domingo, 12 de abril de 2020

1344. Pascua 2020 – Homilía para la Misa del día



Misa pascual 2020


     Jn20 1 El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 2 Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». 3 Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 4 Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; 5 e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. 6 Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos 7 y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. 9 Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Hermanos:
1. ¡Cristo ha resucitado!
¡Verdaderamente ha resucitado!
Es el saludo con el que se obsequian nuestros hermanos cristianos de Oriente; es el saludo que lleva de alegría a toda la Iglesia. En las laudes matinales la Iglesia, al iniciar los salmos, exclama: “Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre. Aleluya.”
Ese pueblo rescatado con su sangre somos nosotros.
Hoy la Iglesia – que es Juan y que es Pedro – acude al sepulcro del Señor y lo encuentra vacío. La Iglesia ve y cree. Como el discípulo amado: vio y creyó. Los dos creyeron: vieron y creyeron. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
Hoy las Escrituras se iluminan. Hoy entendemos que toda la Palabra de Dios se concentra, se resume y se revela en una: Este es mi Hijo amado, muerto y resucitado.
Hoy la esperanza se convierte en realidad.

2. Pedro, en casa de Cornelio, a partir de ahora discípulo de Jesús, proclama: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos”.
Fue gracia de Dios la resurrección de su Hijo, la mayor gracia. Fue gracia de Dios el que pudiera aparecerse y el que algunos pudieran verlo, como testigos de su gloria para anunciarlo. Y es gracia de Dios el que hoy nosotros podamos percibirlo por la fe, experimentarlo en el corazón y en todos los sentidos.
En los Ejercicios Espirituales que escribió san Ignacio de Loyola, fruto de su propia experiencia personal, después de las verdades centrales de nuestra fe, nos va haciendo recorrer, paso a paso, la vida de Jesús: Infancia, vida pública, pasión y muerte. Y al llegar a la Resurrección nos dice la gracia que debemos pedir, que es esta: “demandar lo que quiero, y será aquí pedir gracia para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Christo nuestro Señor” (Ejercicios Espirituales, 221).
Hermanos, no nos confundamos: la gracia sublime de la vida cristiana es alegrarse porque Cristo ha resucitado; que esta alegría penetre, como río caudaloso por los cinco sentidos, y llegue hasta el fondo del corazón. El hombre está más cercano al sufrimiento que a la alegría. Es más fácil sufrir con el que sufre que alegrarse con el que de verdad se alegra.
Es más fácil condolerse y sufrir con la terrible desgracia de la epidemia que se ha abatido como un manto de dolor por toda la humanidad, - como de verdad sufrimos - que alegrarse por el triunfo del Señor, nuestro Salvador. Naturalmente que el que se alegar de verdad con Cristo, será el primero, sin ninguna duda, que se conduela con los que sufren y mueren; será el primero en socorrer según sus fuerzas.

3. San Pablo nos da la consigna de nuestra espiritualidad pascual en el mensaje que hoy le escuchamos: “Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él” (Col 3,1-4).
Permítanme que, al eco de este mensaje, vuelva de nuevo a este gran maestro espiritual Ignacio de Loyola. En la resurrección del Señor, él lo primero que se acuerda es de la Virgen y se inventa una meditación de algo que no está en el Evangelio.
“DE LA RESURRECCION DE CHRISTO NUESTRO SEÑOR. DE LA PRIMERA APARICION SUYA. 1º Primero: apareció a la Virgen María, lo qual, aunque no se diga en la Escriptura, se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escriptura supone que tenemos entendimiento, como está escripto: (¿También vosotros estáis sin entendimiento?)” (Ejercicios Espirituales).
La divinidad de Cristo se había ocultado en su Pasión. Ahora esta divinidad aparece, y es don para la Iglesia. La primera es la Virgen María. Ignoramos, claro está, estos excelsos misterios. Este discípulo de Jesús, Íñigo de Loyola, lo ha concebido de esta manera, quizás nosotros podemos concebirlo de otra.
En todo caso, desde hoy, durante los cincuenta dais pascuales tenemos una felicitación que no hemos de quitar de nuestros labios mañana y tarde. Ya no es: “El Ángel del Señor anunció a María – Y concibió por obra del Espíritu Santo”; sino: Regina caeli, laetare, alleluia.
Reina del cielo, alégrate, aleluya,
porque el Señor a quien has merecido llevar, aleluya,  
ha resucitado según lo había predicho, aleluya.

4. Cada uno de nosotros tiene su felicitación. Y yo quiero concluir esta homilía pascual con la mía. Anoche, el Pregonero de Pascua cantaba:
“Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio, trae la concordia…”

Al eco de estas palabras brotó una felicitación pascual que se la dedico a Jesús y a todos cuantos me escuchen:

Noche de puro Evangelio,
noche toda de milagro,
Jesús resucita en mí,
mis pecados perdonados.

Noche de luz, sacramento
del nuevo mundo iniciado,
la noche de mi asunción
en Jesús consustanciado.
                     
La muerte en él confundida
ya no es muerte a mi costado,
en sus brazos me abandono,
puro y libre, ya salvado.

Remordimiento y temor
muertos son y sepultados,
libre soy, libre me vivo,
cual hijo en el Hijo amado.

Esta es mi noche pascual
en la fe que he disfrutado,
el Cirio quedó encendido
y nunca será apagado.

¡Gracias eternas a ti,
oh Cristo santificado;
tu santidad sea mía
a tu gloria, el solo Santo! Amén.

Hermanos: Cristo ha resucitado, alegrémonos; él es nuestra salvación y nuestra vida. Amén.

Madrid, Mañana de Pascua de 2020

1 comentario:

  1. Que la gracia abundante que fluye del triunfo del Señor Resucitado se siga derramando en nuestras vidas...¡Felices Pascuas Padre Rufino y todas y todos hermanos de esta Tierra! ¡Aleluya, aleluya...!

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