miércoles, 12 de abril de 2017

920. Jueves Santo, carta a un hermano sacerdote, fiel y compasivo



Jueves Santo,
carta a un hermano sacerdote, fiel y compasivo



Hermano sacerdote:
Te llamarás Roque (como es verdad, hermano mío de sangre), te llamarás Jesús Mary (como así es…), te llamarás…, un nudo sutil retiene por dentro nombres apreciados – demasiados, demasiados… – de quienes, en la misma promoción, hace 50 años, recibisteis vida y misión para el resto de vuestra vida. Para algunos, como vemos, el misterio del ser se alzó contra el propio ser para decir: “No es lo mío”, y reemprendisteis otro camino, que en un primer momento pareció ofrendado y excluido. Un tremendo sentimiento de respeto hacia cada uno anula de raíz, en lo íntimo de mi intimidad, cualquier aleteo de reproche. Al contrario, mi súplica auténtica es una, muy simple: Domine, miserere mei; pie Iesu Domine, miserere, de mí y de mis hermanos, de adentro y de afuera, que, al fin, todo será adentro.
Tras este desahogo de algo que llevo enquistado en el alma, vengo a decir, con la frente tersa, con los ojos aireados con la brisa del Cenáculo: ¡es Jueves Santo!
Quisiera que me naciera un poema, blanco como la harina, amorosamente sangriento como un racimo de uva. Me he ido a Jerusalén – donde viví tiempo atrás – y de Betfagé, subiendo la costanera trasera de los Olivos, he bajado por la vaguada del Cedrón; voy ascendiendo al Cenáculo. Voy con los apóstoles, pensativos ellos, pensativo yo. Sin saber por qué, por el ramalazo mismo de la vida, se adivina en el cuerpo que algo augusto va a pasar.
Muchas veces habrá cenado Jesús con su grupo, a quien ahora llamamos los apóstoles. A lo mejor, hasta habrá celebrado ya antes dos Pascuas, y esta va a ser la tercera. Dos Pascuas, que, si eran Pascuas, fueron ellas luminosas y solemnes, festivas, llenas de oraciones y algarabía… Detente, imaginación, sin resbalar como los ángeles; porque uno quisiera fingir Pascuas de familia, con esa alegría única que pueden traer las mujeres y los niños en la mesa familiar, con esa voz infantil que, a lo mejor, recitaba unos versos del Deuteronomio. Quedo estremecido contemplando que sacan el rollo sagrado antes de comer el cordero y van recitando versos: relatos y oraciones, que pertenecían a la fe de ellos y más a la mía. Mis ojos se humedecen por ver la Torá más que los manteles, por escuchar a los Nebiím con más hambre que por las manzanas que aguardan a la mesa, manzanas que me las trajeron de los sembradíos de Galilea.
Para esa noche sí que quisiera tener cantinela y voz de cantor, y que me dejaran entonar unos versos del Shir Hashirim, Cantar de Cantares, Cantar divino de Salomón, para decirle a la amada: ¡Qué hermosa eres, amada mía! ¡Cómo quisiera poder entonar, en medio del festín, aquel verso repetido: Aní ledodí we dodí lí: Yo para mi amado, y mi amado para mí! Mi vida daría, sí, para entonar esos versos; después morir. Porque me iba a encontrar con el Amado de mi alma. De esta Cena a la Cena del Mesías; o mejor: ya esta Cena es la Cena del Mesías, porque “el Señor reina”, y está reinando.
¿Hubo Pascuas en la vida de Jesús? Claro que las hubo, pero ni de aquellas cenas de Nazaret, ni de las dos hipotéticas Pascuas del tiempo de los discípulos ha quedado memoria evangélica, porque Cena del Señor no hay más que una.
Y quisiera entrar en ella. Esta es la Cena de Jesús. Lucas, el hermano médico y evangelista, abrió esta cena con estas palabras en boca de Jesús: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios” (Lc 22,15-16).
Domesticado por mi propia reflexión, a impulsos de no sé que sabiduría (acaso artificial) quisiera ahora, yo, cristiano ilustrado, ministro de la Palabra, para recuperar lo que fue aquella Cena, de la cual surgió mi sacerdocio,
- quisiera ser historiador (y no fantaseador),
- quisiera ser psicólogo, porque cada personaje de la historia es un ser palpitante, y Jesús palpitaba,
- quisiera ser poeta, porque sin poesía no hay historia de Dios,
- quisiera ser judío, porque Jesús fue judío y uno que no sea judío ¿cómo le va a entender…?
- quisiera ser filósofo intuitivo, porque ser un filósofo intuitivo se asoma a la transcendencia de la vida y de la muerte,
- quisiera ser enamorado perdido para perderme en él…,
- quisiera ser simplemente creyente, porque solo la fe puede reinventar lo que fue de una vez para siempre.
No puedo, Señor, Dios mío. No puedo. Quisiera recuperar tu propia historia de lo que entonces pasó para empezar a hablar con sabiduría de estas cosas.
No puedo…, no puedo… Y ese no poder acéptalo, Jesús, no como un acto estéril de un necio impotente; acéptalo solo como el balbuceo del amor.
* * *
Quisiera rescatar mi sacerdocio de aquel delirio de amor que explosionó en aquella Última Cena, última y primera. No están los aires universitarios hoy para hablar del sacerdocio; ni siquiera del tuyo, mi Señor Jesús. Me quedo mudo…, con una plegaria en mis labios silenciosos. Hebreos me dijo que todo sacerdote, empezando por ti, debe tener dos cualidades: ser fiel y misericordioso. Ser fiel en la Casa de Dios, como fueron Moisés y Aarón, su hermano; como lo fuiste tú, porque tú eres la fidelidad de Dios, el “sí” de Dios. Y ser misericordioso…, ¿cómo quién? ¡Como tú, solo como tú…!
Cuántos pensamientos cruzan por mi mente, cielo estrellado y bombardeado de este siglo de las Ciencias. Señor Jesús, en esta tarde de Jueves Santo, te pido, por pura misericordia, una cosa: quiero ser un sacerdote fiel y compasivo… No sé más teología, porque, en el fondo, todo alto pensamiento me agobia, y a veces me conturba.
* * *
Roque, querido hermano mío de la misma sangre materna y paterna, de la misma cocina, del mismo corral campesino… quería escribir una carta de Jueves Santo a un Sacerdote – a ti y a Jesús Mary – en vuestro 50 aniversario, y ya ves ¡en qué ha terminado! Espero me comprendas, y a ti, hermano sacerdote quien quiera que seas, con quien mañana vamos a renovar ante el obispo la humilde súplica de nuestra fidelidad.
Roque, me agrada saber que en tu celebración cincuentenaria, con la gente sencilla de tu Iglesia en Ecuador (Playas de Villamil, Guayas), había un sentimiento dominante: ¡Asombro…! Dios lo ha querido y punto.
Un abrazo
Rufino M.
(Miércoles Santo, noche)

0 comentarios:

Publicar un comentario

 
div> ;