domingo, 24 de enero de 2021

1493. Oblación por la unidad

 Oblación por la unidad

Semana de la Unidad de los Cristianos (18-25 enero 2021). Semana que hace brotar del corazón los mejores pensamientos del amor. Y el amor es unitivo. Y el amor es la vocación del cristiano, es mi vocación. Los santos se han complacido en decirlo del modo que sea. Una cita al azar que encuentro hoy (día de San Francisco de Sales): “La caridad es un amor de amistad, una amistad de dilección, una dilección de preferencia, pero de preferencia incomparable, soberana y sobrenatural, que es como un sol en toda el alma para embellecerla con sus rayos, en todas las facultades espirituales para perfeccionarlas, en todas las potencias para moderarlas, y en la voluntad, como su sede, para residir allí y hacer que quiera y ame a su Dios sobre todas las cosas" (Tratado del amor de Dios: Oeuvres complètes, IV, p. 165).
    Hace 20 años tuve la oportunidad de dar unas clases sobre la Unidad de la “Iglesia en el Instituto de Teología Espiritual de Barcelona” (regido por don Pedro Farnés, a quien tanto estimo) y fruto de aquellos pensamientos y exposiciones fue un librito publicado en el mismo instituto: Oblación por la Unidad. Año 2001. (Puede verse reproducido en:

https://www.mercaba.org/Espiritualidad/Rufino/Cartel_Rufino.htm)

Allí escribíamos:
    “La propuesta de un ideal de vocación a la unidad

   La propuesta de una vocación a la unidad podemos describirla trazando diversos círculos, que los definimos con estas palabras:
   
- Abrazar con un corazón unificado a todas las religiones de la tierra
    - Abrazar con un corazón unificado a todos los cristianos
    - Abrazar con un corazón unificado a todos los hermanos/as de mi comunidad eclesial: mi diócesis, mi familia, mi familia religiosa, mi comunidad doméstica.
   - Abrazar con un corazón unificado a quien en mi trayectoria cristiana surja como acontecimiento de amor-amistad”.
    Volvemos sobre el tema, queriendo abrir caminos, que nos parecen caminos de Evangelio, según el querer de Dios.

I

Recordando palabras de la Escritura

1. La Unidad es la esencia de Dios. Es la verdad central de nuestra fe, y de aquí nace todo pensamiento; de aquí nace y aquí retorna. De tal manera que el misterio no es algo diferente de la misma unidad.

La “des-unidad”, la desunión, nace de la misma comunidad iniciada por Jesús, signo de la Iglesia toda que había de cubrir la carrera de todos los  siglos. Judas es el caso dramático de la comunidad rota desde el principio. “El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Tú lo has dicho» (Mt 26,23-35).  

Si a esta escena le damos un contexto humano, tratando de suponer lo que pasó, y lo que tuvo que ser antes de que pasara, entonces nos quedamos desolados. En aquella bonita fraternidad de Doce había, oculto, un nido de víbora, alguien capaz de disimular y dejar abrigar un odio explosivo.

A tanto había llegado la maldad que, siendo del grupo, tramó la traición con una hipocresía feroz, al grado de provocar esta escena: “Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?». Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo” (Mt 26,14-26).

Esta claro que la “desunión” que un día revienta en el grupo, ha reventado primero en el corazón, una desunión de tal calibre que terminó en el homicidio. El nudo final lo describe el mismo evangelista con estas palabras: “Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo: «He pecado, entregando sangre inocente». Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!». Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó” (Mt 27,3-5).

Esta situación trágica provoca preguntas que pasan de la conciencia de Judas al propio ámbito personal de Jesús:
    Jesús ¿no captó el misterio personal de esta vida, de este personaje, en el momento de la elección?
    Jesús ¿no pudo resolver esta situación de otra manera?

    Lo que pasa en una comunidad se intuye, ser percibe, se ve…, aunque no se diga, y se soporta, acaso con una montaña de silencio.
    En suma y resumen: la Comunidad Apostólica es la primera testigo de un drama que vuelve y se repite a lo largo de los tiempos en la Comunidad que le sucede.

