martes, 17 de agosto de 2021

1645. Mi Dios en medio del mundo. Juglar de cantares de las santa Escrituras

 

Mi Dios en medio del mundo

 

Ayer (16 de agosto, lunes de la semana XX del tiempo ordinario) comenzábamos la lectura de la Carta a los Efesios (Oficio de lectura, ciclo bienal), que, tras el saludo, se abre así:

Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, | que nos ha bendecido en Cristo | con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.

Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo | para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.

Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos,

para alabanza de la gloria de su gracia, | que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.

En él, por su sangre, tenemos la redención, | el perdón de los pecados, | conforme a la riqueza de la gracia

que en su sabiduría y prudencia | ha derrochado sobre nosotros,  | dándonos a conocer el misterio de su voluntad:

el plan que había proyectado realizar por Cristo, | en la plenitud de los tiempos: | recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra” (Ef 1,3-10).

Me detuve en lo de “la plenitud de los tiempos:“in dispensationem plenitudis temporum, recapitulare omnia en Christo” (v.10). Y de este versículo ha nacido, meditativamente, este cantar de un Juglar de las santas Escrituras.

 

Mi Dios en medio del mundo

en el pleroma del tiempo;

olvídeme de la ciencia,

que sin salir estoy preso.

 

Es el tiempo de Jesús,

del Padre excelso decreto:

Cristo es el eje y sentido,

es plenitud y es el centro.

 

De amor estamos hablando,

hablando con este acento,

de alabanza de su gloria,

que es de Dios el firmamento.

 

Jesús es el Hoy del Padre,

su obra y total proyecto,

armonía de su casa,

y unidad del universo.

 

Y mi vida en él descansa,

en el ala de su tiempo,

soy en él su propio instante,

mis años son secreto.

 

Morir ahora o mañana,

dispóngalo en sacramento;

nací en su tiempo sagrado,

y cuando quiera a Él vuelvo.

 

¿Por qué tan breve estuviste

entre nosotros viviendo,

por qué cortaron tus días

apenas en sus comienzos?

 

¿Cómo aceptaste, Jesús,

en tus humanos deseos,

tener que acabar tan joven,

tú, soberano del tiempo?

 

Traías una misión

y juntaste compañeros,

y quienes fueron los tuyos

más que tú sobrevivieron.

 

No llegaste a plenitud

tú, la clave de los vientos,

tú que riges cielo y tierra,

el Kairós del Universo.

 

Y heme aquí yo, transitorio,

que he de morir, que es muy cierto,

sin memoria esclarecida

entre millones sin cuento.

 

Mi pequeñez me acobarda,

me turban mis pensamientos,

mi necedad se agiganta

cuanto más y más lo pienso.

 

Pero es hora de partir,

si miro a mi frágil cuerpo,

que un virus de microscopio

le puede al más corpulento.

 

Oh clara iluminación,

que es un divino destello

qué gran necio yo sería

si el amor por tiempo vendo.

 

Un puro acto de amor,

que es un segundo, un aliento,

vale más que mil edades

que alcanzara este sujeto.

 

El Cantar me lo confía,

si en paz y en amor lo leo,

que no se cambia el amor

por nada menor que ello.

 

Que no son los muchos años

los que dan la fama y sello;

es tu santa Voluntad

quien lo da sin merecerlo.

 

Vuelvo a Jesús anunciado

en la Carta a los Efesios,

y a ese Padre que me espera

en mis cantares contemplo.

 

Antes que el mundo creada,

ya nos veía “ab aeterno”,

porque pensaba en su Amado,

y en él nos pensó primero.

 

Nos eligió y nos creó

como corona del Verbo,

y a él le constituyó

la llave del tiempo entero.

 

¡Oh Jesús, Señor amado,

en ti yo vivo y yo muero;

seas tú mi sola crónica

en el tiempo venidero! Amén.

 

Madrid. Santa Beatriz de Silva, 17 agosto 2021

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