viernes, 29 de enero de 2021

1496. Domingo IV, ciclo B – Jesús, el Santo de Dios, lanza al espíritu impuro

 

Jesús, el  Santo de Dios, lanza al espíritu impuro

Mc 1,21b-28

     Texto evangélico:

21 [En la ciudad de Cafarnaúm el sábado entró Jesús] en la sinagoga a enseñar; 22 estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. 23 Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: 24 «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». 25 Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!». 26 El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. 27 Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen». 28 Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea. 

Hermanos:
     1. El domingo pasado nos hablaba el Evangelio de la elección de los primeros discípulos, junto a la barca en el lago de Galilea. Siguiendo el texto, el mismo Evangelio nos presenta hoy la primera actuación de Jesús, y precisamente en la sinagoga de aquella ciudad, Cafarnaúm, lugar donde él se había establecido, centro comercial de la región. La escena nos presenta la victoria de Jesús, el Santo de Dios, contra el poder enemigo. Lo primero de todo anota el evangelista que Jesús llama poderosamente la atención por su forma de enseñar, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.       Cuánto nos hace pensar esta anotación a quienes, por misión de la Iglesia, tenemos el deber, la gracia y la dicha de llevar la Palabra de Dios a los fieles.

2. Hay un pasaje muy importante en el Antiguo Testamento, proclamado en la primera lectura de hoy, que se refiere a la misión del profeta en medio del pueblo de Dios. Dios dice a Moisés: “Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande. Yo mismo pediré cuentas a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá” (Deut 18,17-20). Son palabras muy serias, que se refieren a todas y cada uno de los profetas que hubo en Israel, y de un modo absolutamente excepcional a Jesús; y que hoy siguen refiriéndose a quienes en la Iglesia hoy predican – o predicamos – el Evangelio, diciendo que lo que anunciamos no es nuestro, sino palabra del mismo Hijo de Dios. Muy verdadero, y, al mismo tiempo, tremendamente serio.

3. Y estando en la sinagoga, cuando Jesús hablaba del reino de Dios, se produce una escena insólita y violenta. Un hombre sale al medio gritando como energúmeno: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios» Evidentemente no es él el que habla; habla el demonio por su boca. Y Jesús, tajante, sin discusiones, impone silencio: ¡Cállate y sal de él! Y ya hemos visto lo que pasó: Un alarido, un revolcón, y se marchó de aquella persona el demonio, ese que el evangelista en este pasaje, por tres veces lo ha nombrado y no lo ha llamado “el demonio”, sino “el espíritu inmundo”. 

Antes san Marcos nos ha dicho como el Espíritu empujó a Jesús al desierto, y cómo en el desierto durante cuarenta días fue tentado por Satanás, el Tentador. Nos muestra, pues, el Evangelio a Jesús como el Vencedor de Satanás, del espíritu inmundo, del maligno, del poder de las tinieblas, como si hubiese dos reinos y dos jefes: Satanás y Dios. Donde está Dios, no tiene nada que hacer Satanás; y donde está Jesús está Dios. ¿Era un enfermo este hombre? No dice el Evangelio que fuera un enfermo, sino un poseído por el espíritu inmundo.

4. La lucha y la victoria de Jesús con el demonio aparece tres veces de una manera muy descarada: en este episodio; en aquel suceso que luego refiere el mismo san Marcos del poseído por el espíritu inmundo que andaba por los sepulcros. El espíritu era una Legión y los espíritus pidieron que les mandara a los cerdos, arrojándose ellos mismos en el mar.  Otro episodio, al bajar del monte de la Transfiguración: Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no lo deja hablar; y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen y no han sido capaces (Mc 9,17-18).

Hermanos, estamos tocando uno de los puntos más difíciles de interpretación del Evangelio: Jesús y los demonios. ¿Qué pensaba Jesús del demonio, de los demonios, de Belzebú, príncipe de los demonios? ¿Cómo actuaba frente a ellos?

Parece que estas cosas pertenecen a una cultura primaria, que no hay que hablar de ellas, que hay que ignorarlas, porque el mundo tiene que funcionar con la ciencia, no con esas extravagancias, que son propias de psiquiatras.

La verdad es, hermanos, que en al Iglesia Católica existe un Ritual de exorcistas. El sacerdote designado para ello, antes de entrar en acción, ora al Señor diciendo con mucha humildad:

“Señor Jesucristo, Verbo de Dios Padre, Dios de toda criatura que diste a tus santos Apóstoles la potestad de someter a los demonios en tu nombre y de aplastar todo poder del enemigo; Dios santo, que al realizar tus milagros ordenaste: “huyan de los demonios”; Dios fuerte, por cuyo poder Satanás, derrotado, cayó del cielo como un rayo; ruego humildemente con temor y temblor a tu santo nombre para que fortalecido con tu poder, pueda arremeter con seguridad contra el espíritu maligno que atormenta a esta criatura tuya. Tú que vendrás a juzgar al mundo por el fuego purificador y en él a los vivos y los muertos. Amén”.

5. Hermanos, el satanismo existe; las misas satánicas existen; los pactos con el demonio existen…, y hasta se puede entregar el alma al demonio. Pero el demonio no tiene ningún poder maléfico sobre el mundo. El demonio no puede actuar, si Dios no se lo permite. Y si yo, humildemente como hijo, confío en Dios, mi Padre, bien puedo pensar que jamás el demonio me va a hacer ningún mal.

Pero el mal y el poder de las tinieblas circula. Jesús nos llamó “hijos de la luz” (Lc 16,8; Jn 12,36). Y como hijos de la luz podemos caminar con serenidad y paz en este mundo.

Concluimos orando:

Señor Jesús, por el bautismo, tú me hiciste hijo de la luz, hija de la luz; que mi vida resplandezca ante tu presencia, y muestre al mundo que tú eres el vencedor de todo mal. Amén.

Madrid, viernes, 29 enero 2021.

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