    Y un primer dato de la evaluación es este: La desunión, que tiene un rostro exterior como ruptura de una amistad que compenetra los corazones, es, ante todo, un problemón del corazón humano en sí.

2. El caso de Judas podemos retrotraerlo a las primeras páginas de la Biblia: Caín y Abel. La vida de los dos hermanos tendría que haber sido el idilio de la amistad perfecta, ejemplo para todas las generaciones humanas. El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda; Caín se enfureció y andaba abatido. El Señor dijo a Caín: «¿Por qué te enfureces y andas abatido? ¿No estarías animado si obraras bien?; pero, si no obras bien, el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo». Caín dijo a su hermano Abel: «Vamos al campo». Y, cuando estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató” (Gen 4,4-8).

San Juan ha reflexionado sobre esta página, la primera página de la andadura humana después del Paraíso, y se hace esta pregunta que al resuelve con una determinada teología: “Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que procedía del Maligno y asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo asesinó? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas. No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1Jn 3,11-14).

El mismo evangelista, ha visto cómo la desunión es un cáncer que está dentro de la vida de la comunidad. “Hijos míos, es la última hora. Habéis oído que iba a venir un anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta de que es la última hora. Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros. En cuanto a vosotros, estáis ungidos por el Santo, y todos vosotros lo conocéis” (1Jn 2,18-20).

3. Las cartas de los apóstoles nos hablan de la Unidad de la comunidad como el supremo bien, como un ideal que debe condicionar o dirigir todo lo demás, dado que la Unidad no es otra cosa que la explayación última, la culminación, de la caridad. Pablo se postra ante la comunidad de Filipos y no encuentra palabras humanas para recomendar la unidad, y, al fin, apela al misterio supremo de Cristo: “Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,1-5).

En la teología del Cuarto Evangelio, la Unidad de la Iglesia, y consecutivamente y por extensión del mundo entero, es la suprema oración de Jesús: “No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn 17,20-23).

4. Escuchando el mensaje de estos textos, parece que podemos establecer varios axiomas para centrar varios puntos basilares de una espiritualidad de la Unidad

Primero: La Unidad es el supremo bien de la Iglesia, de la Comunidad de Jesús.

Segundo: La Unidad tiene un componente intelectual esencialmente unido a la fe: Poner a Cristo en el centro, aceptando su divinidad, o deshacer a Cristo, negando su divinidad, y hacer entrar entonces un Anticristo el que sea.

Tercero: La unidad, que es la fusión en el amor, tiene un componente esencial que estriba en el amor, y que radica en el fondo del ser humano.

Cuarto: El drama de la desunión pasa a ser acusa de Jesús de tal forma que este es el motivo concreto de su muerte (la traición por la desunión), es la ofrenda de su vida y es su súplica suprema.

II

La Unidad hoy en la Iglesia

Si desde este ventanal del mundo, que es la computadora, el ordenador, abro en busca de un mapamundi de las confesiones cristianas y de las religiones del mundo, al punto me voy a encontrar con un mosaico de piezas y de colores. Como información y curiosidad, vale; como criterio espiritual, estoy pinchando en falso.

Primer criterio: Las estadísticas no le sirven

5.  Vengamos a la Iglesia hoy. Cuando piensa en la Desunión de la Iglesia, piensa en el Cisma de Oriente y Occidente, consumado el 16 de julio de 1054, y hay que señalar una red de Iglesias separadas de Roma, autocéfalas y unidas entre sí en la comunión de fe y sacramentos: Constantinopla, Antioquía, Jerusalén, Rusia, Georgia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Chipre, Grecia, Albania, Polonia, República Checa y Eslovaquia, Iglesia ortodoxa en América, Ucrania. Con una población que va de 225 a 300 millones de fieles.

Cuando uno piensa en la ruptura de Lutero, de la recientemente hemos celebrado 500 años, habla de Luteranos, Anglicanos, Calvinistas, Bautistas, Metodistas, Evangélicos, Pentecostales…, un total de 800 millones de fieles. Si hablamos de estadística de los católicos, los números `puede decir que somos en torno a los 1.250 millones…

Todo esto son cálculos humanos. Obviamente los números de Dios, las estadísticas del cielo son completamente distintas. Desde aquí no puedo trazar una espiritualidad de la Unidad; no se trata de hacer un “planning” de conquista. Esto no es de Dios.

