viernes, 10 de abril de 2020

1340. Espiritualidad del Sábado Santo


Espiritualidad del Sábado Santo


“Durante el sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. Se recomienda con insistencia la celebración del Oficio de Lectura y de las Laudes con participación del pueblo (cf. n. 40). Cuando esto no sea posible, prepárese una celebración de la Palabra o un ejercicio piadoso que corresponda al misterio de este día” (Carta de la Congregación del Culto Divino sobre “La preparación y celebración de las fiestas pascuales”, 16 enero 1988).

I

Venid al huerto, perfumes

Este himno para Sábado Santo – sólo para este día – es un canto nupcial. Es el canto nupcial de la esposa que llora a su Esposo. Lo llora con paz, con el alma ungida de sentimientos celestiales; lo llora con consolación y con infinita ternura.
Dios está en este cuerpo, cobijado bajo las alas del Espíritu. Es el mismo el cuerpo de la cruz, el cuerpo de la tumba, el cuerpo de la resurrección. Canta la esposa.


Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana:
en el tálamo nupcial
el Rey descansa.

Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda.

Llegad al jardín, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara.

Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas;
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.

Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas;
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada. Amén.


(Noticia. Este himno, compuesto en el convento de capuchinos de Logroño, 2 febrero 1982, está escrito tras la lectura del comentario bíblico a Jn 20,1ss, evocando el Cantar de los Cantares en la exégesis de J. Mateos – J. Barreto (y tantos otros, sin duda), El Evangelio de Juan. Cristiandad, Madrid 1979).


II
Llanto de la Virgen María


Fray Luis de Granada, O.P. (1504-1588)  
Llanto de la Virgen María, en su Libro de Oración y Meditación, Meditación para el sábado…


Pues cuando la Virgen le tuvo en sus brazos, ¿qué lengua podrá explicar lo que sintió? ¡Oh ángeles de la paz!, llorad con esta sagrada Virgen; llorad, cielos; llorad, estrellas del cielo; y todas las criaturas del mundo, acompañad el llanto de María. Abrazase la madre con el cuerpo despedazado, apriétalo fuertemente en sus pechos -para solo esto le quedaban fuerzas-, mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la sacratísima madre con la sangre del hijo, y riégase la del hijo con las lágrimas de la madre. ¡Oh dulce madre!, ¿y es ése por ventura vuestro dulcísimo hijo? ¿Es ése el que concebiste con tanta gloria y pariste con tanta alegría? Pues, ¿qué se hicieron vuestros gozos pasados?  ¿Dónde se fueron vuestras alegrías antiguas?  ¿Dónde está aquel espejo de hermosura en que os mirabais? 
Lloraban todos los que presentes estaban, lloraban aquellas santas mujeres, lloraban aquellos nobles varones, lloraba el cielo y la tierra, y todas las criaturas acompañaban las lágrimas de la Virgen. 
Lloraba otrosí el santo evangelista y, abrazado con el cuerpo de su maestro, decía: «¡Oh buen maestro y señor mío!, ¿quién me enseñará ya de aquí adelante? ¿A quién iré con mis dudas?  ¿En cuyos pechos descansaré?  ¿Quién me dará parte de los secretos del cielo? ¿Qué mudanza ha sido ésta tan extraña?  Antenoche me tuviste en tus sagrados pechos, dándome alegría de vida, y ahora te pago aquel tan grande beneficio teniéndote en los míos muerto.  ¿Éste es el rostro que yo vi transfigurado en el monte Tabor?  ¿Ésta es aquella figura más clara que el sol de mediodía?»

III
Oficio de lectura del Sábado Santo

De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado
(PG 43, 439. 451. 462-463)
EL DESCENSO DEL SEÑOR A LA REGIÓN DE LOS MUERTOS

¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.
En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.
El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, Y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.
Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: “Salid”, y a los que estaban en tinieblas: “Sed iluminados”, Y a los que estaban adormilados: “Levantaos.”
Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.
Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.
Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.
Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.
Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»

2 comentarios:

  1. Oremos, oremos, oremos...y ofrezcamos al Crucificado tanto dolor...

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  2. Espiritualidad del Sábado Santo: Muy bellas reflexiones que tocan lo más íntimo del corazón...Mil gracias Padre...

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