Misa pascual 2020
Jn20 1 El primer
día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún
estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 2 Echó a correr y
fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les
dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». 3
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 4 Los dos
corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y
llegó primero al sepulcro; 5 e, inclinándose, vio los lienzos
tendidos; pero no entró. 6 Llegó también Simón Pedro detrás de él y
entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos 7 y el sudario con
que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un
sitio aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que
había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. 9 Pues hasta
entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre
los muertos.
Hermanos:
1. ¡Cristo ha resucitado!
¡Verdaderamente ha resucitado!
Es el saludo con el que se obsequian
nuestros hermanos cristianos de Oriente; es el saludo que lleva de alegría a
toda la Iglesia. En las laudes matinales la Iglesia, al iniciar los salmos,
exclama: “Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado
con su sangre. Aleluya.”
Ese pueblo rescatado con su sangre somos
nosotros.
Hoy la Iglesia – que es Juan y que es
Pedro – acude al sepulcro del Señor y lo encuentra vacío. La Iglesia ve y cree.
Como el discípulo amado: vio y creyó. Los dos creyeron: vieron y
creyeron. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había
de resucitar de entre los muertos.
Hoy las Escrituras se iluminan. Hoy entendemos
que toda la Palabra de Dios se concentra, se resume y se revela en una: Este es
mi Hijo amado, muerto y resucitado.
Hoy la esperanza se convierte en realidad.
2. Pedro, en casa de Cornelio, a partir de
ahora discípulo de Jesús, proclama: “Nosotros somos testigos de todo lo que
hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo
de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de
manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a
nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre
los muertos”.
Fue gracia de Dios la resurrección de su
Hijo, la mayor gracia. Fue gracia de Dios el que pudiera aparecerse y el que
algunos pudieran verlo, como testigos de su gloria para anunciarlo. Y es gracia
de Dios el que hoy nosotros podamos percibirlo por la fe, experimentarlo en el
corazón y en todos los sentidos.
En los Ejercicios Espirituales que
escribió san Ignacio de Loyola, fruto de su propia experiencia personal,
después de las verdades centrales de nuestra fe, nos va haciendo recorrer, paso
a paso, la vida de Jesús: Infancia, vida pública, pasión y muerte. Y al llegar
a la Resurrección nos dice la gracia que debemos pedir, que es esta: “demandar
lo que quiero, y será aquí pedir gracia para me alegrar y gozar intensamente de
tanta gloria y gozo de Christo nuestro Señor” (Ejercicios Espirituales,
221).
Hermanos, no nos confundamos: la gracia
sublime de la vida cristiana es alegrarse porque Cristo ha resucitado; que esta
alegría penetre, como río caudaloso por los cinco sentidos, y llegue hasta el
fondo del corazón. El hombre está más cercano al sufrimiento que a la alegría.
Es más fácil sufrir con el que sufre que alegrarse con el que de verdad se alegra.
Es más fácil condolerse y sufrir con la terrible
desgracia de la epidemia que se ha abatido como un manto de dolor por toda la
humanidad, - como de verdad sufrimos - que alegrarse por el triunfo del Señor, nuestro
Salvador. Naturalmente que el que se alegar de verdad con Cristo, será el
primero, sin ninguna duda, que se conduela con los que sufren y mueren; será el
primero en socorrer según sus fuerzas.
3. San Pablo nos da la consigna de nuestra
espiritualidad pascual en el mensaje que hoy le escuchamos: “Por tanto, si
habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo
está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de
la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en
Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros
apareceréis gloriosos, juntamente con él” (Col 3,1-4).
Permítanme que, al eco de este mensaje,
vuelva de nuevo a este gran maestro espiritual Ignacio de Loyola. En la
resurrección del Señor, él lo primero que se acuerda es de la Virgen y se
inventa una meditación de algo que no está en el Evangelio.
“DE LA RESURRECCION DE CHRISTO NUESTRO
SEÑOR. DE LA PRIMERA APARICION SUYA. 1º Primero: apareció a la Virgen María, lo
qual, aunque no se diga en la Escriptura, se tiene por dicho, en decir que apareció
a tantos otros; porque la Escriptura supone que tenemos entendimiento, como
está escripto: (¿También vosotros estáis sin entendimiento?)” (Ejercicios
Espirituales).
La divinidad de Cristo se había ocultado
en su Pasión. Ahora esta divinidad aparece, y es don para la Iglesia. La
primera es la Virgen María. Ignoramos, claro está, estos excelsos misterios. Este
discípulo de Jesús, Íñigo de Loyola, lo ha concebido de esta manera, quizás
nosotros podemos concebirlo de otra.
En todo caso, desde hoy, durante los
cincuenta dais pascuales tenemos una felicitación que no hemos de quitar de nuestros
labios mañana y tarde. Ya no es: “El Ángel del Señor anunció a María – Y concibió
por obra del Espíritu Santo”; sino: Regina caeli, laetare, alleluia.
Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque el Señor a quien has merecido
llevar, aleluya,
ha resucitado según lo había predicho,
aleluya.
4. Cada uno de nosotros tiene su
felicitación. Y yo quiero concluir esta homilía pascual con la mía. Anoche, el
Pregonero de Pascua cantaba:
“Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio, trae la concordia…”
Al eco de estas palabras brotó una
felicitación pascual que se la dedico a Jesús y a todos cuantos me escuchen:
Noche de puro Evangelio,
noche toda de milagro,
Jesús resucita en mí,
mis pecados perdonados.
Noche de luz, sacramento
del nuevo mundo iniciado,
la noche de mi asunción
en Jesús consustanciado.
La muerte en él
confundida
ya no es muerte a mi
costado,
en sus brazos me
abandono,
puro y libre, ya salvado.
Remordimiento y temor
muertos son y sepultados,
libre soy, libre me vivo,
cual hijo en el Hijo
amado.
Esta es mi noche pascual
en la fe que he
disfrutado,
el Cirio quedó encendido
y nunca será apagado.
¡Gracias eternas a ti,
oh Cristo santificado;
tu santidad sea mía
a tu gloria, el solo
Santo! Amén.
Hermanos: Cristo ha resucitado, alegrémonos;
él es nuestra salvación y nuestra vida. Amén.
Madrid, Mañana de Pascua de 2020
Que la gracia abundante que fluye del triunfo del Señor Resucitado se siga derramando en nuestras vidas...¡Felices Pascuas Padre Rufino y todas y todos hermanos de esta Tierra! ¡Aleluya, aleluya...!
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