Segundo criterio: Las sorpresas de Dios en la historia

Esto disponiendo mi corazón para dar un paso adelante: mirar con la mirada de Dios. Escuchemos esta conversación del Papa Benedicto XVI con un grupo de sacerdotes, en un Encuentro, en Roma.

“Tenemos dos mil años de historia de la Iglesia, con tantos sufrimientos, incluso con tantos fracasos. Pensemos en la Iglesia en Asia menor, la grande y floreciente Iglesia de África del norte, que con la invasión musulmana desapareció. Por tanto, porciones de Iglesia pueden desaparecer realmente, como dice san Juan en el Apocalipsis, o el Señor a través de san Juan:  "Si no te arrepientes, iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero" (Ap 2, 5). Pero, por otra parte, vemos cómo entre tantas crisis la Iglesia ha resurgido con nueva juventud, con nueva lozanía.

En el siglo de la Reforma, la Iglesia católica parecía en realidad casi acabada. Parecía triunfar esa nueva corriente, que afirmaba:  ahora la Iglesia de Roma se ha acabado. Y vemos que con los grandes santos, como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, y otros, la Iglesia resurgió. Encontró en el concilio de Trento una nueva actualización y una revitalización de su doctrina. Y revivió con gran vitalidad. Lo vemos también en el tiempo de la Ilustración, en el que Voltaire dijo:  "Por fin se ha acabado esta antigua Iglesia, vive la humanidad". Y ¿qué sucedió, en cambio? La Iglesia se renovó. En el siglo XIX florecieron grandes santos, hubo una nueva vitalidad con tantas congregaciones religiosas:  la fe es más fuerte que todas las corrientes que van y vienen.

Lo mismo sucedió en el siglo pasado. Hitler dijo en cierta ocasión:  "La Providencia me ha llamado a mí, un católico, para acabar con el catolicismo. Sólo un católico puede destruir el catolicismo". Estaba seguro de contar con todos los medios para destruir por fin al catolicismo. Igualmente la gran corriente marxista estaba segura de realizar la revisión científica del mundo y de abrir las puertas al futuro:  "la Iglesia está llegando a su fin, está acabada". Pero la Iglesia es más fuerte, según las palabras de Cristo. Es la vida de Cristo la que vence en su Iglesia” (Benedicto XVI, diálogo con los sacerdotes, 31 agosto 2006).

Tercer criterio: un alma merece una vida

El Señor hizo comprender a los profetas: “Porque mis planes no son vuestros planes, | vuestros caminos no son mis caminos | —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, | así distan mis caminos de los vuestros, | y mis planes de vuestros planes” (Is 55,8-9).
    Es verdad, y le damos gracias al Señor de que él nos lo diga, y lo ponga suavemente en el fondo del alma.

    Nosotros planificamos con nuestros parámetros humanos, contando con criterios de marketing como “eficacia”, “tiempo”, “espacio”, y contando con estas herramientas queremos enseñorearnos del mundo. Yo quiero escribir, Yo quiero influir, Yo quiero dejar huella, Yo quiero cambiar el mundo, Yo quiero, Yo quiero, Yo quiero; en resumen: Yo…, Yo…, Yo…
    Y no se me ocurre decir: Yo quiero desaparecer para que otro brille por mí. Yo quiero el silencio para que otro hable por mí. Yo quiero el ocultamiento para que otro brille en vez de mí, y mejor: Solo brille Dios…

    Mientras me ponga Yo por delante nunca haré la Unidad. Si yo digo: Yo quiero ser el Pionero de la Unidad del mundo, supremo bien, ya he deshecho la Unidad, antes de comenzar.

