viernes, 17 de abril de 2020

1351. La comida con Jesús resucitado. Viernes de la octava de Pascua



La comida con Jesús resucitado
Jn 21,1-14

Texto evangélico
Jn21 1 Después de esto Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. 3 Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.
4 Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5 Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». 6 Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces.
 7 Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. 8 Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces.
 9 Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. 10 Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». 11 Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 12 Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. 13 Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
14 Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Hermanos:
1. Puedo confesar que con verdadero temblor espiritual me acerco a este texto sagrado, puesto en el Evangelio de Juan, después de que aparece que el Evangelio de Juan ha terminado, por la conclusión que lo antecede. “Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20,30-31). Ya está dicho todo; ya no hay nada más que decir.
No es cierto. Sobre Jesús hay una palabra nueva que decir, que al dice el evangelista y que la puedo decir yo. Después de este relato el último final ya sabemos cómo concluye: “Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir” (Jn 21,25).
Con este preámbulo nos vamos a internar en el Evangelio de hoy, y nos va a guiar aquella palabra que dijo Pedro en casa de Cornelio, en Cesarea: “hemos comido y bebido con él después de su resurrección” (Hech 10,41).
Estamos celebrando la Eucaristía, y celebrar la Eucaristía es “comer y beber con él después de su resurrección”. Más aún, el fruto de la Pascua es este: poder decir: Tengo la clara experiencia, que nadie me la puede quitar de haber comido y bebido con Jesús Resucitado.
No es ideología, ni siquiera teología (que, al fin, la teología como ciencia es una filosofía sagrada, desde los presupuestos de la fe). Es, ni más ni menos, la experiencia evangélica de Cristo Resucitado, experiencia divina, a la que estamos llamados.
Comer y beber con Jesús Resucitado es comer el pan, beber el vino, donde sacramentalmente está su carne de Hijo de Dios, su sangre derramada en la Cruz. Pero simultáneamente es comerse y beberse su doctrina, su Evangelio, el anuncio del Reino, la escatología que nos aguarda. Es entrar en al experiencia total de Jesús, que se nos da como supremo regalo de esta vida, al punto de poder decir como las gentes de Sicar a la Samaritana: “Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo” (Jn 4,42). Ya no creemos por el magisterio de la Iglesia, que es necesario; creemos por ósmosis, porque el Señor es la forma misma de la fe.

2. Con el estilo característico del Cuarto Evangelio, la historia y la mística se funden, y llega un momento en que no se pueden distinguir. Una pesca de siete compañeros, con los mismos nombres que se dan, es totalmente real. Y el hecho de que pescaran por la noche es lo mismo real. Puedo decir sencillamente que, en mi tiempo de estudio en Jerusalén, puede estar una semana en Tabgha, en la pequeña comunidad franciscana que custodia la memoria de estos hechos (multiplicación de los panes, lugar del primado), y efectivamente por la noche una barca de pescadores estuvo faenando.
De improviso se acumulan las sorpresas:
- La primera, que uno que no es pescador está a la orilla. Luego se va a ver que ha preparado un fuego y sobre las brasas tiene un pez asado y allí también una hogaza de pan. Es el amanecer; no es la hora de comer.
- La segunda, que este hombre, que no es ningún mago, dice: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
- La tercera que están allí en la barca el discípulo amado y Pedro, haciendo mismo dúo espiritual que en la cena, o como cuando fueron al sepulcro. Juan llegó el primero, pero dejó entrar antes a Pedro. Y aquí Juan lo descubrió por revelación, pero Pedro, lo alcanzó antes, y en virtud de este primado, por llegar al instante, no le importó mojarse con toda su ropa.

3. Y lo que a continuación ocurrió, queda a merced del Espíritu. ¿De dónde venía aquel pez, que nadie había pescado; aquellas brasas, que nadie había encendido; aquel pan que nadie había amasado?
Y al amanecer, hora de la resurrección, Jesús organizó una comida.
Y entonces Jesús, como en la hora escatológica, se acercó – dice el texto sagrado – y uno a uno les fue dando primero el pan: luego hizo lo mismo con el pescado. Era la Cena del Señor, era la Eucaristía que nos disponemos a celebrar.
Estamos absolutamente dentro del misterio. Para poder entenderlo, hace falta que el mismo evangelista nos lo explique. ¿Era verdad o no era verdad? ¿Era una fantasía, un delirio de un mundo imaginario? ¿Era él o no era él? Había razones para establecerse a este lado o a otro de la duda.
Y como un rayo celestial viene esta palabra:
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Los discípulos pudieron decir: Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

4. Sabemos cómo siguió la escena: Simón, hijo de Juan, ¿me amas…?
Y al final ¿qué pasó? El Espíritu recogido a Jesús. Ese Espíritu que es quien hoy nos lo entrega.
De nuevo una firma misteriosa para cerrar el relato: “Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (v. 24).

5. Hermanos, la conclusión de esta homilía es sencilla y llega a lo profundo del alma: ¿Es para mí la Pascua, la Eucaristía, la experiencia viva, personal y real de “haber comido y bebido con Jesús Resucitado?
Ojalá que nuestra respuesta pueda ser: Sí, Señor, tú sabes que me siento amado y que te amo.

Madrid, Jesús de Medinaceli, (Miércoles de Pascua) 16 abril 2020









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