Con el alma desgarrada
Durante tres días (lunes, martes, miércoles de la semana XXI), hemos leído en la misa las trágicas palabras de Jesús a los escribas y fariseos, a quienes lanza la terrible amenaza. “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!” (13, 13. 15. [16]. 23. 25. 27. 29). La palabra “hipócrita” en este contexto adquiere un sentido supremo de corruptor del mensaje revelado. Al grado que en este “desencuentro” con los guías de su pueblo, Jesús termina diciendo: ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres! (v. 32). Bien sabemos, por el mismo Evangelio, que no todos los escribas, no todos los fariseos eran así.
Ocurre, por otra parte, que hoy miércoles 25 de agosto, el Papa Francisco en la audiencia general ha continuado sus catequesis en torno a la Carta a los Gálatas, que inició el 23 de junio de 2021, y ha comentado el encuentro de Pablo en Antioquía, y ha hecho unas reflexiones sobre la hipocresía (cfr Gal 2,13). No ciertamente en el sentido final de Jesús en Mt 23, sino de esa “hipocresía” que con tanta facilidad se nos puede colar en la vida. Y ha dicho frases duras como esta: Particularmente detestable es la hipocresía en la Iglesia, y lamentablemente existe la hipocresía en la Iglesia, y hay muchos cristianos y muchos ministros hipócritas.
El eco espiritual del Evangelio ha nacido este poema suplicante.
Con el alma desgarrada,
cual si fuera enfurecida,
ha lanzado a sus hermanos
palabras jamás oídas.
Es el dolor del final,
como un fracaso de vida;
es el lamento ante el Muro
de piedra que no cedía.
¡Ay de vosotros, hipócritas!
era la dura diatriba
a piadosos fariseos
y a los muy doctos escribas.
Ellos la llave del Reino
tenían con su doctrina;
ni adentro ellos pasaban,
ni a los demás permitían.
Cumplidores que filtráis
un mosquito en la comida,
y os tragáis un camello
como un sorbo de bebida.
Eran dueños de la Ley
con perfecta hipocresía,
muy puros, muy observantes,
que hasta santos se sabían.
Por fuera tumbas brillantes,
artísticas a la vista,
por dentro, huesos podridos
que nadie los besaría.
Por fuera preciosa ánfora,
por dentro inmunda vasija,
una terrible advertencia
que en mi mente gira y gira.
Colmad en este inocente
vuestra ceguera y malicia,
que rechazado por unos
seré eterna profecía.
* * *
Perfecto de profesión
por la misión elegida,
me libre mi Dios piadoso
de caer en doble vida.
Quiero ser, mi Dios, verdad,
que nunca soportaría,
ser un ejemplo por fuerza
y por dentro una mentira.
Mas la misma religión
con prácticas repetidas
puede ser caparazón
que ahogue la fe sencilla.
No con muchas oraciones
el alma se purifica:
mi Dios amor no es de magia
ni a rezos se le conquista.
Mi Dios amor es pureza,
es transparencia infinita,
y a los sencillos y humildes
abre sus arcas divinas.
No quiere merecimientos
para comprar sus divisas,
su corazón lo da gratis,
como a su sierva María.
La prisa mata el amor,
la rutina lo acribilla;
arráncame de los dos
cuando celebro la misa.
Líbrame, Jesús amado,
de cualquier hipocresía,
y haz que sepa yo mirarme
como tú mismo me miras.
Y que yo quiera agradarte
con esta pobreza mía,
es de suprema valía.
Quiero ser sencillamente
quien tú me pensaste un día:
la
gracia de tu Evangelio
siendo
tú la parusía. Amén.
Madrid, 25 agosto 2021
(S. Luis Rey de Francia)
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