Cartas a Lidia.
Jesús Resucitado, el racimo de todas las
verdades
(Al lector inteligente, sobre la identidad de Lidia
Hech 16,14, véase en el blog, núm. 921)
Hech 16,14, véase en el blog, núm. 921)
Amada Lidia:
Quiero compartir contigo
pensamientos pascuales. La semana pascual es única en el año; no acabamos de salir
del divino trance de la resurrección, de ese momento sin tiempo en que Jesús
surge del sepulcro y el corazón se queda sencillamente con él pues él lo ha
atraído a sí. Cada día de esta semana proclamamos y contemplamos en la Eucaristía
una escena evangélica de la resurrección. Semana contemplativa, semana que
unifica nuestro corazón en él; en suma, semana de luz de gozo y de paz. Nuestra
psicología es lábil y tornadiza; no puede uno, bajo su propia égida, retener
sentimientos placenteros que en determinado instante lo transportan y sacian,
como si fuese atisbo de una gracia espiritual, y acaso ellos mismos gracia del
Espíritu. Mis propios sentimientos, parte de mi yo, no son todavía mi último
yo. En los 50 días de Pascua ni se lee el Antiguo Nuevo Testamento, solo el
Nuevo, cumplimiento de las promesas de Dios. Pero esta semana es del todo
singular.
Lidia: El Señor ha resucitado, y
nuestro deseo más puro es contemplarle, amarle…, sencillamente dejarnos llevar…
En esta fe que compartimos tenemos
los textos de la Escritura, día a día, y podemos disfrutar de maravillosas
páginas de la tradición sagrada. La Liturgia ha rescatado a S. Melitón, Obispo
de Sardes (Asia Menor), siglo II. Sublime el texto de ayer, “Encomio de Cristo”
en una especie homilía Pascual hímnica (La misma homilía de la que leemos un
fragmento en Jueves Santo. Son los Dios textos que tenemos de Melitón de Sardes
en la Liturgia). Quería citar alguna frase…, pero me parece un pecado no
trasladar el texto entero (si bien sea extracto) y disfrutarlo, leyéndolo
juntos, tú y yo. Tú y yo, sí, en medio de la asamblea cristiana.
* * *
Entendedlo, queridos hermanos: el
misterio pascual es algo a la vez nuevo y antiguo, eterno y temporal,
corruptible e incorruptible, mortal e inmortal.
Antiguo según la ley, pero nuevo
según la Palabra encarnada; temporal en la figura, eterno en la gracia;
corruptible en cuanto a la inmolación del cordero, incorruptible en la vida del
Señor; mortal por su sepultura bajo tierra, inmortal por su resurrección de
entre los muertos.
La ley, en efecto, es antigua, pero
la Palabra es nueva; la figura es temporal, la gracia es eterna; el cordero es
corruptible, pero incorruptible es el Señor, que fue inmolado como un cordero y
resucitó como Dios.
Dice la Escritura: Era como cordero
llevado al matadero, y sin embargo no era ningún cordero; era como oveja muda,
y sin embargo no era ninguna oveja. La figura ha pasado y ha llegado la
realidad: en lugar del cordero está Dios, y en lugar de la oveja está un
hombre, y en este hombre está Cristo, que lo abarca todo.
Por tanto, la inmolación del
cordero, la celebración de la Pascua y el texto de la ley tenían como objetivo
final a Cristo Jesús, pues todo cuanto acontecía en la antigua ley se realizaba
en vistas a él, y mucho más en la nueva ley.
La ley, en efecto, se ha convertido
en Palabra, y de antigua se ha convertido en nueva (y una y otra han salido de
Sión y de Jerusalén); el precepto se ha convertido en gracia, la figura en
realidad, el cordero en el Hijo, la oveja en un hombre y este hombre en Dios.
El Señor, siendo Dios, se revistió
de naturaleza humana, sufrió por nosotros, que estábamos sujetos al dolor, fue
atado por nosotros, que estábamos cautivos, fue condenado por nosotros, que
éramos culpables, fue sepultado por nosotros, que estábamos bajo el poder del
sepulcro, resucitó de entre los muertos y clamó con voz potente: «¿Quién me
condenará? Que se me acerque. Yo he librado a los que estaban condenados, he
dado la vida a los que estaban muertos, he resucitado a los que estaban en el
sepulcro. ¿Quién pleiteará contra mí? Yo soy Cristo -dice-, el que he destruido
la muerte, el que he triunfado del enemigo, el que he pisoteado el infierno, el
que he atado al fuerte y he arrebatado al hombre hasta lo más alto de los cielos:
yo, que soy el mismo Cristo.
Venid, pues, los hombres de todas
las naciones, que os habéis hecho iguales en el pecado, y recibid el perdón de
los pecados. Yo soy vuestro perdón, yo la Pascua de salvación, yo el cordero
inmolado por vosotros, yo vuestra purificación, yo vuestra vida, yo vuestra
resurrección, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestro rey. Yo soy
quien os hago subir hasta lo alto de los cielos, yo soy quien os resucitaré y
os mostraré el Padre que está en los cielos, yo soy quien os resucitaré con el
poder de mi diestra.»
* * *
Feliz día en que la renovación del
Breviario nos trajo abundancia de páginas que desconocíamos (Esta homilía,
conocida en parte, se descubrió en 1940, texto escrito en un papiro).
