sábado, 21 de agosto de 2021

1648. DOM. XXI B - Señor, a quién vamos a acudir

 

Señor, ¿a quién vamos a acudir?
Jn 6,60-69


Texto evangélico:

60 Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?». 61 Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os escandaliza?, 62 ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? 63 El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. 64 Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. 65 Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede». 66 Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

  67 Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». 68 Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; 69 nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Hermanos:

1. Si lo que vamos a proclamar a continuación como anuncio de la Palabra de Dios, si fuese una clase de universidad, podría comenzar ante los alumnos. Escúchenme bien lo que voy a decir, porque pienso que es algo absolutamente serio y definitivo: Jesús, la opción fundamental de nuestra vida, mejor dicho, de mi vida.

Todo ser humano, si no quiere volatilizarse en medio de tantas impresiones y opiniones; si no quiere ser frívolo, y pasarse la vida pensando en qué nos vamos a divertir y ocupar el tiempo mientras el tiempo dure; todo ser humano tiene que tener unas razones humanas de por qué y para qué estoy aquí, y qué h decidido para ser feliz.

Estas preguntas se las vamos a tomar al apóstol Pedro. Llegó un momento den que muchos discípulos dieron marcha atrás. Jesús, con aquel lenguaje visionario, que ni los profetas habían empleado, dejaba de ser un ideal. Jesús no era de este mundo. Jesús era una frustración. Y fue entonces cuando Jesús, hizo la pregunta definitiva: «¿También vosotros queréis marcharos?

Y obtuvo una respuesta, que no era una respuesta alocada, pero sí una respuesta contundente y definitiva:

Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

Vamos a penetrar en esta respuesta y en las implicaciones que tiene para mí, como ser ante Dios, y para nuestro grupo, como comunidad ante Dios, como comunidad de Jesús de Nazaret, de Cristo Resucitado. Este es el fin de mis palabras. Un filósofo puede hablar de la “opción fundamental”. Un cristiano dirá: Mi fe incondicional en Cristo Jesús.

 

2. Efectivamente, si yo he tomado una opción radical de vida y si quiero ser consecuente, la guardaré hasta el fin. Hay un ejemplo que está a la vista de todos, el sí del matrimonio dado ante el altar: “Yo, N., te recibo a ti, N., como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida”.

Esto es una opción fundamental. Ya toda la vida, pase lo que pase, queda orientada en un determinado sentido. Cito este ejemplo, porque hoy, justamente la segunda lectura ha hablado de esto: qué es el matrimonio cristiano según lo ha expresado la carta a los Efesios. Cuántas veces se dice frívolamente de que san Pablo era “machista”. Pero, al leer lo que hoy hemos leído, vengan aquí todos los filósofos de la cultura, y díganme si hay alguien que haya dicho en favor de la mujer algo más grandioso que lo que ha dicho Pablo. “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5,25-27).

Lo que debe el marido a la mujer es el homenaje supremo, que es el amor. Y ese homenaje en la medida extrema: hasta morir por ella, igual que Cristo.

 

3. Jesús había realizado el signo portentoso de la multiplicación de los panes. Y al signo siguió el discurso de revelación. Aquello era absolutamente nuevo y jamás oído. Lo que viene tras el signo es la revelación:

“Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo” (vv. 48-51).

Las palabras de Jesús son absolutamente determinantes y nos invitan a todos, es decir, me invitan a mí a preguntarme cuál es la opción que he tomado por Cristo y qué consecuencias ha traído eso para mi vida.

4. Las circunstancias que social y mundialmente estmos viviendo nos fuerzan a pensar y tomar respuestas: Han llegado a Torreón un avión de afganos, que buscan asilo; se han incendiado a tantos miles de hectáreas en Ávila y se pide la declaración de zona catastrófica; 2.000 personas por de pronto han perdido la vida en Haití, y tantos edificios han sido machacados por el terremoto; la pandemia, que ya cobró más de 4 millones de vidas humana, sigue su curso.

Son grandísimas desgracias. Señor, ¿a quién iremos?

Este panorama de catástrofes reales y actuales cae sobre nuestros corazones nos invitan a una opción de vida, opción fundamental de solidaridad y de amor, a entender la vida humana como familia

Todo el pueblo de Israel, una vez que conquistó la tierra prometida hizo esta opción de vida ante el Señor, reunido en asamblea, como lo ha contado hoy el libro de Josué: “El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! Porque el Señor nuestro Dios es quien nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de Egipto, de la casa de la esclavitud; y quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios y nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos por los que atravesamos. Además, el Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!». (Jesús 24,17-18).

5. Hermanos, Jesús espera nuestra respuesta. Y nuestra resta es la que dio Pedro.

Con ella, a modo de oración terminamos nuestra homilía:
«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Madrid, sábado, 21 agosto 2021

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