Espiritualidad de Miércoles Santo
Tercer cántico del Siervo de
Yahvé
Isaías 50,4-9
Vamos
trazando la espiritualidad de estos días sagrados – Lunes Santo, Martes Santo, Miércoles
Santo – en referencia a esos Cánticos del Siervo de Yahvé, que describen el
alma de Jesús.
Ahora
bien, no nos confundamos: La espiritualidad que dimana de los Evangelios, base
de todas las celebraciones cuaresmales y pascuales, desbordan completamente los
esquemas con los que queramos trabajar. Bien sabemos que, en la liturgia de la
Palabra de cada día, el Evangelio debe ocupar el centro. Hoy, como último
Evangelio antes de entrar en el Triduo Pascual toamos el de la tradición de
Judas, que es la página más horrenda de los cuatro Evangelio.
Esta
página se nos pone en un doble cuadro: aquella maldita reunión del contrato que
hace Judas con los jefes judíos, y luego la suprema hipocresía de lo que ocurre
en la Cena cuando Judas quiere tapar su crimen y es descubierto por Jesús mismo.
¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido! (Mt 26,24), acaso la frase
más tremebunda que Jesús pronunció en su vida. Allí estaba presente Judas Iscariote, cuando Jesús lo dijo.
En la
primera escena de este conciliábulo, que lo refieren los tres Sinópticos (Mc
14,10-11 y de ahí Mt 26,14-16 y Lc 22.3-6), el traidor quiere hacer un negocio
con su pecado: ¿Cuán me dais? Fue pecado el ofrecer; y fue pecado semejante el
aceptar. Y ese pecado tiene una cara horrible, que es como una risotada
sarcástica: “Se alegraron”, dicen Marcos y Lucas. Al evangelista san
Mateo le debemos le información exacta de aquel contrato: 30 monedas de plata.
¿Acaso hubo algún forcejeo? No lo sabemos; pero se puede suponer. Esas treinta
monedas de plata era lo que había que pagar, según la Ley, al amo de un
esclavo, que moría acorneado por un buey bravo que el dueño del animal, que,
viendo el peligro, no lo había atado y dominado. Si en vez de ser esclavo, era
hijo “pagará a cambio de su vida lo que le pidan” (Ex 21,30). Es un dato que el
profeta Zacarías, en sus visiones, lo tomó como un símbolo. En suma, Jesús
monetariamente no valía más que un esclavo… Estamos en el mundo del absurdo,
porque el pecado – aunque lo justificáramos con carcajadas – es puro absurdo.
Por eso el Evangelio de san Lucas, en este momento, nos da la clave de lo que
pasó, y dice simplemente: Entró Satanás en Judas, y Judas fue el negocio. Lo
que san Juan dirá en la Cena: y tras el bocado, entro Satanás: “Detrás del pan
entró en el él Satanás” (Jn 13,27). Judas es el mayor endemoniado del
Evangelio, acaso el único de verdad. Judas, satanizado.
Nunca
podremos explicar satisfactoriamente lo que pasó. Adoramos el secreto de Dios.
Nos dice Jesús en el Evangelio de hoy: “El Hijo del hombre se va como está
escrito de él”: las santas Escrituras nos remiten al misterio de Dios, que solo
Él domina. No obstante, en la misma frase Jesús añade: “pero ¡ay de aquel por
quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría no haber nacido!” (Mt
26,24).
La
espiritualidad de los días santos, hermanos, se abre el misterio de Dios, a lo
infinito de Dios. Dejándonos guiar por el Dios de nuestra fe,
Vengamos
al Tercer Cántico del Siervo de Dios
Texto bíblico (Is
50,4-9a)
4
El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo;
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
5
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
6
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y
salivazos.
7
El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.
8
Mi defensor está cerca,
¿quién pleiteará contra mí?
Comparezcamos juntos,
¿quién me acusará?
Que se acerque.
9
Mirad, el Señor Dios me ayuda,
¿quién me condenará?
Meditación y canto
Misteriosa y
estremecedora vocación del Siervo: así lo intuimos en el Tercer Cántico del
Siervo de Yahweh.
La intimidad de
Dios, abierta por la escucha filial de cada mañana, es el fundamento y clave de
esta vocación. La escucha arma de valor; vendrán golpes y salivazos El Siervo
expone su cara como duro pedernal; no se echa atrás.
Así es el Siervo
para que desde aquí construyamos la verdadera cristología de la santa humanidad
de Jesús. El Siervo confía porque tiene la absoluta certeza de que Dios es su
justificador, su vencedor.
Esta visión del
Siervo entró en el corazón de Pablo cuando, hablando de la seguridad confiada
que se ha dado al cristiano escribía, recordando este pasaje del Cántico del
Siervo: "Si Dios está por nosotros ¿quién estará contra nosotros? El que
no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo
no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien
justifica. ¿Quién condenará?" (Rm 8,31-34).
Jesús es, pues,
este Siervo, y mirándole a él cantamos.
Jesús,
discípulo y Siervo,
al corte de madrugada;
con vocación de iniciado
escucha hondo hasta el alma.
Jesús, el Siervo y profeta
junto a la fuente sagrada;
con los oídos abiertos
en su morada cerrada.
Jesús, aliento y consuelo,
que el Padre se lo regala;
la lucha es fiera, muy fiera,
las fuerzas, fuerzas humanas.
No declinó la mejilla
a la burla y bofetada;
y a los sangrantes azotes
no retiró sus espaldas.
Como roca diamantina
presentó su bella cara,
a insultos y salivazos
su rostro se abrillantaba.
Mi Dios será mi justicia:
¿quién contra mí se levanta?:
Mi Dios será mi poder:
¿qué adversario es el que ataca?
Pasión del Crucificado,
Escudo de mi esperanza:
¡A ti la gloria y las gracias,
Vencedor de mi batalla! Amén.
al corte de madrugada;
con vocación de iniciado
escucha hondo hasta el alma.
Jesús, el Siervo y profeta
junto a la fuente sagrada;
con los oídos abiertos
en su morada cerrada.
Jesús, aliento y consuelo,
que el Padre se lo regala;
la lucha es fiera, muy fiera,
las fuerzas, fuerzas humanas.
No declinó la mejilla
a la burla y bofetada;
y a los sangrantes azotes
no retiró sus espaldas.
Como roca diamantina
presentó su bella cara,
a insultos y salivazos
su rostro se abrillantaba.
Mi Dios será mi justicia:
¿quién contra mí se levanta?:
Mi Dios será mi poder:
¿qué adversario es el que ataca?
Pasión del Crucificado,
Escudo de mi esperanza:
¡A ti la gloria y las gracias,
Vencedor de mi batalla! Amén.
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