tú mismo. Amén.

 

Madrid, viernes, 15 de enero de 2021.

 

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