Homilía el Domingo V de Pascua
Sobre el Evangelio de Jn 14,1-12
Texto evangélico:
Jn14 1 No se turbe vuestro corazón,
creed en Dios y creed también en mí. 2 En la casa de mi Padre
hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un
lugar. 3 Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os
llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. 4 Y
adonde yo voy, ya sabéis el camino». 5 Tomás le dice: «Señor,
no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». 6 Jesús
le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vid]. Nadie va al
Padre sino por mí. 7 Si me conocierais a mí, conoceríais
también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». 8 Felipe
le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». 9 Jesús le
replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me
ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 10 ¿No
crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo
por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. 11 Creedme:
yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
12 En
verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo
hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre.
Hermanos:
1. Seguimos navegando por el mar infinito de la Pascua. Y desde la Pascua
recogemos palabras de Jesús en la última Cena. Ocurre además en esta
circunstancia que hoy que escribo y pronuncio esta homilía es 13 de mayo, la
Virgen de Fátima, fecha memorable porque hoy se cumplen los 100 años de aquel
acontecimiento que con tanta huella ha marcado a muchos fieles de la Iglesia
católica. Son dos referencias eclesiales y en torno a las dos giran las
reflexiones de esta homilía.
2. Han dicho los exegetas que en esos largos capítulos del Evangelio de san
Juan, que son 13, 14, 15, 16 y 17, la Iglesia entra en el Cenáculo. En efecto,
después del lavatorio de los pies, después de la salida de Judas tras el bocado
cuando “era de noche” (Jn 13,30), Jesús dilata su corazón y habla. El tono de
sus palabras es el tono de la amistad, la confianza, la confidencia. Habla de
las cosas de Dios de corazón a corazón, como si se pudiera hablar del Dios
infinito al igual del amigo entrañable a este otro amigo. Si la teología toma
este estilo de lenguaje, como estilo adecuado de pensamiento, quizás tengamos
que refundir todos nuestros tratados a la llana sobre una base absolutamente
simple en la que todo ha de sustentarse:
- Dios es nuestro Padre, nuestro verdadero Padre, en definitiva, nuestro
único Padre.
- Nos aguarda en su casa donde hay sitio para todos.
- Jesús, el Señor, que es nuestro hermano, se adelanta y va, el primero, a
prepararnos lugar.
- No cunda el pánico; tranquilos; todo está en regla, todo terminará bien.
- Yo soy el camino.
- El Padre y yo somos uno solo; quien me ve a mí, está viendo al Padre.
Todo queda nivelado; vosotros sois asumidos en esta relación.
3. Esta simplicidad de pensamiento parece un simplismo irresponsable que
escamotea y niega otras frases severas de Jesús. Con sinceridad y humildad, sin
negar nada de lo que Jesús haya dicho, uno puede situarse lealmente en esa área
de pensamientos, que le producen paz y verdad. Uno puedo decirle al Señor:
Señor, esto me hace bien; no niego nada, absolutamente nada de lo tuyo, pero me
quedo aquí, porque esto me hace bien… Me quedo aquí, y voy a tratar de
profundizar, en lo que alcance, estas palabras sagradas que transforman mi
corazón.
4. Hermanos, sin salirnos de este clima podemos ir a Fátima y recoger el
mensaje de lo que allí fluye.
El Papa comienza su homilía, diciendo, en portugués: Queridos
Peregrinos: ¡Tenemos Madre! Se queda pensativo y lo repite, aunque no esté
en el texto escrito: ¡Tenemos Madre!
Efectivamente, este es el mensaje de Fátima, que tenemos una madre, y todos
la necesitamos. En el curso de su breve homilía le ha parecido oportuno citar
las Memorias de sor Lucía. Vean, hermanos, lo que es una Madre.
“En sus Memorias (III, n.6), sor Lucía da la palabra a Jacinta, que había
recibido una visión: «¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos
de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre
en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente
rezando con él?» Gracias por haberme acompañado. No podía dejar de venir aquí
para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas”.
Voy a citar la última frase de la homilía. Si la Virgen es Madre, la
Iglesia debe ser esa Madre que nos lleve a Jesús. Vean el retrato de esta
Madre: “Que, con la protección de María, seamos en el mundo centinelas que
sepan contemplar el verdadero rostro de Jesús Salvador, que brilla en la
Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que
resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica
de amor”.
He aquí seis rasgos para definir a nuestra Madre la Iglesia:
Primero: misionera, que salga de sí, que vaya en busca.
Segundo: acogedora, en casa de la madre caben todos.
Tercero: libre, que no tenga miedo, que diga en todo momento lo que deba
decir.
Cuarto: fiel, fiel a Jesús, fiel a los hombres.
Quinto: pobre de medios, la riqueza nos perjudica, aunque no lo veamos.
Y Sexto: rica en amor, en riquezas de este mundo pobre, pero en amor
riquísima.
5. Voy a terminar esta homilía con una anécdota que se refiere a Fátima, a
esta madre que atrae y reúne. Hace cerca de cuarenta años se encontraba en
Fátima el P. Ignacio Larrañaga, un capuchino nacido en Azpeitia, a unos metros
de Loyola, y se encontraba dando lo que él llamaba “Encuentros de Experiencia
de Dios”, que son como unos Ejercicios espirituales, y escribía en aquella
ocasión a su superior de Chile, donde redicaba: “Los Encuentros aquí en Fátima
han batido todos los “records” en este verano: en la 1ª semana: 720 asistentes.
En la segunda semana 705. En esta semana 680. Faltan todavía dos Encuentros.
Tuve también Encuentros en tres islas. No se puede describir lo que aquí
acontece, en esta tierra de María” (30 de agosto de 1978).
6. Hermanos, María nos lleva a Jesús. No voy a hablar de los pastorcitos de
Fátima, de san Francisco Marto que tenía ocho años cuando las apariciones, de
santa Jacinta Marto, que tenía siete…, de su prima Lucía, que tenía diez… El
tiempo de una homilía nos impide entrar en muchas consideraciones, útiles para
nuestra fe.
Terminemos sencillamente con una súplica a María: Inmaculado Corazón de María, tú eres un “manto de luz que nos
envuelve”, haz que junto a ti sintamos la ternura de Dios, y sepamos llevarla a
nuestros hermanos, los hombres que sufren. Amén.
Guadalajara, Jalisco, sábado 13 de mayo de 2017, centenario de las
Apariciones de Fátima.
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