Jueves Santo,
carta a un hermano sacerdote, fiel y
compasivo
Hermano sacerdote:
Te llamarás Roque (como es verdad, hermano mío de
sangre), te llamarás Jesús Mary (como así es…), te llamarás…, un nudo sutil
retiene por dentro nombres apreciados – demasiados, demasiados… – de quienes, en
la misma promoción, hace 50 años, recibisteis vida y misión para el resto de vuestra
vida. Para algunos, como vemos, el misterio del ser se alzó contra el propio
ser para decir: “No es lo mío”, y reemprendisteis otro camino, que en un primer
momento pareció ofrendado y excluido. Un tremendo sentimiento de respeto hacia
cada uno anula de raíz, en lo íntimo de mi intimidad, cualquier aleteo de
reproche. Al contrario, mi súplica auténtica es una, muy simple: Domine, miserere mei; pie Iesu Domine,
miserere, de mí y de mis hermanos, de adentro y de afuera, que, al fin,
todo será adentro.
Tras este desahogo de algo que llevo enquistado en el
alma, vengo a decir, con la frente tersa, con los ojos aireados con la brisa
del Cenáculo: ¡es Jueves Santo!
Quisiera que me naciera un poema, blanco como la harina,
amorosamente sangriento como un racimo de uva. Me he ido a Jerusalén – donde viví
tiempo atrás – y de Betfagé, subiendo la costanera trasera de los Olivos, he
bajado por la vaguada del Cedrón; voy ascendiendo al Cenáculo. Voy con los
apóstoles, pensativos ellos, pensativo yo. Sin saber por qué, por el ramalazo
mismo de la vida, se adivina en el cuerpo que algo augusto va a pasar.
Muchas veces habrá cenado Jesús con su grupo, a quien
ahora llamamos los apóstoles. A lo mejor, hasta habrá celebrado ya antes dos
Pascuas, y esta va a ser la tercera. Dos Pascuas, que, si eran Pascuas, fueron
ellas luminosas y solemnes, festivas, llenas de oraciones y algarabía… Detente,
imaginación, sin resbalar como los ángeles; porque uno quisiera fingir Pascuas
de familia, con esa alegría única que pueden traer las mujeres y los niños en
la mesa familiar, con esa voz infantil que, a lo mejor, recitaba unos versos
del Deuteronomio. Quedo estremecido contemplando que sacan el rollo sagrado
antes de comer el cordero y van recitando versos: relatos y oraciones, que pertenecían
a la fe de ellos y más a la mía. Mis ojos se humedecen por ver la Torá más que
los manteles, por escuchar a los Nebiím con más hambre que por las manzanas que
aguardan a la mesa, manzanas que me las trajeron de los sembradíos de Galilea.
Para esa noche sí que quisiera tener cantinela y voz
de cantor, y que me dejaran entonar unos versos del Shir Hashirim, Cantar de Cantares, Cantar divino de Salomón, para decirle
a la amada: ¡Qué hermosa eres, amada mía!
¡Cómo quisiera poder entonar, en medio del festín, aquel verso repetido: Aní ledodí we dodí lí: Yo para mi amado, y
mi amado para mí! Mi vida daría, sí, para entonar esos versos; después
morir. Porque me iba a encontrar con el Amado de mi alma. De esta Cena a la
Cena del Mesías; o mejor: ya esta Cena es la Cena del Mesías, porque “el Señor reina”,
y está reinando.
¿Hubo Pascuas en la vida de Jesús? Claro que las hubo,
pero ni de aquellas cenas de Nazaret, ni de las dos hipotéticas Pascuas del
tiempo de los discípulos ha quedado memoria evangélica, porque Cena del Señor no
hay más que una.
Y quisiera entrar en ella. Esta es la Cena de Jesús.
Lucas, el hermano médico y evangelista, abrió esta cena con estas palabras en
boca de Jesús: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes
de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en
el reino de Dios” (Lc 22,15-16).
Domesticado por mi propia reflexión, a impulsos de no
sé que sabiduría (acaso artificial) quisiera ahora, yo, cristiano ilustrado,
ministro de la Palabra, para recuperar lo que fue aquella Cena, de la cual
surgió mi sacerdocio,
- quisiera ser
historiador (y no fantaseador),
- quisiera ser
psicólogo, porque cada personaje de la historia es un ser palpitante, y Jesús palpitaba,
- quisiera ser
poeta, porque sin poesía no hay historia de Dios,
- quisiera ser
judío, porque Jesús fue judío y uno que no sea judío ¿cómo le va a entender…?
- quisiera ser
filósofo intuitivo, porque ser un filósofo intuitivo se asoma a la transcendencia
de la vida y de la muerte,
- quisiera ser
enamorado perdido para perderme en él…,
- quisiera ser
simplemente creyente, porque solo la fe puede reinventar lo que fue de una vez
para siempre.
No puedo, Señor, Dios mío. No puedo. Quisiera
recuperar tu propia historia de lo que entonces pasó para empezar a hablar con
sabiduría de estas cosas.
No puedo…, no puedo… Y ese no poder acéptalo, Jesús,
no como un acto estéril de un necio impotente; acéptalo solo como el balbuceo
del amor.
* * *
Quisiera rescatar mi sacerdocio de aquel delirio de
amor que explosionó en aquella Última Cena, última y primera. No están los
aires universitarios hoy para hablar del sacerdocio; ni siquiera del tuyo, mi Señor
Jesús. Me quedo mudo…, con una plegaria en mis labios silenciosos. Hebreos me dijo
que todo sacerdote, empezando por ti, debe tener dos cualidades: ser fiel y misericordioso. Ser fiel en
la Casa de Dios, como fueron Moisés y Aarón, su hermano; como lo fuiste tú,
porque tú eres la fidelidad de Dios, el “sí” de Dios. Y ser misericordioso…, ¿cómo
quién? ¡Como tú, solo como tú…!
Cuántos pensamientos cruzan por mi mente, cielo
estrellado y bombardeado de este siglo de las Ciencias. Señor Jesús, en esta tarde
de Jueves Santo, te pido, por pura misericordia, una cosa: quiero ser un
sacerdote fiel y compasivo… No sé más teología, porque, en el fondo, todo alto
pensamiento me agobia, y a veces me conturba.
* * *
Roque, querido hermano mío de la misma sangre materna
y paterna, de la misma cocina, del mismo corral campesino… quería escribir una
carta de Jueves Santo a un Sacerdote – a ti y a Jesús Mary – en vuestro 50 aniversario,
y ya ves ¡en qué ha terminado! Espero me comprendas, y a ti, hermano sacerdote
quien quiera que seas, con quien mañana vamos a renovar ante el obispo la
humilde súplica de nuestra fidelidad.
Roque, me agrada saber que en tu celebración cincuentenaria,
con la gente sencilla de tu Iglesia en Ecuador (Playas de Villamil, Guayas), había
un sentimiento dominante: ¡Asombro…! Dios lo ha querido y punto.
Un abrazo
Rufino M.
(Miércoles
Santo, noche)
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