sábado, 14 de agosto de 2021

1642. María Asunta al cielo, junto a su Hijo

 

María Asunta al cielo, junto a su Hijo
Lc 1,39-56


Texto evangélico:
    
En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
    María dijo:

     «Proclama mi alma la grandeza del Señor,

   se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

   porque ha mirado la humildad de su esclava.

   Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

   porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: | su nombre es santo, 

y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: | dispersa a los soberbios de corazón,

derriba
del trono a los poderosos | y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
| y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres— | en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa.

 

Hermanos:

1. Quiero comenzar esta homilía, expresando la fe que estamos celebrando con las palabras del Concilio Vaticano II, que, al expresar estos misterios, nos habló así:
    “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte” (Lumen Gentium, 59).

Y más abajo dirá el mismo Concilio: “Mientras tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 P 3,10)” (Lumen Gentium, 68).

En fin, la última frase de la constitución conciliar que estamos citando, suena así: “Ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad” (Lumen Gentium, 69).

2. Todo esto es para que, sintiéndonos de una inmensa alegría y agradecimiento, demos gracias y alabanzas a Dios, para prorrumpir como la Virgen María, según la hemos escuchado en el Evangelio: “Proclama mi alma la grandeza del Señor,      se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”.

Con fe serena e iluminada podemos decir firmemente:
- Todo cuanto ha acontecido en María es gracia.
- Todo cuanto ha acontecido en María proviene del manantial de vida infinito de su Hijo.

- Todo cuanto celebramos de la Virgen María redunda en alabanza y gloria de su Hijo.

En una palabra, María sin Jesús es nadie; maría con Jesús es todo, es la estrella de nuestra esperanza.

3. ¿Cómo sabemos que María vive y reina con su Hijo en el cielo? ¿Quién nos lo ha contado? Nadie nos lo ha contado. A ninguna revelación debemos creer. Sencillamente, a mediad que hemos ido leyendo y leyendo las santas Escrituras, hemos ido comprendido que, sin estar escrito con palabras, en la Pascua de Jesús hemos de leer la PASCUA de la Virgen María. Esa realidad del cuerpo glorificado la hemos de ver y experimentar un día en nosotros. En la Virgen María se ha dado ya, por la plena acomodación al triunfo pleno de su Hijo. En María se ha hecho realidad lo que se ha de realizar un día en nosotros.

4. María en el cielo es el triunfo de la humanidad redimida; es la estrella de nuestra esperanza; es la seguridad de nuestra fe, que nos dice que tras la oscuridad viene la luz, que tras el sufrimiento por el que todos tenemos que pasar, si somos fieles, tras el sufrimiento redentor viene la felicidad eterna.

En la noche de la Vigilia Pascua, que es la celebración principal del año, resuena la voz de Pablo contemplando a Cristo: “Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios” (Col 3,1-3). 
    Jesús nos dijo: “Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (M7,21). En realidad, la frase completa es así: “No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (vv. 19-21).

5. Hermanos, en la pandemia, que nos ha trastornado todo, pero igual antes y después de la pandemia hay una pregunta esencial en la vida: ¿Qué es el cielo para mí? ¿Cuáles son mis valores? ¿Qué es lo que queda y qué es lo que pasa…? ¿Dónde debo poner el corazón?

La Virgen María, que es nuestra Madre, está en el cielo. Aunque no la veamos con los ojos de la cara, sí que la podemos ver y sentir con el corazón. Ella es nuestra Madre; existe una verdadera comunicación entre el cielo. Una plegaria que elevamos al cielo no cae en el vacío.

Señor Jesús, tú has glorificado a tu Madre con tu propia gloria de Resucitado; te damos gracias. Ella es la estrella de nuestra esperanza; endereza nuestros pasos por el camino que lleva al cielo. Queremos hacer una vida de amor y de servicio, para encontrarnos un día en tu Pascua, que es la Pascua de tu Madre y nuestra Pascua. Amén.

Madrid, Jesús de Medinaceli, 14 de agosto de 2021.

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