Para atisbar el Misterio
El texto, ayer iniciado, continúa y termina así:
15 Por eso, habiendo oído hablar de vuestra fe en Cristo y de vuestro amor a todos los santos, 16 no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones,
17 a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, 18 e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis
* cuál es la esperanza a la que os llama,
* cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos,
* 19 y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, 20 que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, 21 por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro. 22 Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo.
23 Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.
Para atisbar el Misterio
se me han roto las palabras,
y en el rumbo del silencio
he sentido la llamada.
Estaba escuchando a Pablo
en su esforzada gramática,
cuando quería decir
qué pedía y anhelaba.
Tres cosas del texto sacro
quería yo regustarlas,
en mi lengua y en latín,
también en griego intentaba.
El pensamiento divino
caía en nuestras palabras,
mas la vasija es pequeña
para aquella catarata.
¿Qué decía, pues, a Efesios
el apóstol, cuando oraba?
Se hundía en la Trinidad,
que bajara hasta su alma.
Que Dios, Padre de la gloria,
el Padre de la esperanza,
manifestara a su Hijo
en la luz en que se hallaba.
La esperanza que contiene
la vocación regalada:
todo mi Dios ahí esta,
mi Dios con toda su casa.
Todo mi Dios que me hizo,
todo mi Dios que me ama,
todo mi Dios que me espera,
todo mi Dios que me abraza.
La esperanza es mi futuro
y un presente que me lanza,
si es Jesús en quien espero
lo que espero es cosa dada.
La esperanza está en el cielo,
y en la tierra comenzada;
la esperanza diviniza
nuestra vida cotidiana.
Y qué riqueza de gloria
en lo que espero me aguarda,
que es comunión con aquella
para Cristo reservada.
Gloria, herencia de los santos,
que es de Dios participada,
comunión de santidad,
que del mismo Dios irradia.
Pero venid al poder
que resplandece en la Pascua,
el día nuevo del mundo,
que nace en la nueva alba.
Renacido con Jesús,
cuando el Viviente se alza,
y queda constituido
Cabeza de esta Morada.
El universo a la orden,
y la iglesia, esposa santa,
para ser el todo en todos,
pleroma que a Dios encarna.
Es mi destino muy cierto,
sin aguardar a mañana,
es la herencia que en el Hijo
el Espíritu me alarga.
Jesús de todos los dones,
peregrino en mi campaña,
tu corona para mí,
que ninguna otra me agrada. Amén.
Madrid, 18 agosto 2021, miércoles semana XX del tiempo ordinario.
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