   Otra vez torno a palabras de san Francisco de Sales, que, por casualidad, por providencia, han venido a mis manos, de una carta que escribía S. Juan Pablo II, antes aludida (23 – XI – 2002): “
El perfecto abandono en las manos del Padre celestial y la perfecta indiferencia por lo que respecta a la voluntad divina son la quintaesencia de la vida espiritual (...). Cualquier retraso en nuestra perfección proviene sólo de la falta de abandono, y ciertamente es verdad que conviene comenzar, continuar y concluir la vida espiritual a partir de allí, de la imitación del Salvador que realizó esto con una extraordinaria perfección, al principio, durante y al final de su vida” (Sermón para el Viernes santo de 1622:  Oeuvres complètes, X, p. 389).

En suma, una vocación a la Unidad de la Iglesia no requiere precisamente ni una estrategia especial ni un campo de operaciones privilegiado, sino simplemente haber comprendido:

1) Que la primera necesidad de la Iglesia no es la conversión del inmenso mundo pagano, que no conoce explícitamente al Dios verdadero.
    2) Que la primera necesidad de la Iglesia no son los pobres, preferidos de Cristo, de los cuales hemos de ser juzgados en el Día de la Verdad.
    3) Que la primera necesidad de la Iglesia no es acoger la secularidad, como signo de los tiempos, el dar paso a la Mujer en su plena dignidad – tan olvidada -, en entrar en la acción política, incluso diplomática, con la modernidad al compás de los cambios de los tiempos en el advenimiento de la nueva Era…

    4) Sino que la primera necesidad de la Iglesia es hacer la unidad en casa, en la familia, en los que creemos en la misma Palabra que se nos ha dado como fuente de vida, en los que compartimos la Pascua del Señor y esperamos su santo Advenimiento, y confesamos su Reino como ésjaton de la historia.
    5) Y todo ello humildemente en el ámbito sencillo, y seguramente silencioso, de mi vida.

III
La mística de la Unidad

Una espiritualidad de la Unidad es una mística de la Unidad. Aquí nos perdemos en absoluto. Y nadie puede presentarse como Doctor de los Secretos divinos. Nosotros, discípulos de Jesús, confesamos que el Dios de Jesús no es el Dios Padre – que sí lo es – sino el Dios Uno y Trino.

El Espíritu como que no existe en el ámbito experiencial de nuestra vida. El Padre sí, el Espíritu no, como si el Espíritu fuera un complemento de la Trinidad, que de ninguna manera lo proemos negar, pero que vivencialmente pudiéramos prescindir de él.
    Pero tampoco podemos hacer de Dios un “maremágnum” de ideas, porque la Unidad de Dios es la pura simplicidad.
    ¿Quién es Dios? ¿A quién me dirijo cuando oro a él, así en al Liturgia de las Horas? Al Padre por el Hijo en el Espíritu, dice la teología litúrgica…, recogiendo una frase paulina, pero sabiendo que no son Tres sino Uno.

    Pero esto que es un dogma para un cristiano, es una soberana herejía para un adorador del Dios Uno y Verdadero, Dios Santo, el solo Santo, el solo Todopoderoso, el de Cien Nombre inefables entre mis hermanos del Islam.
    Y estos hermanos, adoradores de Dios, van a pasar su vida sin haber conocido el misterio de Cristo, hijo de Dios. Yo habría sido uno de ellos, y mi Padre Dios, en su Providencia, acabo habría tenido a bien guardarme allí donde estaba…

Unos se rinde en adoración, la única actitud posible del ser humano, desde cualquier punto e la tierra y de la historia ante Dios. Mi ignorancia también es parte de mi adoración, y el Buen Dios del cielo me la recibe así, como oblación de amor. Y Él tiene medios para santificarme en mi ignorancia.
    ¡Un respeto infinito a ese Dios, único y verdadero! ¡A Él la gloria!
    Pero los que hemos recibido el conocimiento del Dios verdadero, entregado pro al muerte y resurrección de su Hijo, Jesucristo, ene l Espíritu Santo, seguimos en la acción, predicando al Señor, anunciándolo, con valor y gozo, a todas las gentes, según nos diere su gracia.

¡A Él toda la Gloria! Amén.

Madrid, en el domingo 24 de enero de 2021 (día conmemorativo de San Francisco de Sales).

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