Lidia: Hoy en la Iglesia se está
prestigiando a la Mujer Teóloga, y mucho más desde que en el cielo de la
Sagrada Cátedra tenemos a Mujeres Doctoras. Teresa de Jesús, Catalina de Siena,
Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz… ¡Enhorabuena, muy bienvenidas! La voz
femenina tiene un algo que no tiene la voz del varón, como es diferente un “Victimae
paschali laudes” entonado por un coro de recios varones, o angélicamente
cantado por voces de mujer, ¡tan diferente con la misma letra, y con la misma música!
Ojalá que tu propia experiencia, tu
vivencia tuya, pueda trasvasarse en Teología, ser escanciada en este licor que
renueva nuestra juventud. Pero déjame decirte, con la verdad pura del amor: Si
eres Teóloga, no comiences por el feminismo, por la Liberación, por las Periferias
existenciales… Si eres Teóloga, no pretendas que tu firma vaya a los periódicos.
Si acaso sentiste esta llamada carismática – pues hacer teología es “carisma”
desde san Pablo – empieza por el camino de la pureza, del amor, de la humildad;
empieza, continúa y termina por este camino. ¿Se puede ser teólogo o teóloga,
con una mente esplendente, y con una vida quebrada por la infidelidad? Solo los
humildes pueden hacer teología, solo los santos… La teología no es biblioteca y
erudición, a la que instintivamente somos proclives, con un sutilísimo anhelo
de reconocimiento y vanidad… Estoy diciendo estas gruesa verdades, que pueden
espantar, al tiempo en que me dispongo a tejer el bastidor de la Teología de la
Resurrección. Compréndeme, hermana; es puramente el anhelo de esa figura de teólogo
lo que ahora me impulsa a no cortar este escrito y seguir amorosamente pensado
sobre el Cuerpo del Señor Viviente, racimo de todas las verdades. Sigamos,
pues,
* * *
1. La verdad central de nuestra fe
no es el Misterio Trinitario: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, tres
Personas distintas y un solo Dios verdadero. La verdad central de nuestra fe es
la Historia de Dios con nosotros. Y esta verdad tiene un punto cenital: Jesús-Mesías de Israel ha resucitado.
2. El hecho de que Jesús haya
resucitado es la verdad total y originante de las demás: En la resurrección de Jesús
hemos conocido su divina filiación, y hemos tenido acceso al Padre y al Espíritu
Santo. La Trinidad se nos ha descubierto en la Resurrección.
3. Y en la resurrección se nos ha
descubierto el sentido de la revelación, todo lo que Jesús nos dijo y nos quiso
decir, en la Resurrección… En la
resurrección ha quedado patente lo que querían decir la Escrituras. En la
Resurrección de Jesús cobra sentido la Alianza, columna vertebral del Antiguo
Nuevo Testamento. El Dios de la Alianza es el Dios fiel. Ahora, sí, podemos
leer este Antiguo Nuevo Testamento.
4. Y más en particular: Ahora sí podemos leer el Evangelio, o
mejor, escribirlo y leerlo. Solo desde la Resurrección se pudo escribir la
Historia de Jesús, lo que él “hizo” y “enseñó”. Solo desde la Resurrección pudo
Marcos escribir la primera línea de su Evangelio: COMIENZO DEL EVANGELIO DE JESUCRISTO, HIJO DE DIOS.
5. Desde la Resurrección, solo desde
la Resurrección, puedo identificar a la “madre
de Jesús”. Y solo en la resurrección he podido ver que la que conoció
verdaderamente al Hijo de Dios es Virgen y es verdaderamente Madre. (Luego en
la Resurrección descubriremos que María es Asunta y glorificada con su Hijo).
Toda la mariología es esencialmente mariológica, puro despliegue de Cristo Resucitado.
Separada de él, “a se” María no existe.
6. Solo desde la Resurrección puedo leer a San Pablo – primer Creyente
Teólogo del Misterio cristológico – a San Pedro, a San Juan (Cartas y Evangelio),
al Apocalipsis.
7. Solo desde la resurrección puedo celebrar la Eucaristía, núcleo de
todos los Sacramentos de la Iglesia.
8. En suma, solo desde la Resurrección de Jesús, puedo pronunciar la palabra “Ekklesía”,
que es la comunidad del Resucitado en espera de la Parusía…
9. Y, si quieres, solo desde la
Resurrección de mi Señor Viviente un día me encontré a mí, y un día te encontré
a ti, Peregrina de la misma fe, comensal
en el mismo banquete de amor.
Y cuando llegues aquí, amada Lidia,
háblame, sí, de las Periferias existenciales y del puesto de la Mujer en la
Iglesia. O, mejor: No me hables, hazte tú
misma periferia existencial, desaparece…, y consagra tu vida a los más
humildes de la tierra. Quizás, sin palabras, lo estás haciendo.
Es lo que quería decirte en la santa
Pascua del Señor Jesús. Al decírtelo, me lo estoy diciendo a mí; porque tu
acogida cristiana es para mí una inmensa concha de resonancia, y mi voz, a través
de tu escucha, regresa a mí, hermoseada por tu propio eco.
Unidos en el Señor, recibe mi abrazo
pascual
Rufino M.

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