Di paz a mis pensamientos
Al eco de la Asunción, volvemos de nuevo sobre la contemplación de este msiterio de gracia, al que todos estamos convocados como final de nuestra peregrinación. La gloria de la Virgen María, configurada con el misterio pascual de su hijo es el destino que nos aguarda. En la homilía recordábamos las palabras precisas con que el Concilio recodaba el misterio definido.
“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte” (Lumen Gentium, 59).
Lo que podríamos llamar “Mariología” (visión teológica del misterio de María) tiene múltiples vertientes, y ciertamente que en la espiritualidad de hoy se requieren recalcar aspectos que antes no se consideraban (Ver, por ejemplo [en Internet], Félix Javier Serrano Ursúa,SDB, María en el Documento de Aparecida, en Medellín 132 ( Dic. 2007) 551-568).
Las lecturas litúrgicas de la solemnidad nos han remitido a la constitución apostólica Munificentissimus Deus (1 noviembre 1950) con la que el Papa Pío XII definió el dogma mariano. Acaso sea una “mariología contemplativa”, pero esta mariología sirve y servirá como sustento de nuestra piedad. Y al amparo de estas lecturas, han brotado unos versos de oración, que dedicamos a María en el misterio de su Asunción.
He aquí un párrafo que tomamos de la constitución, trámite el Oficio de lectura del día:
“Y, así, san Juan Damasceno [675-749], el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios.»
Di paz a mis pensamientos
y di paso a la belleza,
y me sentí todo nuevo
y todo cautivo de ella.
Vi a la Virgen poseída
por Dios con mirada eterna,
acorazada por Dios
de toda malicia adversa.
La vi – mejor – toda unida
a la Trinidad excelsa,
la que era la humilde esclava
está de Dios toda impresa.
Convenía…, convenía…,
dice el amor sin frontera,
que por ser Madre de Dios
toda divina ella fuera.
Para entender a María
un éxtasis yo quisiera,
luz de destino y de cielo
y no luces de la tierra.
Era, sí, la Virgen santa
discípula y misionera,
defensora de los pobres,
de injusticias pregonera.
La peregrina y creyente
caminando en la carrera
del humano devenir
con problemas y problemas.
Hermana en nuestra familia
de todos los hijos de Eva
en una casa de pueblo,
no en palacio de princesa.
Nunca fue Dama enjoyada,
que a los artistas recrea,
para un precioso pincel
deslumbre de los estetas.
Mas meditando esta noche,
el alma de paz hambrienta,
yo iba en busca de una Madre
que toda divina fuera.
Es ella la inmaculada,
dulce imposible que llena,
la infinitud de mis sueños
siempre en busca, siempre en vela.
María de los iconos
que se veneran y besan,
María de querubines
honrada por más alteza.
Theotókos, luminosa,
toda luz y transparencia,
digna Madre del Señor
del Pesebre hasta la Piedra.
Por eso es la Madre Asunta,
alzada hasta la Cabeza,
la asociada a su Hijo Rey
que por siempre vive y reina.
Virgen Asunta María,
la bella esperanza nuestra,
eres tú lo que seremos
por Jesús que nos eleva.
¡Intercede por nosotros,
por nosotros pide y ruega,
y Jesús tendrá piedad
que es tu Hijo y nada niega! Amén
Madrid, 16 agosto 2021
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