Eucaristía
de Jueves Santo
(Nota al lector. “Cartas a
Lidia”, aludiendo a la primera mujer de Europa que recibió el Evangelio por la
predicación de Pablo en Filipos, según Hech 16,14, son unos escritos dirigidos,
años atrás, a las hermanas clarisas capuchinas de la “Casa de Formación Santa
Verónica”, Lago
de Guadalupe, Cuautitlán Izcalli, Edo. de México).
Amada hermana:
*. Jueves Santo lleva dentro y produce una sensación que no tiene
otro día del año. ¿Qué es esto? Lo que tú sientes y yo comparto.
¿Me lo puedes explicar tú? Pues yo tampoco. Pero tratemos de
aproximarnos al aura del misterio... Lo acabo de decir, y quizás sea la puerta áurea
para empezar hablar. Jueves Santo está bañado con el aura del misterio. Y el
misterio de esta tarde es que Jesús, que
se va, se ha quedado entre nosotros.
Mira, querida Lidia, la Eucaristía no es que Jesús se ha quedado; no. El
misterio de la Eucaristía es que Jesús se ha quedado porque se ha ido. La
Eucaristía une dos presencias en una: que Jesús se va y que Jesús se queda.
Está el que se ha ido; se ha ido el que se queda. Es pues, querida hermana,
esta tensión de “irse” y “quedarse” el misterio constitutivo del sacramento.
*. Vamos a compartirnos este misterio que tenemos los cristianos, solo
los cristianos. Nuestra religión es histórica, porque se basa en la presencia
histórica (es decir, nacimiento, vida y muerte) de Dios humanado. Un Dios
historia como la mía, con la sublime diferencia de que él es Dios y yo soy
puramente hombre; hombre, ciertamente abierto a la inenarrable plenitud de lo
divino.
Llega un momento en que esta historia se concluye. No…, no puede
concluirse. Es una historia que avanza hacia el misterio eterno, pero historia
nuestra, historia enraizada en esta tierra, y que, por tanto, tiene que seguir
siendo.
Abre tu corazón, hermana
mía, al asombro. Creo que no seré un hereje
anatema, si digo con humildad, no con solemnidad, que, desanclada la
Encarnación como historia de Dios con nosotros, no puede haber Encarnación sin Eucaristía.
La Encarnación es de cielo a cielo, desde el día en que Dios Amor la decreta hasta
el día en que regresa a su origen, cuando Dios sea todo en todos. La
Encarnación abarca el inicio, el medio y el retorno.
*. Van a terminar los días breves de Jesús, en los cuales él hizo su
historia de amor, Se va: ¡no puede irse! Eso es la Eucaristía: la historia de
la Encarnación latiente, no puede irse; tiene que estar en toda la trayectoria
de la Encarnación, porque él es Dios encarnado y definitivamente para siempre.
Pues vean, el último tramo de la
encarnación, se llama eucaristía. ¿Me comprendes? Me parece que estamos en
sintonía. ¿Qué otra cosa, si no, puede significar el primer testimonio de la
Eucaristía, el que nos dio Pablo en la primera a los Corintios, como hemos leído
esta tarde? Escuchemos:
“Porque yo he recibido una
tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor
Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la
Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por
vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de
cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada
vez que lo bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y
bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1Cor
11,23-26).
*. Así pues, podríamos decir que, dentro de la fe, la Eucaristía es la pura historia de Dios con nosotros, historia que pertenece
al misterio mismo de la Encarnación.
Desde la Encarnación podemos hablar de la Eucaristía.
El Antiguo Nuevo Testamento nos ha mostrado una verdad central, que es
esta: la Inmanencia de Dios en la
historia. Esta es la vedad-real que impregna todas las páginas de la
biblia. Dios es no “Dios en sí”; Dios es “Dios con nosotros”. Por lo mismo,
Dios revelado, es Dios amor, Dios esperanza, Dios principio, Dios destino, Dios
es “mi Dios”, Dios es “nuestro Dios”. El Dios a quien se puede orar y adorar;
el Dios por quien se puede morir, porque es el Dios a quien se puede amar. Es
el Dios de la Encarnación.
*. La Eucaristía nos está diciendo: creed en la Encarnación, historia
inmanente de Dios con el hombre. La
Eucaristía no puede desparecer, porque desaparecería la Encarnación.
Esto es la Eucaristía, amadísima Lidia. La Eucaristía es para
celebrarla, ante todo para celebrarla; y al celebrarla, la comulgamos. La
Eucaristía es para contemplarla, adorarla, agradecerla… y para eso la guardamos
en el Sagrario, receptáculo de nuestra
celebración.
*. Con todo esto, quiero decirte que la Eucaristía debe llevarnos, de su propia mano, a un éxtasis de amor,
dado que la Eucaristía es misterio unitivo.
Si Dios es historia, y la historia real de Dios con nosotros, es el alma
de la Eucaristía, abramos los ojos: la historia es encuentro. Encontré
al amor de mi alma y no lo soltaré, dice el Cantar de los cantares.
Una vivencia personal de la Eucaristía es esto: haber encontrado al amor
de mi alma y no soltarlo jamás.
Se comprende que la Eucaristía sea el último sacramento que recibe un
cristiano, antes de cruzar la barrera de la muerte, y entrar en el abrazo.
El encuentro – bien lo sabemos, Lidia, si entiendes de amor, ¡que sí
entiendes! – es un dejarse llevar en balanceo: yo y él, él y yo, sin nada
decir, flotando en alas de ese sentimiento que nos diviniza. Las raíces divinas
que trajimos a este mundo se remueven, y quieren ser floración. Nacer del amor para
el amor, vivir en el amor, abocados al amor infinito, sin noche ni variaciones.
La Eucaristía contemplada nos lanza al Dios de la luz.
*. Pensamientos de Jueves Santo, te decía, pensamientos que se gustan y
no se acaban.
Si un día nos encontramos tu y yo, en el amor de Cristo, te diré (te
recordaré) lo que dice la Plegaria Eucarística para que se realice: “seamos en Cristo (tú yo, la comunidad
santa de Jesús) un solo cuerpo y un solo
espíritu”. ¡Cómo me inspiró hace muchos años esta frase cultual, de lo que busca
la Eucaristía en la comunidad cristiana! Hacer de esta comunidad la comunidad
celestial de Jesús Mesías, de Jesús, pionero de la Nueva y eterna alianza.
*. Noche de Jueves Santo. Quiero terminar
antes de dar reposo a los ojos cansados.
Cuanto de amor se puede pensar por los audaces amadores de esta
peregrinación humana, amada Lidia, nosotros
lo tenemos en la Eucaristía. Misterio de los Misterios, carne de nuestra carne,
cercanía hasta la pura y simple intimidad.
Callen las palabras. Quede en silencio la poesía. Suene la música con otra
melodía de los adentros.
Dios es amor, porque es Encarnación-Eucaristía.
Lidia, recibe mi abrazo más sincero
Rufino María Grández
Guadalajara, Jalisco, Jueves Santo 2017.
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