viernes, 28 de abril de 2017

937. Tiempo pascual: Himno al cuerpo de Cristo Resucitado



Himno al cuerpo de Cristo Resucitado
(Caro salutis est cardo)

La Resurrección fue la gloria de nuestra carne. Nuestro destino es el que se ha verificado en Cristo. ¿Cómo sucedieron las cosas? La historia no lo puede saber, ni es necesario. Por el tránsito de la fe creemos que su ser es historia, que su carne es carne y queda para siempre divinizada. Celebramos nuestra fe mediante signos vivificantes.
Benedicto XVI nos recordaba en una catequesis navideña que Navidad y Pascua forman el solo “Misterio pascual”. “En la Constitución sobre la sagrada liturgia, el concilio Vaticano II subraya que la obra de la salvación realizada por Cristo continúa en la Iglesia mediante la celebración de los santos misterios, gracias a la acción del Espíritu Santo. Ya en el Antiguo Testamento, en el camino hacia la plenitud de la fe, tenemos testimonios de que la presencia y la acción de Dios es mediada a través de los signos, por ejemplo, el del fuego (cf. Ex 3, 2 ss; 19, 18). Pero a partir de la encarnación sucede algo conmovedor: el régimen de contacto salvífico con Dios se transforma radicalmente y la carne se convierte en el instrumento de la salvación: «Verbum caro factum est», «el Verbo se hizo carne», escribe el evangelista san Juan, y un autor cristiano del siglo III, Tertuliano, afirma: «Caro salutis est cardo», «la carne es el quicio de la salvación» (De carnis resurrectione, 8, 3: pl 2, 806).
La Navidad ya es la primicia del «sacramentum-mysterium paschale», es decir, es el inicio del misterio central de la salvación, que culmina en la pasión, muerte y resurrección, porque Jesús comienza a ofrecerse a sí mismo por amor desde el primer instante de su existencia humana en el seno de la Virgen María. La noche de Navidad, por tanto, está profundamente vinculada a la gran vigilia nocturna de la Pascua, cuando la redención se realiza en el sacrificio glorioso del Señor muerto y resucitado. …
Encarnación y Pascua no están una al lado de la otra, sino que son dos puntos clave inseparables de la única fe en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado y redentor. La cruz y la resurrección presuponen la encarnación. Sólo porque verdaderamente el Hijo, y en él Dios mismo, «bajó» y «se hizo carne», la muerte y la resurrección de Jesús son acontecimientos que nos resultan contemporáneos y nos atañen, nos arrancan de la muerte y nos abren a un futuro en el que esta «carne», la existencia terrena y transitoria, entrará en la eternidad de Dios. Desde esta perspectiva unitaria del Misterio de Cristo, la visita al belén orienta a la visita a la Eucaristía, donde encontramos presente de modo real a Cristo crucificado y resucitado, al Cristo vivo. (Benedicto XVI, audiencia del 5 de enero de 2010)
La tradición cristiana nos sorprende cuando, contemplando a Jesús. ha dado tal valor a este cuerpo nuestro, cuerpo caduco y cuerpo inmortal.
A propósito del cuerpo del hombre, que hay que verlo desde Cristo, Tertuliano escribía: “Imagínate a Dios enteramente ocupado y entregado a este material, con sus manos, sus sentidos, su actividad, su ingenio, su sabiduría, su providencia y, sobre todo, con su amor que le dictaba los rasgos que modelaba. Porque cuando iba dando expresión al barro, estaba pensando en Cristo que tenía que ser hombre, es decir, barro, ya que el Verbo se haría carne, que entonces era tierra. Por esto empezó el Padre diciendo al Hijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1,26). E hizo Dios al hombre, lo hizo modelándolo, «a imagen de Dios lo hizo», es decir, de Cristo. Porque el Verbo era Dios, y, hecho a imagen de Dios, no intentaba apropiarse cosa ajena al asemejarse a Dios” (De carnis resurrectione, 6).


El cuerpo de Jesús, su carne santa,
el cuerpo que es historia de sus días,
el cuerpo modelado por Dios Padre
hoy este cuerpo humano es gloria y vida.

Te adoro reverente con un beso
precioso cuerpo, carne de María,
expuesto a cielo y tierra en un patíbulo
y ahora y para siempre luz del día.

El Padre Creador formó del limo
para su Verbo, el Hijo de delicias,
un cuerpo terrenal, a imagen suya,
y el Ósculo infundió que santifica.

¡Oh cuerpo de Jesús, cuerpo inmortal,
seguro puerto tras la travesía:
allí descansaré y encontraré
que tu ruta cumplida era la mía!

En viaje hacia la patria compañeros,
lancemos hasta él pena y fatiga,
en él fue consagrada nuestra carne
y espera ser con él eterna dicha.

¡Cantad cielos y tierra al Creador,
unidos en la misma melodía,
por Cristo en el Espíritu viviente,
oh Dios de amor, oh Dios de maravillas! Amén.

Guadalajara, 28 de abril de 2017

0 comentarios:

Publicar un comentario

 
div> ;