Mi Dios en medio del mundo
Ayer (16 de agosto, lunes de la semana XX del tiempo ordinario) comenzábamos la lectura de la Carta a los Efesios (Oficio de lectura, ciclo bienal), que, tras el saludo, se abre así:
Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, | que nos ha bendecido en Cristo | con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo | para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos,
para alabanza de la gloria de su gracia, | que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
En él, por su sangre, tenemos la redención, | el perdón de los pecados, | conforme a la riqueza de la gracia
que en su sabiduría y prudencia | ha derrochado sobre nosotros, | dándonos a conocer el misterio de su voluntad:
el plan que había proyectado realizar por Cristo, | en la plenitud de los tiempos: | recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra” (Ef 1,3-10).
Me detuve en lo de “la plenitud de los tiempos:“in dispensationem plenitudis temporum, recapitulare omnia en Christo” (v.10). Y de este versículo ha nacido, meditativamente, este cantar de un Juglar de las santas Escrituras.
Mi Dios en medio del mundo
en el pleroma del tiempo;
olvídeme de la ciencia,
que sin salir estoy preso.
Es el tiempo de Jesús,
del Padre excelso decreto:
Cristo es el eje y sentido,
es plenitud y es el centro.
De amor estamos hablando,
hablando con este acento,
de alabanza de su gloria,
que es de Dios el firmamento.
Jesús es el Hoy del Padre,
su obra y total proyecto,
armonía de su casa,
y unidad del universo.
Y mi vida en él descansa,
en el ala de su tiempo,
soy en él su propio instante,
mis años son secreto.
Morir ahora o mañana,
dispóngalo en sacramento;
nací en su tiempo sagrado,
y cuando quiera a Él vuelvo.
¿Por qué tan breve estuviste
entre nosotros viviendo,
por qué cortaron tus días
apenas en sus comienzos?
¿Cómo aceptaste, Jesús,
en tus humanos deseos,
tener que acabar tan joven,
tú, soberano del tiempo?
Traías una misión
y juntaste compañeros,
y quienes fueron los tuyos
más que tú sobrevivieron.
No llegaste a plenitud
tú, la clave de los vientos,
tú que riges cielo y tierra,
el Kairós del Universo.
Y heme aquí yo, transitorio,
que he de morir, que es muy cierto,
sin memoria esclarecida
entre millones sin cuento.
Mi pequeñez me acobarda,
me turban mis pensamientos,
mi necedad se agiganta
cuanto más y más lo pienso.
Pero es hora de partir,
si miro a mi frágil cuerpo,
que un virus de microscopio
le puede al más corpulento.
Oh clara iluminación,
que es un divino destello
qué gran necio yo sería
si el amor por tiempo vendo.
Un puro acto de amor,
que es un segundo, un aliento,
vale más que mil edades
que alcanzara este sujeto.
El Cantar me lo confía,
si en paz y en amor lo leo,
que no se cambia el amor
por nada menor que ello.
Que no son los muchos años
los que dan la fama y sello;
es tu santa Voluntad
quien lo da sin merecerlo.
Vuelvo a Jesús anunciado
en la Carta a los Efesios,
y a ese Padre que me espera
en mis cantares contemplo.
Antes que el mundo creada,
ya nos veía “ab aeterno”,
porque pensaba en su Amado,
y en él nos pensó primero.
Nos eligió y nos creó
como corona del Verbo,
y a él le constituyó
la llave del tiempo entero.
¡Oh Jesús, Señor amado,
en ti yo vivo y yo muero;
seas tú mi sola crónica
en el tiempo venidero! Amén.
Madrid. Santa Beatriz de Silva, 17 agosto 2021
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